Religión

Libertad

Esta semana vinieron a instalar la fibra óptica. Estaba un poco pendiente, por si necesitaban algo, cuando uno de los técnicos me dijo: ¡Hermana, yo ya salgo! Así que me dispuse a acompañarle a la puerta. No habíamos dado ni dos pasos cuando me dijo, con una sonrisa y tono un poco burlón: Porque me da permiso para salir, ¿verdad? A lo que le contesté con otra sonrisa, pero sin tono burlón: Aquí hace falta permiso para entrar. Para salir somos todos libres. En ese momento le abría la puerta y al cruzar el umbral, se giró, me miró a los ojos y, con otra sonrisa me añadió: No lo crea. Todos somos esclavos. La diferencia está en el de qué.

Cerré la puerta y mi mente se trasladó a otra imagen bien distinta. Mejor dicho, recordé otro rostro. El de Mel Gibson en el papel de William Wallace a punto de ser ejecutado, con sus ojos azul cristalino y las trencitas entre su pelo largo y aquel mítico grito: ¡Libertad! Porque, ¡nos podrán quitar la vida, pero jamás nos quitarán la libertad!

¿En qué quedamos? ¿quién tenía razón: el técnico de Movistar o el guionista de Braveheart? ¿Somos todos esclavos o es posible la libertad? ¿En qué medida? La pregunta no era baladí. Así que pensé que esta semana escribiría sobre este apasionante tema y a ver qué resultaba. Podía sonar contradictorio que quien hablara de esto fuera una monja de clausura que vive bajo el voto de obediencia. Y luego se me planteó que quizá era mejor dejarlo para más adelante, porque en Cuaresma parece que pega más hablar de penitencia que de libertad, ¿no?

Debo reconocer que hubo un tiempo en que identificaba la libertad con el poder decir que no. Más concretamente con el poder decir “no me da la gana”. En el fondo cada sí que decía, lo vivía como una esclavitud y por eso soñaba con la ocasión en que pudiera decir simplemente no. Después crecí, llegó mi momento, la rebeldía, ¡por fin! pero cada “no” me dejaba aún más insatisfecha. Y así pasó el tiempo, en esta búsqueda que entendía como una conquista. Hasta que llegó el día en que identifiqué la libertad con el dominio de mí: “esto (sea lo que sea) no podrá conmigo”. Y relacioné cada obediencia, cada sacrificio, cada renuncia, cada humillación – ¡cada penitencia cuaresmal! – con un reto conmigo misma. Como si se tratara de un pulso entre mi condición humana (necesitada y vulnerable) y mis deseos de no estar sometida a nada ni a nadie (¡ni siquiera a mi propia humanidad!). Creí que había “bautizado” mi idea de libertad, que la había hecho cristiana; cuando en realidad lo que había hecho era someterme a una esclavitud más sutil: ser esclava de mí misma y de mis ideas.

Y justo esta semana… cayó en mis manos una joya que le dio sentido a estas ideas difusas y aparentemente dispersas. Un librito publicado por la Editorial Encuentro, escrito por un hermano nuestro, Adrien Candiard, dominico: La libertad cristiana. Y, en él, una idea expresada al hablar de la conversión de san Pablo que me pareció la mejor “conclusión” –si es que hay alguna conclusión sobre este tema– para hablar de libertad en Cuaresma:

«Para él [san Pablo] todo cambia porque, a partir de entonces, su vida no le pertenece ya más, aunque nunca fue más libre. No solo ha sido liberado de la obligación de cumplir esa maraña innumerable de mandamientos, sino, sobre todo, de esa voz interior que le repetía: “si no lo logras, no vales nada y Dios no te amará”. No solo queda liberado de pesados deberes, sino también de una prisión mucho más pesada: él mismo. O más bien del deseo de sí mismo, del deseo de perfección; de ese “yo” que desde hace tanto tiempo lo fastidiaba y del que no sabía cómo librarse. (…) Pablo va a hacer el bien, no porque tema al guardián del orden divino, o busque merecer su amor condicional, sino porque desborda de ese amor que acaba de recibir en su corazón. Esta moral tendrá sus exigencias –aún mayores que la precedente–, ya que no solo le pide tal o cual acción, sino el don de todo su ser».

Así que parece ser que libertad no es ni decir sí ni no. No es despreciar la invitación de este tiempo a vivir más intensamente el ayuno, la penitencia y la limosna con la excusa de que eso ya ha pasado de moda, pero tampoco es imponérnoslo a base de puños que nos amargan la existencia y solo por el qué dirán o porque me siento culpable si no lo hago. La libertad, más que una meta, más que una conquista –como creía William Wallace– es una rendición. Ni es luchar contra el mundo ni es luchar contra Dios ni contra nosotros mismos. Es dejarnos encontrar y amar por Él y por su gratuidad. Y eso, el Amor gratuito, nos hace esclavos a los ojos del mundo –algo de razón tenía nuestro técnico– porque parte de la base de reconocernos necesitados; y nos “obliga” más que todas las exigencias cuaresmales porque no se conforma con menos que todo nuestro ser.

Teresa Cadarso, OP