Recomendaciones de Verano. Comer
Sí, así como lo leíste. El objetivo de este texto es que cuando termines de leer busques dónde ir a sentarte con alguien a comer. Y es que la comida para nosotros los humanos, ya no es solo el acto instintivo de satisfacer las necesidades biológicas de alimentación. Los milenios que la humanidad ha dedicado a llevarse alimentos a la boca han terminado de configurar un modo de habitar la necesidad. Y esa experiencia a la que le llamamos comer, ahora está atravesada por la nutrición y también por la ética, ya que se trata de un espacio en el que nos hacemos y encontramos.
La alimentación ha vuelto a ser un tema central que nos lleva a la relación que tenemos con nosotros mismos, el medio ambiente y con otras personas. Muchas personas que se dedican a la nutrición o a la gastronomía, hablan de cierta pérdida de consistencia en lo que significa para las personas una comida, aunque la necesitemos. Comer es sinónimo de encuentro, historia, amistad, política, disfrute, cuidado, y puede que lo estemos perdiendo.
Tal vez estamos en un momento de crisis de rituales y de modos de encontrarnos. La velocidad de nuestros días y labores no nos ayudan a conectar, hondamente, con la ritualidad tan humana de la cocina y lo que dice de nuestra humanidad. Nos hacemos personas en la medida en que creamos espacios para nutrir a otros, ofrecer lo mejor que tenemos y, entre bocado y bocado, buscar conexiones que nos permitan estrecharnos. Un fraile mayor decía que solo era amigo aquel que se había sentado con él a comer. Entre los macarrones y un buen vino se forja algo diferente.
¿Qué tiene que ver esto con el verano? Pues que el descanso también tiene que ver con la comida y el encuentro. Los platos estivales, las tardes tibias, la cerveza bien fría y la mesa de un bar o de nuestra casa, son espacios predilectos para volver a encontrarnos sin más. El calor, el cansancio y el hambre son lugares comunes que nos permiten tejer otros lazos.
Y esto era muy bien sabido por Jesús, el comilón y bebedor (Mt 11, 19; Lc 7, 34), que no dudó ni un instante en reconocer los espacios de alimentación como metáforas de lo que Dios quiere vivir con nosotros. Él mismo decidió quedarse como alimento entre nosotros. Siglos después nuestro querido Domingo de Guzmán, entre copas, logró acoger el corazón inquieto del hospedero y, unos años después, no dudó en llegar por la noche a la casa de sus hermanas dominicas con un buen vino para celebrar con ellas y los frailes, los avances de la predicación.
Hemos llegado al fin. Espero que tu próxima comida veraniega sea una experiencia de sabor y de encuentro.
fr. Ignacio Castro Ortega op
