Qué necesaria es la soledad buscada
Hace unos días estuve en Caleruega. Ese pueblo de Castilla que tanto significa para los dominicos. Y he de reconocer que necesitaba ese parón. Sí, necesitaba alejarme de clases con adolescentes inconformistas, caprichosos y llenos de desidia hacia el estudio y desprecio hacia lo religioso. Como también urgía distanciarme de toda la burocracia parroquial que corta las alas de la libertad para la oración, el estudio y la predicación. Allí, en Caleruega, en nuestro convento, reside Fr. Jesús Espeja. Un hombre sabio y bueno. Un hombre de Dios. Hablar con él sin mirar el reloj y sin el apuro de tener que soltar una cosa para hacer otra, no solo me dio paz. Las horas que pasé conversando con él alimentaron mi espíritu como hacía tiempo que no me ocurría. Durante esa conversación Espeja me regaló su último libro: «En meditación serena. Con los ojos de la fe abiertos» (San Pablo, 2023). Un pequeño libro en el que nos ofrece grandes pensamientos. Y la lectura pausada de esta publicación, la conversación con este buen hermano y disfrutar de la quietud en Caleruega han reafirmado una idea que siempre ha estado en mi interior: «qué necesaria es la soledad buscada».
No sé por qué en nuestros días es tan difícil gustar del silencio y la soledad. Quizá sea porque estamos llenos de ruidos externos e internos que no nos permiten percibir todo aquello que calma y apacigua. Y se puede discrepar, evidentemente, de esto que digo, pero creo que a todo aquel que busque y desee de verdad crecer humanamente le es imprescindible el silencio y la soledad. Ahora bien, teniendo algo muy en cuenta: no se trata de una realidad que aísle. Por eso lo de la soledad buscada. Porque este tipo de soledad es atenta, expectante; una soledad que escucha en tanto que surge de un análisis de la realidad; una soledad que posee un silencio activo. Y es que es imprescindible saber buscar, querer, cuidar y administrar ese tiempo en soledad. Hay que serenar el ánimo, sosegarse y procurar concentración. Esto no solo nos convertirá en personas sabias –algo que trasmite Espeja en su «meditación serena»- sino que como el buen músico o el director de orquesta; como el pintor o el poeta conseguirá que nos percatemos de que es en el silencio de la soledad buscada donde reside lo importante. Porque todo artista sabe que los momentos de creación necesitan del silencio y la soledad para que surja la magia de lo bello. Magia que es fruto, podríamos decir, de un aparente parón de la razón; de un trance durante el cual se halla en comunión -el artista- con fuerzas que en lo cotidiano están ocultas.
Es cierto que cuesta mucho callar interiormente, silenciar todas esas vocecitas que nos aturden y no permiten que nos escuchemos. Y no digamos lo aterrador y frustrante que es para algunos la soledad. Sin embargo, cuando logramos acallar todo estruendo en nosotros, salimos beneficiados porque llegamos a medir de forma más exacta el alcance del placer de vivir. Porque la soledad buscada nos hace ser más profundos y estar más atentos a nuestra realidad interior. Nos capacita para vivir de forma más plena y así poder descubrir los vestigios de lo trascendente en nuestra vida. Porque solo en lo que está vacío y es puro puede entrar la divinidad y, de esta manera, se colma el alma de belleza. Y Caleruega me ha traído eso. Sí, me ha hecho sentir, una vez más, que en la soledad buscada es donde mejor aprendemos a encontrar nuestra verdad.
Fr. Ángel Fariña, OP
