Opinión

El amor hace valientes

Estábamos en el triduo de santa Catalina de Siena. Mi mente no estaba demasiado concentrada en lo que allí se decía, pero se pronunció una frase que me hizo volver de mi mundo. Estaban hablando de ella, de la joven santa de Siena, y de su característico y escandaloso atrevimiento representado en la famosa expresión de muchas de sus cartas: Io voglio [Yo quiero].

“El amor nos hace valientes”, había dicho de repente el fraile predicador. Y yo, cobarde como pocas, confirmé en mi interior la sentencia. Pensé que, efectivamente, sin dejar de ser la misma, llena de temores y de prejuicios, era ahí precisamente donde se hallaba la diferencia entre no capitular en unas circunstancias y rendirme sin luchar en las otras. No cambia mi obsesión por calcular y prever; no desaparece ese intento de análisis realista –a veces algo pesimista- que es parte de mi modo de ser y que me avisa de los peligros concretos a los que tendré que hacer frente. Tampoco está la clave en mi autopercepción en cuanto a las capacidades con que enfrentar el problema. No coinciden necesariamente mis arranques de valentía con asuntos en los que me sienta cómoda y muy capaz; ni se identifican mis cobardías con asuntos que van a tocar precisamente mis puntos débiles.

Parecía cursi y demasiado romántico, pero era cierto. Tenía toda la razón. Con Catalina y con cualquiera de nosotros, simples mortales. Es el amor el que nos hace valientes. «No es valiente aquel que no siente miedo, sino el que sabe conquistarlo». Pero, ¿qué es lo que nos hace vencer ese miedo, a pesar de todo? Está claro: el amor por aquello por lo que se lucha. Es el amor el que nos atrae con más fuerza y contrarresta tantas ataduras que nos paralizan y bloquean. Es la pasión la que rompe con nuestras obsesiones y cálculos. No desaparecen, pero los anula, salta por encima de ellos. Es la insolencia de quien se sabe gratuitamente amada la que desarma todos los análisis realistas. Es la confianza atrevida la que nos hace creernos que seremos capaces a pesar de nuestras múltiples incapacidades.

Pensaba en tantos padres y madres corajes; pensaba en los héroes que cada nación cuenta entre los suyos; pensaba en los santos y las numerosas dificultades que superaron; pensaba en tantas personas anónimas y aparentemente corrientes: ¿no sintieron miedo? ¿no dudaron? ¿no lloraron en su soledad? ¿no les temblaba la pierna como a mí cuando tengo que hablar en público? ¿Eran distintos? ¿creados de una pasta más dura que la nuestra? Concluí que era el amor el que los diferenciaba. El tener una pasión fue su salvación. En algunos casos, pudo ser una pasión muy humana y mundana. En otros, fue verdaderamente un amor heroico y desinteresado. Pero en ambos coincidía que no era la materia del sujeto lo que determinaba el éxito de la empresa, sino el motor que le activaba por dentro y la intensidad que arrastraba de todo lo demás. Los había inteligentes y los había prácticos, pero también incultos y bastante torpes. Los había aguerridos, pero también endebles. Los había ancianos y experimentados, pero tampoco faltaron los jóvenes e incluso niños. Hombres, mujeres, altos, bajos, gordos y flacos. La valentía no era una característica que viniera de fábrica, sino la consecuencia de vivir apasionados. Catalina de Siena era una joven endeble e inculta que, sin embargo, se había atrevido a afirmar: Mi naturaleza es fuego. Era el amor apasionado lo que marcaba la diferencia. Lo que la hacía valiente.

En realidad, ya lo dijo san Juan hace miles de años: «No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor» (1 Jn 4, 18). Pero, en el contexto del que ahora hablamos –el valor para enfrentar los acontecimientos adversos, y no tanto la contraposición entre temor y confianza en la relación con el Otro y los otros, de la que está hablando el apóstol– quizá el miedo y la cobardía no desaparezcan nunca. No son expulsados, sino que son superados por un amor que nos empuja a “hacernos los valientes” a pesar de la dificultad objetiva de las circunstancias que nos toca enfrentar y de la existencia y conciencia, también objetiva, de nuestras incapacidades.

Sor Teresa Cadarso, OP