Adrien Candiard, entre la esperanza y el diálogo
Desde hace más de una década, la vida de Adrien Candiard (París, 1982) transcurre lejos de su Francia natal, en el seno de una de las encrucijadas espirituales más complejas del mundo contemporáneo: El Cairo. Allí, como miembro del Instituto de Estudios Orientales que la Orden de Predicadores tiene para el diálogo con el mundo islámico desde el estudio y la investigación, ha ido consolidando una voz que se ha convertido en referencia ineludible del pensamiento espiritual europeo. Ingresó en la Orden de Predicadores en 2006, y es licenciado en Ciencias Políticas, en Historia y en Teología.
Su trabajo, centrado en la teología clásica islámica y en la relación entre razón y revelación, funciona como herramienta para situarse en la frontera entre religiones y culturas, y como búsqueda de un diálogo que no siempre resulta sencillo.
Con motivo de su visita a Madrid para presentar su nuevo libro En la montaña (Encuentro, 2025), conversamos con él sobre diálogo interreligioso, la fragilidad y la persistencia de la experiencia creyente en Europa, y sobre esa búsqueda de la verdad –tan propia del carisma dominicano– que, incluso en medio de un mundo convulso, sigue siendo una tarea personal y comunitaria.
En tus libros hablas de distintas formas de mirar el mundo desde el Evangelio: la libertad, la fe, la identidad, la esperanza… Y precisamente tu libro sobre la esperanza tuvo mucho éxito aquí en España. ¿Pero es realmente posible la esperanza o disfrazamos de esperanza cosas que realmente no lo son?
¿Es posible la esperanza…? Esperemos, esperemos. Porque si no es posible, ¿qué hacemos? La tenemos que entender no como esperanza en general, eso no tiene sentido. Esperar sin contenido se llama optimismo, no se llama esperanza.
Cuando hablamos de esperanza cristiana hablamos de esperanza en Jesucristo, que no significa imaginar que todo va a salir bien. Sabemos, por la historia, que no todo funciona bien, que a veces funciona muy mal. La historia puede ser catastrófica y la esperanza cristiana no es pensar que todo irá bien, sino que podemos poner nuestro futuro en las manos de Dios.
¿No crees que los cristianos a veces damos más sensación de desesperanza que de esperanza? Sobre todo ahora que en Europa parece que estamos de capa caída…
Está claro que en Europa, que en el mundo, vivimos un proceso de desesperación que da a entender que la Iglesia y la fe pierden terreno en nuestras sociedades, y eso puede ser difícil para los cristianos. Pero si nuestra esperanza es el triunfo de la Iglesia o el triunfo del cristianismo en el mundo, no somos cristianos. Porque nunca Jesús nos ha prometido este triunfo.
En este último libro que has publicado nos llevas de vuelta al Sermón de la Montaña. En este momento que vivimos, como dices, de desesperación, de confusión, ¿qué palabra del sermón necesita escuchar Europa hoy?
Es difícil resumir un discurso de tres capítulos del Evangelio en una palabra, no sé qué contestar…
Me parece importante el final, donde Jesús nos dice que si escuchamos sin poner en práctica todas sus exigencias, somos como una casa construida sobre arena. Porque podemos leer este discurso pensando que es muy bonito, muy lindo, que es un ideal lejos de nosotros y de nuestras vidas, pero Jesús al final nos recuerda que si no vivimos esta vida cristiana, no es interesante nuestra vida. Hablar de esta vida no vale nada sin eso.
Entiendo que en el contexto cultural y religioso en el que vives tú, la cuestión del diálogo y la conversación son una parte muy fundamental del día a día. ¿Qué papel tiene ahí nuestra predicación dominicana? ¿Cómo se predica a una sociedad que no siempre está abierta a escuchar?
En el Cairo nuestra misión es una misión de diálogo, y el diálogo no es contrario al anuncio del Evangelio. Porque anunciar el Evangelio no significa ir por las calles a decir «escúchame, quiero hablar de Jesucristo». Que no sirve para nada, porque la gente no puede escuchar. No es que no escuche porque es mala, no, es que no puede escuchar un discurso así.
Con el Islam tenemos catorce siglos de polémicas y de guerras. Lo que puede convertir un corazón ahí no es una argumentación inteligente, es el encuentro con Jesucristo. Y en el Islam ahora Jesucristo es muy difícil de encontrar.
¿Por qué?
Porque estos siglos de polémica y de guerra han convertido a Jesucristo, para muchos musulmanes, en el símbolo de los enemigos. El símbolo de los enemigos que los quieren destruir. ¿Quién quiere encontrar a Jesucristo si se le entiende así? Claro que es imposible. Necesitamos, si queremos que Jesucristo sea conocido, cambiar esta situación. Y para esto hay un solo camino: el diálogo. Un diálogo que no sea estratégico, que sea verdadero. Y eso significa escuchar de verdad.
Escuchar de verdad porque la misión de la Iglesia es ayudar a la conversación de Dios con el mundo. Dios quiere conversar con los humanos, lo hace desde el principio. Y nuestra misión como Iglesia, como cristianos, no es ayudar a nuestra propia conversación con el mundo, ni a nuestra propia conversación con Dios, sino ayudar a la conversación entre Dios y el mundo.
Por eso tenemos que empezar por escuchar a la gente, sobre lo que dicen de su experiencia de Dios. Y nuestra misión como dominicos en Egipto es eso. Entender y escuchar dónde está Dios en lo que dicen los musulmanes. Es distinta a la labor en Occidente, sí, pero la misión de la Iglesia es la misma: escuchar dónde está hablando Dios, dónde está conversando con el mundo de hoy.
¿Crees que muchos de los problemas y prejuicios que hay entre musulmanes y cristianos nacen del desconocimiento, de no haber tratado de comprender realmente cómo vive el otro? ¿Es ese el problema?
No. Podemos intentar comprender, pero no vale nada si no empezamos a escuchar. Puedo saberlo todo del Islam, que si no hablo con los musulmanes, no lo conozco. Y esto lo sé bien porque, como cristiano, a mí no me gusta nada cuando un musulmán me explica la fe cristiana.
Me dice «sí, tú que eres cristiano, crees en tres dioses. Lo sé, he estudiado tu fe». Disculpa, escúchame primero y después puedes hablar. No me gusta cuando hacen eso, así que intento no hacer lo mismo. Trato de no ir como cristiano o como occidental a decir «he estudiado en las mejores universidades y sé que el Islam es esto, sé qué significa hacer un acto de fe como un musulmán». No, no lo sé, no soy musulmán.
Y si no empiezo por escuchar, no sirve de nada.

En Europa es verdad que cada vez estamos más secularizados, pero tenemos unas raíces innegablemente cristianas que empapan la sociedad y la cultura. Partiendo de esa base, ¿cómo podemos alcanzar una tolerancia real con el Islam que no se quede en el papel? Especialmente ahora, que cada vez hay más presencia musulmana en el continente…
Parece que la solución de Europa para obtener una paz religiosa es no hablar de religión. Y no me parece un camino justo ni posible. Porque si no hablamos de religión, significa que aceptamos no poder hablar de cosas muy importantes. Y cuando no podemos hablar, la única solución es la violencia. Nuestro deber es crear, construir juntos una gramática para dialogar, para hablar sobre las condiciones religiosas. Eso no es fácil, claro, no tenemos esta gramática. Tenemos que construirla.
En Europa, me parece que el desafío es aceptar hablar de religión con todos. Creyentes, no creyentes… No importa. Porque son materias importantes para todos. Es importante saber si yo existo. Es importante ser capaces, como humanos, de hablar de todo. Y si construimos un campo prohibido sobre la religión y no ayudamos a las personas a entender los discursos religiosos, no estamos ayudando a la gente a conversar de un modo útil de verdad.
En ese contexto, parece que cuando hablamos de fanatismo en Occidente, pensamos instantáneamente en el Islam. Pero, ¿no crees que también hay muchos cristianos fanáticos a nuestro alrededor, personas que tienen la idea de que son los únicos defensores de Dios, los únicos y verdaderos cristianos?
Es cierto que ahora vemos una crisis del Islam que ha resultado en esta violencia, en el terrorismo que todos conocemos. Pero la cuestión es más complicada. ¿Por qué la religión, que debería hacer mejores a las personas, a veces no las mejora para nada? Esto no lo vemos solo con musulmanes, conocemos cristianos que hablan de religión todo el rato y que no aman al prójimo. Es una paradoja difícil, problemática para todos los creyentes. La vida con Dios debería ser una mejora, y a veces no lo es. Al final, todas las manifestaciones de fanatismo, violentas o no, están ligadas a alguna tentación en el corazón humano. Y lo importante es intentar entender esta tentación.
El fanatismo no es un exceso de Dios, que está demasiado presente. Al contrario, está demasiado ausente de estas vidas. Ausente porque en su lugar ponen otras cosas. Eso es lo que se llama idolatría. Y en lugar de Dios se pueden poner no solo ideologías ateas, sino también conceptos o cosas religiosas que vienen de Dios. Que pueden ser muy buenas como medios en el camino hasta Dios, pero no son absolutas. Solo Dios es absoluto. Ni la Biblia, ni la ley de Dios, ni la liturgia son absolutas. Son cosas muy buenas como medios, pero no como fines.
Aquí hablamos de que la Iglesia tiene no solo el derecho, sino el deber de estar en el debate público. De hecho, en España las autoridades eclesiales están muy presentes en algunas situaciones. No sé si crees si, en esa posición, podemos caer en el error de instrumentalizar a Dios y usarlo como arma política o ideológica. Usar su nombre pero dejarlo fuera.
La frontera entre el amor a la verdad y la pasión de tener razón es muy sutil.
Muy difícil a veces, cierto, pero muy importante. Porque si utilizo a Dios como argumento para decir que yo como individuo, como grupo, poseo la verdad, que la verdad es mía, porque soy cristiano y tengo Dios a mi lado, estoy muy, muy lejos de la fe cristiana.
¿Crees entonces que este resurgir cristiano que parece que estamos viviendo en Europa es real? ¿O tiene que ver más con una búsqueda de identidad?
Es muy temprano para saberlo, porque es un movimiento muy reciente.
Y no tenemos que exagerarlo con números, no cancela para nada la secularización que existe y que continúa. El número de bautismos de adultos y jóvenes adultos en Francia aumenta cada año, sí. Pero el número de bautismos de niños sigue decreciendo. Y en proporciones más grandes. Es decir, el aumento no compensa para nada el decrecimiento.
Tenemos que entender estos movimientos como parte de un contexto más grande de secularización. Lo bueno de lo que veo en Francia es que no es un movimiento planeado por nadie. Nadie lo ha anticipado. No hay un movimiento de la Iglesia que pueda decir que es el resultado de su trabajo. No es tampoco un movimiento únicamente ideológico, porque tenemos gente que va a la Iglesia a pedir a Dios, a pedir una palabra de Vida.
Es bonito aunque obviamente haya de todo en los deseos de esos jóvenes. Hay una parte de búsqueda de la identidad, claro. Y otra parte que creo que viene de las preguntas que se hacen frente al Islam en Europa.
Eso está muy bien. Lo importante no es querer que esos motivos sean puros. La pregunta es cómo, como Iglesia, podemos acoger a esas personas, qué proponemos de Jesucristo, qué proponemos de Dios. Y aquí será muy importante hablar de Dios, no de otro. Hablar de Dios en modo sustancial. Porque buscan algo sólido.
En medio de todo este caos, de tanto conflicto y radicalismos, cuando parece que todas las verdades son relativas y cada uno defiende la suya… ¿Sigue teniendo sentido la búsqueda de la verdad? Eso es algo muy nuestro, muy dominicano.
Por eso precisamente tenemos que dialogar sobre religión, para poder buscar juntos la verdad, cada uno con sus convicciones. Yo necesito tus convicciones para ayudarme a no permanecer únicamente en mis ideas. No para cambiarlas y convertirme a las tuyas, sino para comprender el mundo de un modo más completo.
Si nos queremos acercar a la verdad, tenemos que dialogar. Cada uno con sus convicciones y con la posibilidad de defenderlas. No de forma polémica, sino con el objetivo común de buscar juntos la verdad.
A mí, personalmente, todo esto me trae a la memoria a Santo Tomás, con su Summa contra gentiles. Incluso a Santo Domingo, que vivió esa Europa tan dividida por movimientos religiosos. ¿Qué puede aportar la Orden, desde el carisma tan marcado que tiene, en este momento?
Me parece importante recordar que tenemos como lema «Veritas». La gente puede entender esta palabra como una cosa que da miedo, porque la verdad puede ser un instrumento de dominación y de opresión. Pero la verdad, si la tomamos como objetivo común de la humanidad, puede ser algo que nos ayude a estar unidos y a trabajar a nivel intelectual a todos los niveles para tratar de alcanzar una paz que sea verdadera.
