Religión

A media Cuaresma

La cuaresma regresa cada año como una invitación. Como una memoria de deseo y de sed. Regresa año a año con las preguntas que en tantos momentos del año arrinconamos y no tenemos tiempo a afrontarlas. Por ser un tiempo especialmente marcado para la introspección, nos trae en ese tiempo a caballo entre el invierno y la primavera, la capacidad -siempre que quiera vivirse bien- de volver a pasar por el corazón nuestros más profundos anhelos en la vida.

Sabemos bien que hay aguas que no sacian nuestra sed en nuestro día a día. Tantas pantallas, tantas comodidades, tantas ofertas de sentido o de plenitud o de vida, que se deshacen en los dedos como niebla y humo. Son esas tentaciones de tener, de aparentar, de poder con las que comenzábamos este tiempo. Tantas voces de sirena que nos hacen perder el verdadero rumbo de nuestro camino.

Y además sabiendo realmente cuál es nuestro destino. Estamos llamados a transfigurarnos, a ir transformándonos cada vez más en lo que estamos llamados a ser. A ir construyendo en nuestras vidas nuestra verdadera identidad. Lo que realmente somos. Esa mejor versión cada día de uno mismo que es la que nos va plenificando día a día. Que nos va llenando la vida de VIDA.

Pero además sin falsos fuegos de artificio ni mentirosas expectativas de huidas brillantes y utópicas. Donde llenaremos nuestra vida, donde nos transfiguraremos, es en la cotidianeidad de lo ordinario. Allí donde la vida, Dios, la Providencia, los otros o nuestra vocación en la vida, nos trajo.

Esa transfiguración personal, ese ir siendo cada vez más quien somos, quien Dios sueña que seamos, pasa por cuidar varias realidades.

La verdadera urdimbre de la existencia es la de un espíritu encarnado, la de una trascendencia que se capta en lo inmanente. Para conectar con esa verdadera realidad de lo real hay que afinar nuestros sentidos, abrir los ojos que no ven, captar la verdadera música de las esferas. Es decir, un camino de espiritualidad, que pasa por la oración, el estudio, el silencio. Por la búsqueda de la belleza.

Junto a ello. Somos seres sociales, no mónadas autónomas e independientes. Tenemos vínculos y responsabilidades que estamos llamados a cuidar. Nos desarrollamos -el ser humano está hecho así, de varios ejes de relaciones- en el trato con el otro, en la acción. Lo que somos, se muestra y crece y se expande en lo que hacemos. Y esa responsabilidad es mayor con quien tiene cualquier tipo de necesidad. Nuestra transformación pasa en el mismo grado de abrir la experiencia de la espiritualidad del mundo, por el cuidado del otro.

La cuaresma es pues el tiempo que se nos ofrece para poder volver a nosotros mismos para poder volver a Dios. De poder volver a encender el fuego de nuestros deseos y anhelos más capaces de llenarnos de auténtica vida y plenitud. De volver a recordar que sólo Dios es capaz de llenar el corazón del ser humano. Y aún nos queda media cuaresma.

Fr. Vicente Niño Orti, OP