Cultura

Habitar deshabitado

Llega el verano y con él la diversión, la dispersión, el descentramiento, si es que en algún momento estuvimos centrados. Bonos de viajes para jóvenes, ofertas para amigos de paradores, rutas especiales para mayores… Tentaciones de un ir y venir incesante.

Pueblos deshabitados también que empiezan a estresarse intentando encontrar la mejor gestión para una población que se multiplica en la temporada estival, cuando los gallos no pueden cantar, ni las campanas repicar, ni los burros o las vacas hacer sus recorridos habituales sin molestar al transeúnte-turista, porque el turista prevalece y parece ser que hoy esta especie endémica domina los espacios habitables; ya no hay viajeros al modo romántico del XIX o explorador del XX.

Se nos invita a consumir todo tipo experiencias o atracciones: parque temático, granja bio, entorno urbano con historia, paisajes naturales codiciados por el hastío ciudadano y la zapatilla fatigada de arrastrarse por el asfalto, ansiosa de suaves alfombrillas verdes, un poco de frescor, de blandura para los pies nerviosos y los juanetes endurecidos.

Los que tenemos una edad fuimos niños de pueblo. Cuando cerrábamos la puerta de la escuela abríamos el portón del corral de los abuelos, no era turismo, era conocer la vida y los esforzados trabajos del campo que tanto nos divertían y enseñaban, muchos de ellos ya desaparecidos. Sin embargo, esas vivencias se han convertido hoy en objeto turístico, o sea objeto de consumo y de competencia para paquetes de paisajes idílicos, inolvidables, paradisíacos que ofrecen esto o lo otro, a cuál más encantador. Pero cuando uno accede a estos lugares no encuentra nada de lo que se promete. Cualquier fotografía en las redes o en la televisión es lo mismo, unas se parecen a otras, no tienen identidad, aunque los pueblos sean diferentes y se oferte su precio según la exclusividad de los mismos.

Con estas cavilaciones he vuelto a recaer sobre el concepto de habitar. Porque el ser humano es un ser que habita, de la misma manera que es un ser locuaz, parlante o social, o incluso un ser de trascendencia… Esto es lo que venía reflexionando al final de la primavera trabajando algunos textos de María Zambrano y de Heidegger. Entonces en mi rastreo filosófico por el infinitivo habitar, por el que me estaba dejando fascinar, vine a encontrar un libro que realmente devoré en pocos días y me dio muchas claves de este malestar y desatino que estoy comentando.

Se trata del libro Habitar (Editorial GG, 2016) El arquitecto finlandés Juhani Pallasmaa reflexiona en poco más de 100 páginas, impregnadas de misticismo, esa dimensión original y fundante del habitar, en que descubrimos el cuerpo y el espacio interrelacionados. El alma que construye y se construye.  El espíritu humano que habita, acoge y se deja abrazar por la vivienda que a lo largo del tiempo se torna hogar, por tanto también espíritu vivificante. Toda una fenomenología de la arquitectura inspirada en buena parte en la filosofía de la existencia y en las reflexiones de poetas como Rilke, o fenomenólogos del siglo pasado como Bachelard, que discurren acerca del espacio, lo habitable o lo inhóspito y anodino del existir en un mundo cada vez más despersonalizado.

Critica el arquitecto lo abstracto (que desde la geometría sin sentimiento se convierte en valor contable o funcional), y lo estetizante, o sea lo que se ofrece al ojo (y sólo al ojo en superficies lisas y frías). Nos expone también la tristeza y el desencanto, la fatiga cotidiana en los espacios de las viviendas o los lugares de trabajo (oficinas) y de tránsito (estaciones, aeropuertos), como consecuencia de estas construcciones salvajes, de estas invasiones turísticas incontroladas, de este ser deshabitado que es el hombre moderno  pululando aquí y allá,  sin hallar descanso ni asiento.

Desde esta mirada fenomenológica que ya nos sitúa en el primer artículo, “Identidad, intimidad y domicilio” (1994), hasta la vivencia del tiempo en la realidad empírica humana de “Habitar el tiempo” (2015), este librito aborda las dimensiones materiales, formales, geométricas y racionales de la idea de habitar en la arquitectura, pero analiza de forma   muy penetrante las realidades mentales, subconscientes, míticas y poéticas de la construcción y la vivienda.

Y así caemos en la cuenta de que “El habitar supone tanto un acontecimiento y una cualidad mental y experiencial como un escenario material, funcional y técnico. La noción de hogar se extiende mucho más allá de su esencia física y sus límites” Mucho más allá de lo racional, contable o lo presencial estético-objetivo, Pallasmaa nos descubre que “el propio acto de habitar es un acto simbólico e, imperceptiblemente, organiza todo el mundo para el habitante. Además de nuestras necesidades físicas y corporales, también deben organizarse y habitarse nuestras mentes, recuerdos, sueños y deseos. Habitar forma parte de la propia esencia de nuestro ser y de nuestra identidad”

Sagrario Rollán