Opinión

Malentendidos

Uno de mis hermanos suele contar que, en su primer día de clase en Perú, a pesar de toda su buena intención por adaptarse al nuevo colegio, terminó llorando. Tenía 7 años y se acababan de mudar de Madrid a Lima. La profesora –señorita, se dice allí– quiso presentarle a sus nuevos compañeros y le indicó amablemente que se pusiera de pie: Daniel, párate. Pero él, con el registro en español, creyó que le pedía que se estuviera quieto. Así que se quedó inmóvil en su pupitre. Párate, Daniel, insistía la mujer. A lo que él, cada vez más rígido, intentaba responder con absoluta sumisión. Con su ingenuidad infantil hasta intentó dejar de respirar. Pero solo consiguió el efecto contrario al deseado, pues la buena mujer se creyó desobedecida por aquel gringo que no hacía lo que ella le pedía. Así que comenzó a elevar el tono de voz hasta que el pequeño rompió en lágrimas, incapaz de saber dónde estaba su error.

A mí me pasó algo parecido cuando nos instalamos de nuevo en España. Venía con el registro de Latinoamérica y quise regalarle a mi abuelo una manualidad que había aprendido a hacer en Art Attack. Menuda llantina me cogí cuando mi abuela, con todo el cariño, dijo que era una niña muy mañosa. En Lima aquella palabra tenía otro significado completamente distinto y yo desconocía que pudiera ser algo bueno.

Hace pocos meses se incorporó a nuestra comunidad una hermana proveniente de México. Ella ya estaba avisada de estos pequeños malentendidos. Y, aun así, no dejó de sonarle raro que se dijera de una hermana de comunidad que era muy buena pinche en la cocina. Al parecer, en México eso de “pinche” suena bastante mal.

Me pregunto si esto que nos sucede con el idioma no nos pasa también en el plano del amor y de las relaciones interpersonales. Compruebo con frecuencia que nuestros dialectos propios en esto del amor son fuente de malentendidos en nuestras relaciones. Y eso que el Evangelio presenta la famosa “regla de oro” que parece bastante simple –de entender, porque lo de practicar ya es otro cantar–, pero a mí siempre me ha cuestionado y no poco:

«Por eso, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, así también haced vosotros con ellos, porque esta es la ley y los profetas» (Mt 7, 12 y Lc 6, 31).

Digo que parece bastante simple, pero la realidad nos demuestra que no lo es tanto. Se parte de una base, de un punto de partida que en la realidad no se da: ¿o acaso todos coincidimos en lo que nos parece bueno, lo que es el amor, lo que está bien? Si de verdad esto fuera así, entonces sí, bastaría con aplicar el principio literalmente y hacer a los demás aquello que nos gustaría que hicieran con nosotros.

Pero a veces –con más frecuencia de lo que podemos reconocer– usamos registros distintos en lo que al amor se refiere. Para mí puede ser un acto de amor impagable que alguien espere pacientemente y sin entrometerse a que termine una tarea sola y a mi ritmo. En cambio, hay quienes consideran esto como un desentenderse y preferirían que te quedaras a su lado incluso haciendo tú parte de su trabajo. Lo que para mí es paciencia, para otros puede ser desinterés. Lo que para otros es solicitud, para mí puede ser atosigamiento. Puede que para mí amarte sea callar y para ti sea que te hablen sin parar. Puede que tú quieras decirme que me quieres cogiéndome la mano y yo te lo diga simplemente con la mirada. Para unos el amor es sinónimo de compañía y ayuda, mientras que para otros el énfasis está más en la libertad y la confianza. Puede que usemos el mismo idioma y dialectos cambiados en cuanto al amor. Y ello puede llevarnos a no pocos malentendidos.

Lágrimas que no comprenden y se ponen en lo peor. Como aquellas mías cuando mi abuela me llamó mañosa. ¿No será mejor preguntar? Si nos paran por la calle y nos comienzan a hablar en chino… ¿no decimos, sin rubor, que no entendemos? Pero si nos hablan en castellano… el problema está en que creemos que hemos entendido. Lo damos por hecho. No nos planteamos ni por un momento que quizá la otra persona está usando el mismo idioma en un registro cambiado. Daniel se hubiera ahorrado sus lágrimas si se hubiera atrevido simplemente a preguntar: ¿Qué quiere decir, señorita? Y yo, si hubiera ido a los brazos de mi abuela a asegurarme qué significaba aquel calificativo.

En nuestras relaciones se dan muchos malos entendidos que nada tienen que ver con la mala voluntad ni el deseo de dañar; que incluso muchas veces parten de la buena voluntad de quien quiere para nosotros lo que querría para sí; en las que puede que simplemente no coincidamos en gustos… ¿Por qué no atreverse con sencillez a lanzar la pregunta? ¿Esto que yo interpreto como ganas de fastidiarme… no cabe la posibilidad de que lo haga desde su concepto de lo que es mejor para mí? ¿o de lo que él querría para sí? ¿Por qué no pararse un momento en ese torbellino de pensamientos y juicios que agrandan lo que comenzó con un pequeño gesto? ¿Por qué no, simplemente, sentarse a hablar?

Cuando se trata del amor, es mejor no dar por hecho.

Sor Teresa Cadarso, OP