Penitencia
Uno que peina ya canas y esta carregat de anys, ve cómo el mundo se vuelve cada vez más loco, más idiota, más insensato.
Hay quien se mata en el gimnasio, quien hace dietas absurdas para cuidar su imagen, quien se quita de tantas cosas esperando alcanzar cosas superfluas y banales, quien por un supuesto cuidado de salud, hace cosas extrañísimas. Y es lo más normal del mundo para la gente. Totalmente aceptado. Naturalmente asumido.
Y uno ha visto también cómo en la práctica de nuestra fe, eso de la Penitencia cada vez se entiende menos y peor, hasta el punto de casi abandonar su idea como algo válido y necesario para relacionarnos con Dios. Pero no con otras cosas claro, que con otras cosas y con otro nombre –operación bikini, ayuno intermitente, renuncia voluntaria, etc.,etc.– bien que lo aceptamos.
¿Por qué en nuestra Iglesia se valora cada vez menos la Penitencia?
Tiene que ver con muchas cosas, seguro, pero la central es que no damos valor a lo recibido y heredado. Vivimos una fe presentista y subjetiva en este posmoderno y posconciliar catolicismo que renuncia a acoger y aceptar que antes de nosotros hubo gente que ya descubrió cosas. Pensando que como mucho les valdrían a ellos, pero no para nosotros, cuando no directamente les despreciamos por estúpidos atrasados e ignorantes premodernos. Idiotas esos medievales que se flagelaban las espaldas.
Olvidamos que la fe no la inventamos sino que la recibimos desde los apóstoles en una cadena en el tiempo que ha ido descubriendo quién y cómo es Dios. Olvidamos que a veces eran bastante más sutiles, sagaces e inteligentes que nosotros. Olvidamos que descubrieron caminos para relacionarnos con Dios, con nosotros mismos y con los otros, que se adecúan a la condición humana más allá del tiempo o las circunstancias en las que vivamos. Olvidamos al despreciar lo recibido que cosas que yo no tengo en cuenta quizás sí son importantes.
Vivimos un tiempo en que la fe es subjetiva, que ha olvidado realmente la idea de que la Iglesia es una comunidad en el tiempo que camina hacia el cielo, pensando que nada tienen que decirnos quienes en la historia ya hicieron su camino. Que si yo no lo siento o no lo veo, que si no lo comprendo o no me gusta, no vale.
Hay que ser muy humilde para poder acoger que no soy el centro de la experiencia de Dios y que me puedo confundir. Que quizás lo que yo piense es una ximpleria, una estupidez, una beneiteria. Como despreciar el valor de la penitencia.
Me piden los amigos de La Llama que hable sobre la penitencia en este Glosario Cuaresmal que está desarrollando para ayudar a quien esto lea a caminar hacia la Semana Santa. Y eso se me ocurre decir.
La penitencia cuesta, si no, no lo sería. Supone esfuerzo, voluntad, determinación, ideas claras y saber por qué hacemos lo que hacemos. Con otras cosas –repito, deporte, dieta, salud…– lo tiene el mundo claro, con la penitencia no.
Hay factores culturales, como la realidad de cómo nos relacionamos con la comodidad, con el placer y con el cuerpo. Cómo la existencia se ha reducido a un mero buscar estar a gusto y estar bien. Cómodo. Divertido y entretenido. No aguantamos el frío ni el calor. Ni el hambre ni el aburrimiento. Ni el silencio ni la soledad. En seguida que hay un dolor, nos preocupamos y tomamos medicamentos. La comida ha de ser siempre sabrosa y extraordinaria. Queremos tener la última moda, el último trasto tecnológico. Nuestro mundo vive pegado al cuerpo y a las cosas. A la comodidad.
Y se hace esclavo de todo ello.
Quizás ahí está el porqué último del valor de la penitencia. La penitencia nos hace libres frente a las cosas y frente a nosotros mismos, frente a nuestras comodidades y nuestros impulsos. Nos disciplina. Nos hace crecer en fortaleza. Nos genera las condiciones de posibilidad para ser libres, quitándonos de cosas que sólo nos atan más a nosotros mismos, que no le dejan al Señor hacerse más presente en nuestras vidas porque nuestras vidas están demasiado llenas de nosotros mismos, nuestras cosas y nuestros gustos.
Penitencias hay muchas y de muchos tipos. Un mossén de cuando yo era niño nos decía que no comiéramos golosinas en Cuaresma, o que no comiésemos postre. Había antiguamente penitencias corporales para disciplinar los instintos o como autocastigo por los desmanes. Está quien como penitencia usa menos el móvil o las pantallas (¡ojalá más gente!). Quien decide ocupar su tiempo en ayudar en algún lugar. Quien se quita de dinero para ayudar a alguna persona o alguna obra. Quien decide no fumar –o fumar menos– no beber ciertas cosas o no comer ciertos manjares, como lo del ayuno de carne de los viernes.
Todo se enmarcaba en una pedagogía distinta que utilizaba la idea de Aristóteles que recoge Santo Tomás de Aquino de que repitiendo actos buenos, lo bueno se va naturalizando en nuestra vida al modo de virtud. Y al revés, quitando cosas malas, se van alejando de nosotros lo malo para dejar sitio para lo bueno.
Recuperar la Penitencia es necesario para que nuestro mundo recupere un poco de cordura. Para hacerlo menos simplista, menos estúpido. Menos banal y superficial. Menos materialista, emotivista y comodón.
Recuperar la Penitencia es necesario para cada uno, para lograr algo más de libertad, menos dependencia de lo de afuera que no llena de sentido la vida. Para que la vida de cada uno no sea un mero deambular por la existencia buscando comodidades y entretenimientos superfluos, para que no sea nuestra vida un mero seguir los impulsos. Quizás esto para los más jóvenes es lo más importante. La vida es más que dejarse llevar por los impulsos, y en eso la penitencia ayuda. Antes que nosotros lo descubrieron.
Recuperemos la idea de la penitencia. Que la Cuaresma pueda ser de nuevo un tiempo penitencial que nos ayude a relacionarnos mejor con el Señor. Y cada uno busquemos la penitencia que más nos pueda ayudar a ser más libres.
Arnau Sunyer i Clota
