Que alce la voz la Escuela de Salamanca
Desde hace varios meses he estado leyendo a un personaje del siglo XVI. En concreto, a fray Luis de Granada. Un fraile dominico que ha pasado a la historia con el sobrenombre de «Cicerón cristiano». No voy a entrar ahora en los motivos que me llevaron a elegir su lectura, pero lo cierto es que acercarme a su biografía me ha hecho volver a leer y consultar los libros que tengo sobre la Escuela de Salamanca. ¿La razón de ello? Pues porque la formación que fray Luis recibió en el colegio de San Gregorio de Valladolid estaba profundamente influida por las ideas que Francisco de Vitoria —a quien se considera creador de la Escuela de Salamanca— trajo desde París. Es cierto que Vitoria y Granada no coincidieron en San Gregorio. Pero los tres años que Vitoria pasó en la ciudad del Pisuerga (1523-1526) se afanó por renovar la vida intelectual de la Universidad. Así pues, el próximo año se cumplen cinco siglos desde que Francisco de Vitoria dejara Valladolid y marchara a Salamanca para ocupar la Cátedra de Prima de la Facultad de Teología de la Universidad de Salamanca. Y quién le iba a decir que lo que él comenzó como una renovación del pensamiento teológico, iba a transformar la manera de pensar de Occidente. La formación que se impartía en aquellas aulas tenía como eje fundamental la búsqueda de un equilibrio entre fe y razón, entendidas como pilares complementarios del conocimiento. Con Santo Tomás de Aquino como referencia principal, el objetivo era promover una visión del cristianismo profundamente humana y auténtica, situada en el corazón mismo de la vida social. Y es que Vitoria marcó un estilo propio, una nueva manera de pensar y enseñar basada en la integración de las ciencias, en la búsqueda de armonía intelectual y en un profundo deseo de alcanzar la verdad desde el diálogo entre razón y fe.
Uno de los libros que he vuelto a leer sobre este tema es una breve pero interesante obra del fraile dominico Ramón Hernández (1932-2020). Se trata de una publicación de apenas sesenta y dos páginas, editada por OPE en 1983, titulada «Francisco de Vitoria, O. P. Síntesis de su vida y pensamiento». En ella, el autor presenta de forma clara y accesible la figura del Maestro Vitoria, destacando una idea especialmente llamativa: Vitoria anticipó lo que hoy conocemos como la ONU. Es más, al parecer incluso soñó con algo aún más ambicioso, una especie de «súper ONU». Su visión apuntaba a una sociedad universal de todas las naciones del mundo, que estaría organizada bajo una autoridad común y democrática en cuestiones fundamentales como la seguridad y la justicia internacional. En la página 50 dice expresamente: «Francisco de Vitoria piensa siempre a lo internacional; su campo de visión es la humanidad entera, el bien de todos los hombres». Al leer esto, es inevitable, al menos para mí, pensar en lo que está pasando en Gaza y en tantos otros rincones del mundo donde la paz y la libertad están absolutamente ausentes. Lugares donde lo más básico para vivir se ha vuelto un lujo inalcanzable. Y cómo no mencionar también lo ocurrido aquí, en nuestro propio país, en esa localidad conocida como Torre Pacheco. En todos estos lugares se produce un fenómeno similar: la deshumanización del «otro». Ya sea por su nacionalidad, religión o situación legal son tratadas como si fueran menos persona. El pensamiento de la Escuela de Salamanca ve esta forma de actuar, es decir, esta deshumanización como uno de los mayores pecados morales y sociales, ya que impide ver en el otro a un igual, es decir, a «otro yo». Por ello alzó la voz diciendo que todo ser humano posee una dignidad inherente por el simple hecho, que no es tan simple, de serlo. Y que no importa su fe ni su cultura o su procedencia, porque todos somos partícipes de una misma racionalidad y estamos llamados a una misma vida moral. Por eso, deshumanizar al otro no es solo una injusticia desde el punto de vista político o social, sino también —y esto va dirigido especialmente a quienes utilizan la religión y los signos religiosos para justificar el odio— una profunda ofensa contra lo sagrado. Por ello, la figura de Francisco de Vitoria, o mejor dicho, su pensamiento, nos recuerda que la justicia no se construye desde la imposición y mucho menos desde la brutalidad irracional, sino desde el reconocimiento mutuo. Que no puede haber paz verdadera ni libertad ni orden justo mientras sigamos construyendo muros, reales o simbólicos, para separar a los que creemos «dignos» de aquellos que calificamos como los «prescindibles».
Cuando al comienzo de este texto digo «que alce la voz la Escuela de Salamanca», me refiero a la urgencia de recuperar en nuestros días el pensamiento humanista que la definió. Aquel pensamiento que, en su época, fue un auténtico faro intelectual para el mundo, y que aquellos grandes frailes dominicos, liderados por Francisco de Vitoria, argumentaron y defendieron con sabiduría y valentía. Ellos comprendían que ser dominico significaba ser fiel tanto a Dios como a la humanidad. ¡A toda la humanidad! Y sabían que su misión les exigía discernir entre lo que fenecía y lo que estaba naciendo, entre lo que conducía a la salvación y lo que no, entre la verdad y la ilusión o la mentira. Pero sobre todo eran plenamente conscientes de que encubrir la verdad o mantenerla oculta era una grave traición a su profesión religiosa. Al igual que también lo era callar ante la injusticia o desviar la mirada. Hoy, quizá más que nunca, es crucial recuperar este humanismo que nos insta a superar comportamientos hostiles y depredadores que lo único que muestran es nuestra brutalidad e irracionalidad. Es tiempo de que la humanidad abandone la idea de que «el hombre es un lobo para el hombre» y permita que la amistad, en su sentido más amplio, desmienta a quienes sostienen, cada vez más, que la especie humana ha llegado a su límite y que es urgente crear nuevas especies que superen al ser humano «caducado». Porque tal planteamiento muchos pensamos que es un atentado, serio y preocupante, contra los principios tan humanos de democracia y libertad. Pero lo que está ocurriendo en Gaza y en tantos otros lugares sin paz, junto a lo ocurrido en Torre Pacheco, también lo es.
Fr. Ángel Fariña, OP
