¡Música, por favor!
Hace unos meses me hicieron un video de esos que te hacen saltar las lágrimas desde el primer segundo. Empezaba con una frase que, más que hacerme llorar, me hizo reír: «Yo crecí con seis hermanos. Así es como aprendí a bailar, esperando para poder ir al baño» (Bob Hope). En nuestro caso éramos alguno más. Concretamente, 10 personas para un único servicio. Así que lo de bailar en el pasillo no era alegoría, sino literalidad. Porque, además, en mi casa –y supongo que en alguna más– en el baño había una radio que, según qué cantante escuchábamos, podíamos adivinar quién estaba dentro y calcular cuánto tardaría en salir. Tenías suerte si sonaba Perales –su fan era de los de ducha rápida– pero, si oías la voz de Laura Pausini la cosa iba para largo.
Hay escenas de mi vida que están indisolublemente asociadas a una canción. Si por algún casual escucho esa melodía, aunque sea inconscientemente –porque suena en una cafetería por donde paso, o en la radio de un taxi que he cogido–, la escena vuelve con una nitidez asombrosa. Algunos álbumes musicales son la banda sonora de determinadas épocas. El viaje más divertido que hice fue uno en el que recorrimos Portugal en una furgoneta al ritmo de canciones cuya melodía usábamos cambiando la letra por anécdotas que nos iban pasando. Métodos de estudio y de concentración había cientos, pero estudiar con música –lo que nadie suele recomendar– se convirtió en el ideal para atenuar el ruido ambiental y poder concentrarme en una casa bulliciosa. Hay frases que escucho con una melodía concreta aun cuando la persona que las dice lo hace sin cantar. Me pasa con el “firmes en la fe” de san Pablo (1 Co 16, 13) que, después de la JMJ de Madrid 2011 siempre lo oigo con el ritmo de aquel himno.
Esta semana celebrábamos a santa Cecilia –patrona de los músicos– y una hermana me comentó muy feliz: Me he enterado que tocas el órgano. Yo pensé que su alegría provenía de la utilidad que eso podía tener en una comunidad religiosa y le contesté algo así como: Sí, pero soy una simple aficionada. Aquí ya hay muy buenas organistas. A lo que ella, que había sido profesora de música, me contestó: Me alegro por ti. La música es una fortaleza a la que agarrarse antes que un don para los demás. Tenía razón. Nunca tuve demasiada formación musical, pero la música ocupa un lugar importante en mi vida y en mi día a día. Mi amor por ella es el amor del necesitado, del pobre. No es el amor de quien posee muchos conocimientos, técnica y arte. No es el amor de un músico. No podría vivir de la música, pero no sabría vivir sin ella. La necesito, aunque ella no me necesite a mí ni yo le aporte genialidad. Consumo música, y si alguna vez la produzco –cantando o tocando el órgano– es por necesidad, no por excelencia.
En mi noviciado cambié el teclado del ordenador por el del órgano. Allí gasté horas y horas. Y pasé de escribir en documentos de Word a practicar con aquel instrumento que tenía la propiedad de expresar lo que yo no sabía o no me atrevía a decir. Cuando me enfadaba no había ligaduras en las partituras. Era como si todas las notas fueran picadas. Cuando estaba triste se alargaban las notas más graves. Cuando me inundaba la alegría todas las partituras eran de compás de 6 por 8, o parecido. Muchos días el baile de mis dedos, saltando de una tecla a otra, era mi oración, más sincera y profunda que el discurso más elaborado. La belleza del canto se hacía expresión de la comunión fraterna. Y los silencios, las huellas de una Presencia que lo inundaba todo.
En muchas ocasiones la música es un modo de concretar, de encontrar paz –no solo concentración–. La música, sin palabras, sabe nombrar lo que tantas veces no se sabe expresar. Y sin explicitar, tiene el enigmático poder de decir lo que está pasando. La música puede ser también una protesta, una reivindicación y, sobre todo, una confianza: “la belleza salvará al mundo”. La música no es el fin –todos no somos músicos–. Es un modo, un ritmo concreto con el que acompasar la existencia. Cuando la tristeza se hace presente, cuando la muerte nos rodea o la desesperación nos acecha, la música despierta: ¡hay algo más! Es la orquesta del Titanic tocando cuando todo se está hundiendo; es el nocturno de Chopin que salvó la vida del pianista Szpilman. En la historia de la Salvación, la música es la liberación de la esclavitud en boca de María; es la alabanza en los labios de Ana por la promesa cumplida y es también el baile de todo un rey David que no tiene miedo a hacer el ridículo porque se sabe preferido por el Señor. La música no cambia nada, es verdad, y tiene el poder de transformarlo todo. No tiene armas y gana las victorias más imposibles. No hace daño, pero alivia las heridas. No se deja tocar, pero acompaña soledades. No tiene fronteras ni entiende de idiomas y es capaz de llegar a los rincones más secretos que son los de nuestro corazón.
«Pienso que se pueden localizar tres ‘lugares’ de los cuales proviene la música. Una primera es la experiencia del amor. Cuando los hombres fueron atrapados por el amor, se dio en ellos otra dimensión del ser, una nueva grandeza y amplitud de la realidad. Y ella empuja también a expresarse de un modo nuevo. La poesía, el canto y la música en general nacieron de este ser ‘tocados’, de este quedar afectados por una nueva dimensión de la vida. Un segundo origen de la música es la experiencia de la tristeza, el ser tocados por la muerte, por el dolor y por los abismos de la existencia. También en este caso se producen, en dirección opuesta, nuevas dimensiones de la realidad que no pueden encontrar respuesta sólo en los discursos.
El tercer lugar del origen de la música es el encuentro con el divino, que desde el inicio es parte de lo que define al humano. La mayor razón es que aquí está presente totalmente el otro y totalmente lo grande que suscita en el hombre nuevos modos de expresarse. Quizás sea posible afirmar que en realidad también en los otros dos ambientes –el amor y la muerte– el misterio divino nos toca y, en este sentido, es el ser tocados por Dios lo que en conjunto constituyen el origen de la música. (…)
Se puede decir que la calidad de la música depende de la pureza y de la grandeza del encuentro con el divino, con la experiencia del amor y del dolor. Cuanto más pura y verdadera es esta experiencia, tanto más pura y grande será también la música que de ella nace y se desarrolla». (Benedicto XVI)
Sor Teresa Cadarso, OP
