Dar Gracias
Nunca sé cómo proceder cuando me hacen un regalo. En algunos países de Latinoamérica –y creo que también de Oriente− no es costumbre descubrir el presente delante de la persona que te lo entrega. En España sí, y procuro hacerlo mostrándome agradecida, pero también sé que lo de disimular no es lo mío y mis manos tiemblan mientras rasgan el papel. Más que de emoción, me preocupa no corresponder debidamente a la generosidad de quien tengo delante.
En el calendario litúrgico, la Iglesia española señala el 5 de octubre para la celebración de las témporas de acción de gracias y petición. Por supuesto que cada día y cada Eucaristía es una acción de gracias, pero no está de más dedicar una fecha concreta a ello. A quienes vivimos en el campo, el paisaje que nos rodea, con la llegada del otoño, de la vendimia, de los árboles frutales y −en breve− de la recogida de níscalos, combina estupendamente con esta actitud agradecida. Es la hora de recoger los frutos, muchos de los cuales ni siquiera hemos sembrado nosotras, como sucede en nuestras vidas.
Hace algún tiempo que me propuse practicar la acción de gracias a Dios con más constancia. Al principio, anotaba o reservaba un momento del día a enumerar los dones más significativos que había recibido a lo largo de la jornada. Largas listas de cosas, desde la más excepcional a la más simple, materiales y espirituales, que concluía por un “Gracias, Dios mío”, y que me recordaban aquello de san Pablo: ¿Qué tienes que no hayas recibido? (1 Co 4, 7).
Nunca se me ocurrió dar gracias por tener pestañas o sabor en la boca. Y pensaréis que ahora voy a sacar a colación la famosa frase: Uno nunca sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Ya está aquí la enferma que piensa que es la única con derecho a quejarse: ¡No sabéis lo que tenéis! Pero lo que hoy quiero compartir es que la enfermedad me está enseñando una perspectiva nueva de la acción de gracias. Nueva para mí, vosotros seguro que ya la practicáis.
El tiempo se me limitó en algunos sentidos. O, mejor dicho, la capacidad de concentración se vio afectada por la falta de fuerzas. A veces simplemente no tenía ganas de nada, ni de rezar. Así que se volvió bastante difícil eso de hacer listas de cosas buenas que me hubieran pasado. Sin embargo, me percaté de que las ganas son necesarias para rendir cuentas, para explicar cosas o incluso para pedirlas; no para ser agradecido. El agradecimiento brota de manera natural del corazón que es sencillo, como el de los niños. Surge sin que nos lo impongamos. Es la actitud natural del pobre. Es lo opuesto a la exigencia, que cree que todo le es debido.
Por tanto, ser agradecida no podía consistir en vivir como si no se tuviera lo que de hecho tengo; compadecerse del que no tiene pie no puede basarse en vivir como si nosotros no pudiéramos caminar. Ahora que mis pestañas han vuelto a crecer no seré más agradecida si recuerdo constantemente la época en que me faltaron; sino si me atrevo a mirar con los ojos bien abiertos y la mirada limpia; disfrutar de aquello para lo que fueron creadas. ¡Porque la gloria de Dios es que el hombre viva! Utilizar el don para aquello para lo que precisamente fue hecho es el mejor agradecimiento que le podemos hacer a Dios –y a cualquiera−.
¿Cómo se sabe cuál es el regalo que más ilusión le ha hecho al niño en la mañana del 6 de enero? ¿Será acaso aquel por el que repita más veces: ¡Gracias!? ¿No será, más bien, aquel con el que más juegue? Ten por seguro que le encanta el presente que no suelte de sus manos. Y si alguna vez has regalado un peluche a un niño y todavía lo encuentras intacto… siento decirte que es señal de que no le hizo ni caso. Porque está bien hacer una lista de los dones que Dios me concede en este día –muchas veces los regalos pasan por nuestras vidas sin darnos ni cuenta−, pero ahora creo que está mejor si le devuelvo a Dios una sonrisa; si empleo cada uno de los dones que me concede en aquello para lo que me los ha prestado:
«Andamos siempre a tientas, apegándonos a las cosas. Si Dios corta una rama, nos agarramos a otra. Nos preocupamos más de no perder las cosas transitorias, que pasan como el viento, que de perder a Dios. Todo esto ocurre por el desordenado amor que hemos puesto en nosotros manteniéndolas y poseyéndolas fuera de la voluntad de Dios. Por esta razón gozamos las arras del infierno, y Dios ha permitido que quien ama desordenadamente se haga insoportable a sí mismo. Entre el alma y el cuerpo hay siempre lucha. Se sufre por temor a perder lo que se tiene; por conservarlo, y para no venir a menos, se lucha día y noche; se sufre por lo que no se tiene; se apetece tener y no se consigue. Así el alma nunca encuentra descanso en las cosas de este mundo porque todas son menos que ella. Están creadas para nosotras y no nosotros para ellas. Hemos sido creados para Dios, para que gustemos el sumo y eterno Bien. Solo Dios puede saciar el alma». (Santa Catalina de Siena, Carta 111, en Epistolario I, p. 514)
Al comienzo de mi vida religiosa tuve una interesante conversación con una hermana que consideraba que podíamos crecer en virtud si cada vez que teníamos oportunidad de elegir optábamos precisamente por aquello que menos nos gustaba. En su opinión, pobreza y penitencia iban de la mano. Y no es que estuviera totalmente en contra de su perspectiva, pues si los monjes/as no vivimos el espíritu penitencial, ¿quién si no? No deja de ser preocupante que, en ocasiones, los seglares nos den cien mil vueltas en eso de la austeridad y la penitencia. Y también creo en los frutos que tales prácticas –ayuno, mortificación, ofrecimiento− han reportado y reportan en la vida espiritual, también en la del siglo XXI. Pero hay algo en esa perspectiva que me chirriaba. Y ahora empiezo a darme cuenta de lo que era. Para mí, la (casi) identificación entre pobreza y penitencia altera lo más genuino de cada una de ellas. Porque la pobreza es mucho más que penitencia –mucho más, quiere decir que también la incluye y no la desprecia− y a veces la mayor penitencia es soportar lo que no te han dado a elegir. De la misma manera que hay penitencias que esconden una soberbia riqueza detrás. Cuando no se tiene nada, ¡no se escoge! Ni lo mejor, ni lo peor: todo se recibe. No hay mayor pobreza que no tener opciones. No hay mayor libertad que la de aquel que no le pone condiciones a Dios.
«La perfección no consiste en macerar y matar el cuerpo sino en dar muerte a la propia y perversa voluntad. Por la vía de una voluntad inmersa y sujeta a la de Dios debemos querer ir todos. Buena es la penitencia y mortificar el cuerpo, pero no la impongáis a nadie, porque no todos los cuerpos son iguales y, también, porque muchas veces ocurrirá que se comience una penitencia y, por diversas incidencias que puedan sobrevenir, haya que abandonarla. Si pusiéramos, pues, lo esencial de la perfección para nosotros o para otros en la penitencia, se desfallecería, y llegaría a tal imperfección que faltarían en el alma el consuelo y la virtud, porque se vería en ese caso privada el alma de lo que amaba, de aquello en que había puesto su principio, y se sentiría privada de Dios, llegando al tedio y a grandísima tristeza y amargura. Por ella perdería la práctica y la oración ferviente que acostumbraba hacer. Ves, pues, cuánto mal se seguiría de poner únicamente la penitencia como finalidad, porque seremos ignorantes y caeremos en la turbación, en el tedio y en gran amargura y nos preocuparemos de ofrecer a Dios solo obras temporales, a Dios que es Bien infinito, cuando de nosotros exige un deseo infinito. Debemos, por tanto, tomar como fundamento el dar muerte y sofocar la voluntad propia» (Santa Catalina de Siena, carta 65, en Epistolario I, p. 390-391).
Me he ido dando cuenta de que agradecimiento y pobreza van de la mano. Que el corazón agradecido acoge, sonríe, soporta lo que la Providencia le presenta, pero no elige. Tiene gustos y preferencias –porque es humano− pero no se cierra en banda a aquello que es contrario a su apetencia –porque no es caprichoso−. Que solo el que es pobre, en todos los sentidos, vive en continua acción de gracias. Y, al contrario, que aquel que es agradecido, lo es porque es pobre. Y debo concluir, por tanto, que, si para ser agradecida debo disimular o proponérmelo, entonces es que no soy verdaderamente pobre.
Sor Teresa Cadarso, OP
