Opinión

Morir habemos. ¿Ya lo sabemos?

Siempre me gustó viajar. Aunque lo de hacer turismo ya no es lo mío. Pero me encanta escuchar a otros hablar sobre lo que han visto, y narrarme las historias y curiosidades del último lugar que han visitado. Así aprendí el otro día un curioso e interesante rito funerario.

Entre los muchos palacios y monumentos que hay que ver en Viena está la famosa cripta imperial o de los capuchinos. En ese lugar reciben sepultura, desde 1633, los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico de la casa de Habsburgo y sus descendientes. En algún momento de la historia, según me contaron, eran sepultados según el siguiente ritual:

Al llegar a la puerta de bajada de la cripta el maestro de ceremonias, normalmente el gran chambelán del monarca, la golpea con una especie de bastón. El custodio de la puerta pregunta «¿quién solicita entrar?» Es entonces cuando el maestro de ceremonias responde con el nombre del fallecido seguido de absolutamente todos los títulos -grandes y pequeños- del muerto.

La puerta permanece cerrada y el custodio contesta «no le conocemos». En este momento el maestro de ceremonias golpea una segunda vez y contesta a la pregunta del guardián de la puerta «¿quién solicita entrar?» con el nombre del finado y los títulos nobiliarios más importantes únicamente. Obtendrá la misma respuesta: «no le conocemos». Solo después de que el maestro de ceremonias responda a la tercera idéntica pregunta del custodio con el nombre del fallecido, sin apellidos ni títulos al que añadirá la coletilla «un pobre pecador», la puerta se abrirá y continuará el cortejo fúnebre hasta el lugar de reposo eterno.

El Papa suele repetir aquello de “nunca he visto un camión de mudanzas detrás del cortejo fúnebre” y ya dijo Job que “desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá” (Job 1, 21). En la teoría nos lo decimos con cierta frecuencia. Pero luego nos pasamos la vida acumulando, y no me refiero cosas. Lo del “consumismo” tiene su importancia, pero más se nos cuela la escalada por el ser, por el acumular títulos y aparentar; y el empeño por conquistar, aunque sea una pequeña porción de terreno, en la que seamos los reyes.

Y esto es independiente de las posibilidades del sujeto. Es decir, todos luchamos por ser. Unos obtienen mejores resultados que otros. Pero tener menos de lo que presumir no significa que tengamos menos ansias de poder. Es más, me parece más ridículo cuanto menos se tiene –objetivamente hablando– para defender. Tanto más absurdo es malgastar la vida en luchas de poder cuanto menor es el poder al que agarrarnos. Que cualquiera de los enterrados en aquella cripta desperdiciara su existencia en conservar y aumentar su patrimonio… pues, hasta lo entiendo. Pero, que lo hagamos nosotros, en formas veladas y sutiles, mientras nos decimos cristianos o religiosos… ¿No es un quiero y no puedo? Aprovechamos nuestros reducidos mundos comunitarios, familiares, laborales o sociales, y nos lanzamos hacia la conquista, aunque sea ridícula: “más vale ser cabeza de ratón que cola de león”.

No nos libramos quienes hemos hecho voto de pobreza, ni quienes sufren por llegar a fin de mes. No solo no nos libramos, sino que, despreocupados de este asunto, como si no fuera con nosotros, la tentación se nos cuela de una forma más peligrosa. Y el resultado final es más decepcionante que en ningún otro caso. La pobreza –material o proclamada- no es sinónimo de sencillez y de falta de pretensiones. Es decir, no es sinónimo de humildad. Podemos carecer de lujos y desperdiciar nuestra vida por conservar una miseria. Como dice un autor: «Creer que la miseria hace brillar, de primeras, las virtudes morales es un error mortífero (…) La falta de zapatillas produce tal preocupación por las propias extremidades que ya no es posible decidirse a andar descalzo». Y que esto nos suceda a quienes hemos aceptado un día la llamada a crecer en el amor y en libertad es un estrepitoso fracaso. Como sabemos, tan esclavo es el pájaro atado de un hilo, como de una soga de varios centímetros de ancho. La cuestión es que no puede volar. En nuestro caso, que no podemos amar. Tan esclavo es el emperador luchando por conservar su corona y cetro, como cualquiera de nosotros agobiados por cosas tan nimias como ser el único que custodia tales llaves, ser el que apague las luces al salir o reparta los folletos de los cantos. Nos olvidamos de servir y nos quedamos en una lucha por ser…

Los trapenses – escribe Vicente Vega en su Diccionario de frases célebres- tienen siempre presente la idea de la muerte; a diario rezan al borde de la fosa que cada uno se prepara desde el primer día del cenobio; guardan un silencio absoluto y cuando se cruzan dos en el transcurso de las faenas agrícolas e industriales a que se dedican, como única salutación cambian estas palabras.

En España suele decirse: Hermano, morir habemos, –de la misma forma que nosotras diríamos “Ave María” y la hermana contestaría “Gratia Plena”- a lo que el interpelado responde: Ya lo sabemos.

La perspectiva de la muerte, la conciencia del ser temporal y el aspirar a una Vida con mayúsculas nos sitúan en nuestra verdad: un pobre pecador. Nos hace ver qué ridículos podemos llegar a ser. Darnos cuenta que un día nuestro tiempo habrá cesado nos obliga a preguntarnos ¿qué queremos que sea nuestra vida? ¿qué querríamos que resumiera nuestra existencia? ¿un título, un oficio, un cargo, un logro, una carrera, un trabajo, un éxito, un invento o una batalla ganada? ¿Por qué no ser recordados por lo esencial: haber amado y haberse dejado amar? Y recordar a alguien es haberle hecho un hueco en nuestro corazón. Pero la carrera por ser, aparentar y conquistar no admite compañía, pues a los otros los convierte en rivales y a la misión en competición para lucirse. Así que nosotros elegimos.

Sor Teresa Cadarso, OP