Opinión

“Estupidocracia”

Los que estamos embarcados en esto de la enseñanza (y, además, como profesores de religión), medimos el tiempo por cursos más que por años. Llegado el final, no comemos uvas al ritmo de las campanadas, sino que nos tenemos que tragar interminables reuniones, memorias, evaluaciones, programaciones, etc.

En todo caso, en estas fechas, es inevitable hacer balance, echar la mirada atrás e intentar, a veces sin mucho éxito, convencernos de que el curso que se termina no ha sido una pérdida de tiempo, de pasión, de ilusión, de… vida. Entonces buscamos limitar los daños diciendo eso de: lo nuestro es sembrar, la cosecha les corresponde a otros…; nada se pierde en el universo…; no sólo ha merecido la pena, sino la alegría el haber contribuido a que emerja lo mejor que hay en nuestros alumnos… Y otras lindezas por el estilo.

Pero la verdad es que, muchas veces, uno se queda con un cierto regusto a derrota (además del lógico cansancio); una sensación de haber desperdiciado el tiempo, las ganas, el esfuerzo y… la vida.

¿Es esto un síntoma del llamado “burnout”? ¿O más bien, los restos de una incómoda lucidez (¡la lucidez siempre es incómoda!) cada vez menos frecuente? Sea como fuere, es agotador nadar contra la gran corriente, resistirse al sunami de alumnos, familias, administración educativa, políticos iluminados y, también, algún que otro compañero con una dudosa “bocación” (sí, así con “b”, no con “v”).

Como afirma Marcos Eguiguren Huerta en su libro, estamos dominados por la “estupidocracia”. La estupidez, la frivolidad, la falta de sentido crítico, la dictadura de lo políticamente correcto, la progresía de salón, la “derecha” cutre, casposa y, la otra, la “derechona”, que además de cutre y casposa, es sumamente peligrosa. El panorama es desolador. A uno le apetece decir, como dijo en su momento Delibes, ¡Que paren el mundo, que yo me apeo!

No creo haberme convertido (o al menos eso espero) en un nostálgico recalcitrante, de los que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero tampoco estoy dispuesto a tragar con todo, ni mucho menos con el tan frecuente “buenismo”, que en ocasiones se intenta camuflar con ropajes supuestamente evangélicos. Lo verdaderamente nuevo, aquello que nos impulsa a un futuro mejor, o está firmemente asentado en procesos humanizadores, o por mucho que se vista de nuevo, a poco que se rasque la superficie, trasluce lo “viejuno” y decadente.

En este país, las sucesivas leyes educativas -de unos y de otros- se han ido cargando la Filosofía, la Literatura, el Latín y el Griego, la Historia, la Estética, la Ética y la Religión, es decir, todo lo que nos ha ido humanizando. Se desprecia la hondura, la delicadeza, las buenas maneras, la sabiduría, la lucidez, y de la búsqueda de la verdad (esa que nos hará más libres), del anhelo de la libertad libre y responsable, nada de nada.

De las programaciones, se ha desterrado la poesía que es y debe ser un arma cargada de futuro, expresión de la chispa divina que hay en todo lo humano. La IA ha sustituido a la inteligencia cordial, solidaria, compasiva, humana. Los estadios de fútbol y las redes sociales se llenan en la misma proporción que se vacían las bibliotecas, los museos y los corazones inteligentes.

Y en medio de este terreno nutritivo, nuestros alumnos: víctimas propiciatorias de la estupidez ambiental, de esa “estupidocracia” que dirige los destinos de nuestras sociedades y de nuestro mundo. Abunda entre ellos la falta de sustancia, de lo esencial; carecen de raíces, viven vidas virtuales, tan virtuales como sus “amigos” y sus relaciones. Saben el precio de las cosas, pero ignoran el valor de casi todo lo importante.

¿Son nuestros alumnos los destinatarios de una pasión inútil? Cada vez es menos frecuente encontrar un alumno que te sorprenda y te provoque (etimología: llamar para hacer salir, estimular, provocar, desafiar). Cada vez con mayor frecuencia, sus discursos y sus ¿reflexiones? son más monótonas, monocordes, simples y aburridos. He aquí la cosecha de una siempre de décadas.

¿Una visión demasiado pesimista y poco esperanzadora, quizás poco evangélica? Tal vez. Muchos así lo verán. Pero, como dice Vargas Llosa, “nunca digas que amas a alguien si nunca has visto su ira, sus malos hábitos, sus creencias absurdas y sus contradicciones. Todos puede amar una puesta de sol y la alegría, sólo algunos son capaces de amar el caos y la decadencia”.

¡Tanto nadar para morir en la orilla! ¿Qué nos queda a los que no encajamos y, la verdad, no queremos encajar? Sin lugar a duda, ser vistos como bichos raros (muchas veces también entre los propios compañeros), debatiéndonos con unos y otros, como ese peón acorralado en el tablero, pero que se resiste el jaque-mate. Intentamos beber en otras fuentes para dar sentido a lo que somos y lo que hacemos, para intentar sembrar esperanza y no morir en el intento o, al menos, morir como el grano de trigo, para dar fruto. Buscamos ser radicales, es decir, sabedores de que sólo si nuestras raíces están firmemente hundidas en la tierra fértil del Evangelio, aportaremos sentido y futuro. Vislumbramos la esperanza en el horizonte y percibimos la chispa divina, el rescoldo de Dios en nuestros alumnos, cuando doblemos la última esquina de esta noche tan oscura.

Llega el momento de reivindicar todo aquello que nos ha humanizado. Aupémonos a los hombros de gigantes que nos precedieron y que nos ayudarán a ver más allá de nuestros estrechos horizontes. Reinventemos y actualicemos el humanismo cristiano, el personalismo humanizador, el amor político, solidario y comprometido. Y sigamos incomodando a tanto “biempensante” estómago agradecido.

Ricardo Aguadé