Solidaridad

Lo que no contaron los que se fueron

¿Te has preguntado cómo cuentas las historias de tu vida? Alguna vez alguien me lanzó una pregunta como esta y yo no supe que responder. En el momento quizá no tenía ninguna importancia, pero cuando necesito contar algo que no me resulta especialmente fácil me vuelve a la cabeza.  Definitivamente no todas las historias son fáciles de contar. Yo soy de las que le doy mil vueltas, me lío, me aclaro, doy más vueltas, pienso en varias maneras de contarlo, elijo cuidadosamente las palabras, y en el “momento de la verdad” suelto algo que poco tenía que ver con todo lo que había pensado. Al final termino riéndome de mí misma, porque “tampoco era para tanto”.

Cuando veo situaciones difíciles (de verdad) que otros tienen (o han tenido) que contar, muchas veces pienso en cómo lo habrán hecho, como lo habrán pasado, si contarlo ha sido más liberador o causa de sufrimiento. Esto me pasa muchas veces con las noticias del drama de la inmigración, pero sobre todo cuando he tenido oportunidad de conocer a personas que lo han vivido (o más bien sufrido) y me lo comparten en primera persona. Como poco me quedo con el estómago del revés.

Creo que estamos anestesiados ya de estas noticias, tanto drama y tanto número día si y día también nos ha vuelto insensibles. Cambiamos el canal de la tele, cerramos la web, pasamos a la siguiente publicación, o simplemente pensamos en otra cosa, total. Las pateras, las caravanas de migrantes, los que huyen de las guerras…. números… números…. Nos faltan caras, nos faltan nombres, nos falta conocer historias y nos sobran datos fríos.

A mí se me siguen poniendo los pelos de punta cada vez que escucho más noticias de estas. Pienso en el “gran cementerio” que ya es el mar mediterráneo, en las familias a la espera de noticias de los que se fueron. Pienso en que migrar, para millones de personas, dejó de ser un derecho universal, para convertirse en una huida en la que arriesgar la vida es la mejor alternativa. Migrar no debería ser un drama, el drama son las causas que provocan esas migraciones. Doy por hecho que todos tenemos claro que nadie se va de su país, perdiéndolo todo y arriesgando la vida si tiene una mejor alternativa.  

Muchas veces también me he preguntado por qué “visto lo visto” hay tantas personas que siguen optando por las mismas “vías de escape” para cumplir el sueño europeo (o el sueño americano, o el sueño….). A veces pasa por mi mente un “es que nadie les ha contado que…”. Hasta que conocí a personas concretas, con nombre, apellido y una historia personal que, historia tras historia me han ido quitando la venda de los ojos. Muchos me han respondido “no, así nadie me lo había contado, si sé que es así, quizá no hubiera venido”.

Pensando en unas pocas caras concretas, africanas todas, y cada una a su manera, me han contado como vivieron lo que nadie les había contado, y como ellos tampoco han sido capaces de contarlo. Impacta escuchar como gastaron todos sus ahorros en llegar a Europa, muchos fueron engañados, sus vidas peligraron en no pocos trayectos de tan largo viaje, mucho sufrimiento…. Pero siempre quedaba de fondo la idea de que en Europa la vida es fácil, que encontrar trabajo es fácil y que podrían tener una vida mejor y ayudar a que su familia también la tuviera. Muchos de quienes emigran en estas condiciones son personas preparadas y ya durante el “viaje” (si es que le podemos llamar así) el mito comienza a desmontarse y queda la esperanza de que al llegar todo va a cambiar. Una esperanza que resurge cada día de las cenizas como el ave fénix, una esperanza en que “mañana será mejor” que es lo único que los mantiene vivos. Y al llegar, ¿qué pasa? ¿la esperanza hasta cuándo te sostiene? Al llegar la realidad te da otro bofetón, no tienes papeles, no tienes donde vivir, no tienes un trabajo digno…. Pero sigues siendo la esperanza para quien se quedó en casa. Y esto, ¿cómo lo cuentas? Pues no lo cuentas.

 Los más afortunados que logran estabilizarse e instalarse, siguen siempre siendo el orgullo y la esperanza de la parte de su familia que se quedó en el país de origen, generalmente padres, hermanos más pequeños. Gracias al “pariente en Europa” muchos logran estudiar, emprender algún pequeño negocio, en definitiva, vivir, aunque quizá la realidad del “sueño europeo” poco tiene que ver con las noticias que llegan a casa. Aprendí que es una manera de ayudar a mantener viva la esperanza, esa esperanza que siempre está presente en las historias. Algo del estilo sucede con quienes, aún siendo afortunados, corrieron una peor suerte y volvieron a casa. Sus relatos también tendrán maquillaje, y habrá cosas que no sean capaces de contar.

Son vivencias reales de este drama que, o te las cuenta quien las ha vivido y padecido, o a los lugares de origen no llegan. Este tema es (a veces) noticia en Europa, pero no en la mayor parte de países africanos. Ahí de esta cara de la moneda no se habla, es como si no existiera.

Y a mí me queda un sabor agridulce, aunque sería demasiado osado pensar en lo que yo contaría, porque creo que aun a través de historias personales, no soy capaz de hacerme una idea de lo vivido y de lo que contar o no contar significa. Por supuesto que no pretendo que todas las historias concretas se ajusten a esta realidad, y nada más lejos de querer hacer una crítica a lo que contamos y lo que no. Más bien es un intento de poner en valor la balanza entre mantener la esperanza viva para quienes se quedaron y que la realidad del “sueño europeo” llegue a casa intentando evitar más dramas. ¿Sería esto posible? Y así cobra todo el sentido del mundo la pregunta con la que iniciaba este texto: ¿Cómo cuentas las historias de tu vida? ¿qué implicaciones tienen?

Mónica Marco