El Saber Estar
Durante mi época universitaria viví varios años en una residencia de estudiantes, con las Religiosas de María Inmaculada. Tengo muy buenos recuerdos, de mis compañeras convertidas en amigas y de la vida en la residencia. En ella teníamos nuestras rutinas de ir a clase, el coincidir en las comidas, el tiempo de estudio y de ocio. Las Hermanas nos cuidaban, estaban pendientes de nosotras y de vez en cuando también nos tocaba alguna regañina. Nos daban la independencia de la edad adulta pero nos ayudaban a ser personas con valores. Para ello a parte de la formación religiosa a través de la opción a la confirmación y participación de la eucaristía, plantearon una serie de grupos en los que podíamos participar como “el grupo de Protocolo”.
Siempre había apreciado el saber estar, las formas, los detalles y me parecía que en ese momento, además de formarme como psicóloga, había otros ámbitos de los que quería aprender y el protocolo era uno de ellos. Recuerdo el primer día de reunión, martes a las 22h. nos encontrábamos tres compañeras, totalmente diferentes, con la incertidumbre de qué íbamos a tratar. A las diez en punto llegó la Hermana, alta, mayor, elegante y con un gran libro entre sus brazos. Su forma tranquila de hablar y su educación, el cariño con el que se dirigía a nosotras que sabía que apenas nos conocíamos, produjo un clima agradable con charla distendida. Nos mostró ese gran libro que llevaba, el libro “El saber estar” y nos comentó que lo seguiríamos.
Yo ya me veía aprendiendo a comer como los Lores, saludando a la Reina y conociendo qué tipo de vestido me tendría que poner para una fiesta de cocktail, pero que equivocada estaba. En ese libro y la formación de la Hermana consistía en el respeto al otro. Cada acción y valor que aprendíamos eran maneras de transmitirle al otro que lo admiraba como persona, valoraba su situación y era importante que ambos nos sintiéramos bien para que toda la sociedad funcionara, y gracias a unas reglas básicas de convivencia. Eso era el protocolo, mirar a la cara y desear un buen día, ceder el paso para que la persona se sintiera cómoda por donde pasase, que presentar primero al acompañante a la persona que nos encontrábamos por la calle era una manera de incluirlo en un grupo, que dar el lugar principal a una persona más mayor o una persona formada era símbolo de respeto por su sabiduría, que el dejar el asiento a alguien mayor, embarazada o con problema físico era símbolo de mostrar empatía y dar calidez, que llegar a la hora exacta era una forma de valorar el tiempo de la otra persona y sus quehaceres.
Todos estos valores que en épocas anteriores se estudiaban como las tablas de multiplicar, se enseñaban en el colegio, se repetían en la familia y en la calle, se corregían hasta que se aprendían, permitía una sociedad donde a través del respeto se le daba valor a las personas y que en muchos casos serían grandes referentes a seguir. Hoy en día todo esto queda muy lejano. La violencia aumenta en todos los ámbitos. En el escolar, con más casos de bulling, de acoso a los profesores, violencia de padres a profesores; en el ámbito familiar con más niños que sufren abusos y maltrato, violencia en la pareja, hijos que maltratan a sus padres; en el ámbito laboral como aumenta los pacientes que amenazan a médicos… y una larga lista de situaciones violentas, que algunas salen en los medios pero que son la punta del iceberg de una sociedad cada vez más egoísta, poco tolerante y muy perdida.
El respeto tiene que volver. Si queremos que nuestra sociedad cambie y mejore tenemos que volver a ese “saber estar”: darle el valor a cada persona que nos encontremos, cuidar el trato y favorecer climas agradables. Que seamos transmisores de valores que nos ayuden a crecer como personas pero también como sociedad.
Belén Rodríguez
