Opinión

Donde duerme el agua: Mayo

Veo «Libres» (Santos Blanco, 2023) el documental en cine sobre los religiosos de vida contemplativa en España, y salgo maravillado. Sobre todo de la fotografía y cómo logra ésta trasladarnos a un determinado estado espiritual, el de la búsqueda del absoluto que es Dios. Los testimonios, reconozco, me saben a poco -no todos, obviamente- pero lo entiendo pues va dirigido a que una vida tan generalmente desconocida e incomprendida, se vea en algo acercada a quien se acerque a ver el documental. Pero sobre todo es fascinante la naturaleza como imagen y huella de la presencia de Dios en nuestro mundo. Fascinante los momentos de silencio sin palabras que retratan la vida de los monjes y monjas. Y eso me reafirma en la idea de que los contemplativos hablan con su mera presencia. Con su mero ser. Sin necesidad de palabras. Como aquel consejo de Hemingway a un joven escritor: No te expliques.

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Salgo al monte, aquí cerca, a Cercedilla, al Valle de la Fuenfría, al Cerro Ventoso, el Mirador de los Poetas, el Puerto de la Fuenfría y el Camino Schmitt, en una primavera que se viste casi de verano, a empaparme de bosque y tierra y aire y sol. Salir al monte es llegar a casa. Expandir el pecho y los pulmones. Forzar los músculos y abrirse al cielo. Limpiar la mente. Llevo conmigo «Caminar» del teólogo alemán Gilbert Greshake (PPC, 2023) pero a la hora de la siesta, bajo una encina, en vez de leerle, doy una cabezada entre las sombras envueltas en oro del sol de la tarde.

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Ha muerto la madre de V. y me lanzo a Salamanca a estar con él. Cuatro o cinco amigos nos juntamos, de aquellos tiempos jóvenes de universitarios activistas, en el funeral – la Iglesia, el cementerio, y después el aperitivo y la comida-. En medio del duelo y la frialdad de la pérdida, se enciende de aquellas brasas de amistad y camaradería, el fuego del afecto y la cercanía. Casi como si no hubieran pasado 15 o 20 años, aunque, obviamente, había más canas, arrugas, kilos, cansancios, decepciones y tristezas. Pero también, sabiduría, sana esperanza, realismo que no quiere ceder en lo esencial, y aún compromiso activista cada uno en su situación y vida. Mi padre siempre dijo que es importante estar cuando hay que estar. Y yo digo, que paga todo ese estar.

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Tenemos un cierto pudor, casi como de vergüenza, en hacer público en qué cosas hemos cambiado de cuando éramos jóvenes, idealistas y con menos claves de lo que este mundo es, o quién somos nosotros realmente, o cómo es el ser humano. Me asalta eso al salir de ver el Tristán e Isolda en el Real. Yo, que fui muy muy wagneriano, hoy me encuentro con que hay ideas del Maestro, que no son mías. Mis primeras conferencias públicas fueron sobre obras de Wagner, leí mucho, escuché mucho y me metí mucho en la obra wagneriana. Y desde luego, me siguen fascinando los Dramas del Maestro de Bayreuth, pero hoy, ese amor ideal que se sublima en la negación de la existencia, en la nada absoluta como perfección total, me resulta insano, destructor, poco realista… y poco capaz de hacer mejor a las personas.

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Dividido me siento cuando escucho hablar de Salud Mental. Bueno. Como cuando escucho hablar de casi todos los temas que nos traen como modas y preocupaciones y últimos gritos urgentes en los que nos va la existencia diaria de todo lo que hay si no lo atendemos. Dividido. Reconozco lo duro y complicado y el sufrimiento que trae. Pero me deja con preguntas, o más que con preguntas, con convicciones que ponen algo en cuestión el discurso mediático sobre la salud mental: 1.- No todo malestar es un trastorno. 2.- Somos demasiado flojos y débiles para sobrellevar realidades normales de la existencia que no son fáciles, pero que no son enfermedades. 3.- Tenemos capacidades las personas para afrontar lo normal sin necesidad de externas y terceras personas o fármacos.

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Cierro el ciclo de conferencias que los Dominicos de Córdoba organizan durante el curso, el Aula de Espiritualidad Padre Posadas, que este año han dedicado al hecho apocalíptico, a esa sensación generalizada de que estamos al final de algo, que ese algo no sabemos a qué dará paso, y si eso es algo como lo que el Apocalipsis narra. Mi intervención ha sido tratar de lanzar claves y pistas de cómo vivir en medio de la oscuridad que nos rodea, ofreciendo líneas de acción para alimentar el fuego del Espíritu dentro de nosotros y a la vez ser capaces los creyentes de iluminar algo, como llamas vivas, la negrura más próxima -o más lejana…- que nos envuelve. No he descubierto nada especial, la verdad, pero no todo lo original es valioso porque sí. A veces traer la sabiduría de lo importante es, sin más, lo necesario. Hablé de ser místicos, de llenarnos de fe, esperanza y amor, de orar, estudiar, leer, construir comunidades. Y también de resistir y no ceder, de la honestidad, la bondad, los compromisos adquiridos, del valor de lo pequeño, de la belleza y el bien y la verdad, de saber hablar y saber callar, de amar y trabajar. 

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Antes de la crisis de la pandemia y el covid muchas de las herramientas digitales y tecnológicas que hoy tenemos como ordinarias y que nos permiten acciones casi cotidianas, eran, sin más, inconcebibles. Así me digo a mí mismo antes de una videoconferencia con el Ecuador en la que, por invitación de unas dominicas de allí, inauguro su curso escolar con una ponencia sobre la enseñanza como educación en la Verdad. Nueve horas de diferencia y casi nueve mil kilómetros de distancia, salvados por unas pantallas, para hacerles llegar ideas que seguramente podía trasladar muchas gente mejor que yo. Y más próximas. 

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Las campañas electorales son una de las cosas de esta vida que sacan lo peor de mí. Mi descreimiento, mi cinismo, mis ganas de acabar con tantas cosas. Mi disgusto con mucho de este mundo y de la vida que tenemos, mi desprecio por los lacayos por interés o por los esclavos por engaño. Mi furor ante el engaño, la manipulación, la mentira… y ante quien quiere creérselas. También mis temores a que todo vaya cada vez a peor, a que siga creciendo la destrucción del Espíritu Humano y de las milenarias culturas que le dieron encarnación, a que el enemigo se vaya haciendo tan omnímodo que no se pueda más que resistir como anarca jungeriano en el corazón del bosque o en el exilio interior. Eso de la fiesta de la democracia se me convierte en estos días en la bacanal de la mentira. No logro ver lo positivo que sin duda tiene el modelo en la teoría, porque se encargan unos y otros, en la práctica, de colaborar a acabar con lo mejor que tiene el mundo. Me convierten en alguien que sólo logra ver el vaso medio vacío. Y no me gusta. 

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Me encuentro con Ana Rodríguez de Agüero en Visor. Ambos vamos tras Jiménez Lozano. Ella por un poemario y yo por un estudio sobre su poesía. La conversación con Ana siempre es enriquecedora, llena de ternura y delicadeza, y de alta cultura. Salen en un momento Calderón, Trapiello, García-Máiquez, Alfonso Paredes y muchos otros nombres de amigos y conocidos. Acabamos, como siempre los letraheridos, bibliófilos y tsundokus, comentando esa realidad de tantos y tantos que a la par nos genera un poco de vergüenza mezclado con algo de extraño y sano orgullo: compramos más libros de los que podemos leer. Aunque yo esta vez sólo salí con uno. Mientras me iba, Ana seguía pagando…

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Hay una vía de resistencia a todo lo peor del mundo que nos rodea, que está poco puesta en valor, quizás porque, ay, ese mundo que nos rodea, se nos ha metido dentro más de lo que nos gustaría. Sería algo así como una “ascesis” contra el mundo moderno que tendría que alejar una serie de estímulos, elementos e influencias de nuestras vidas. Es el principio aquel de tirar la televisión como primer paso para restaurar la cultura a estilo John Senior. Lo interesante -o lo complejo- es que hay que distinguir de qué hacer ascesis cada uno, en qué convertirse en un asceta.

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Hay un tipo de literatura -esa del éxito ágil en la empresa y su gestión- que representa casi todo lo peor que tiene nuestro tiempo: el progresismo vacuo y vacío de palabras sacadas de su significado y separadas de la realidad cotidiana. Un lenguaje que da la sensación de los trucos de engañabobos de prestidigitadores que con una mano te sacan de la nada una flor de plástico, o de trieros que mueven la bolita, mientras que la otra te la meten en el bolsillo para rascar tu cartera. Tiene en torno ese humo de falsa varilla de incienso de lo exótico con un juego de espejos e imágenes que pretenden ser inspiradores, pero que sólamente nublan lo que tienes delante. Esconden también una peligrosísima idea de fondo con la idea de autorrealización y de vocación y demás, que es la de reducir el digno empeño del hombre del trabajo a algo técnico que reduce a la persona a engranaje, obviando algo así como el desarrollo humano integral que todo trabajo -cualquier trabajo- puede llevar consigo. Y aún cargan otra amenaza de fondo muy de ese posmodernismo que separa el trabajo de lo humano, o mejor dicho, que convierte toda la identidad de la persona en una servidumbre trabajadora a esa maquinaria del éxito monetario: el pensar que el hombre sólo ha nacido para trabajar para que otros se enriquezcan.

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No puede haber dos espacios más separados y que han coincidido en día: la experiencia de Pentecostés y la “fiesta de la democracia” (sic). Pentecostés es viento, fuego, unidad diversa, trascendencia, mística, vida, valor, empuje, trueno, amor. La “fiesta de la democracia” (sic) tal cual la tenemos montada es división, odio, enfrentamiento, cálculo, número, demagogia, cobardía, poder, engaño y egoísmo. 

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No es lo mismo una identidad fuerte que una identidad segura. No es lo mismo una identidad débil que una identidad insegura. Ahora bien, sin identidad, siempre se es débil e inseguro.

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Desde Cuaresma ando un poco despegado del proceloso mundo del twitter, caladero tan interesante y rico en información, reflexión, sentido y desde luego humor, y que tan buenas relaciones me ha regalado. No tengo muy bien razón alguna para ello. Es simplemente una especie de movimiento interno que me ha ido despegando de la red del trino. No lo he abandonado, desde luego, ni tengo intención de ello. Quizás es como el barbecho de las tierras de labor, que necesitan oxigenarse antes de volver a usarse.

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Ideas y consejos para visitar la Feria del Libro de Madrid:

  1. Si es posible, acuda entre semana y en horario de mañana.
  2. Visite las editoriales: las librerías generalistas están ahí todo el año.
  3. Visite las librerías especializadas: tienen editoriales que no tienen caseta.
  4. Salude a los amigos conocidos del mundo del libro: editores, libreros, escritores, lectores.
  5. Consulte la agenda de las firmas, acérquese y dese a conocer a ese poeta, ese novelista, columnista, filósofo o ensayista al que lee, y coméntele algún detalle de alguno de sus trabajos. Y si va a ver a Enrique García-Maiquez, lleve su propio catavinos.
  6. Confiemos en que ha podido ahorrar para todo lo que le llama la atención, aunque sepa que no vaya a tener tiempo para leerlo todo. Si no es así, use la regla de tres: compre uno de cada tres libros que le llamen la atención.
  7. Disfrute.

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