De ausencias, moradas y Espíritu
El Evangelio de estos días nos habla de amor, moradas, paz y Espíritu. Sin embargo, hay un detalle que me cuesta entender del todo. Estamos ante un discurso de despedida y Jesús invita a alegrarse con su ausencia. ¿Cómo pueden los amigos alegrarse de que el amigo ya no esté? ¿Qué tiene que ver la ausencia con la alegría?
La Pascua nos abre una nueva manera de entender la existencia. El Resucitado inaugura un modo diferente de entendernos a nosotros mismos y nuestra historia: El amor tiene la última palabra en medio de los vaivenes de las injusticias y el dolor. Esta experiencia de sentido, sin embargo, no nos excusa de vivir y recorrer lo que en ella hay de contradicción y sinsentido. Sin embargo, la Pascua nos ofrece una manera diferente de vivir el desconcierto, de enfrentar las oscuridades.
La ausencia de Jesús no es un abandono. Es, paradójicamente, un nuevo modo de estar entre nosotros. En el vacío que nos deja su cuerpo, se esconde un nuevo modo de vivir con Él y de vivir las ausencias. Gracias a esta distancia, nuestro ser es reconfigurado en la libertad y la sed, como personas proyectadas hacia el Padre, aunque no siempre lo tengamos tan claro. El vacío ya no es solo la experiencia de la nada, sino también (un “también” que puede ser una conquista…) un camino abierto.
El hogar que Dios puede hacer en nosotros por el amor, solo es posible en la medida en que recorramos este vacío. La ausencia de Jesús nos hace peregrinos en la vida, buscadores y centinelas de una esperanza que requiere de una disponibilidad inédita, que se estrena en cada creyente. Y en este itinerario existencial, a tientas y encendidos, el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús, es quien surca con nosotros los vacíos y las ausencias que permiten a Dios emerger en nuestra vida.
El papel del Espíritu, su modo de ser Paráclito, es el de recorrer la distancia, colmar de esperanza la sequedad de las dudas, hacer brotar la ternura en los recovecos de la oscuridad, transformar el desaliento en ofuscada ternura. Con el Espíritu, que hace de nuestros vacíos y distancias una morada, es posible que la alegría se asome en la oscuridad y en la nada una Presencia.
fr. Ignacio Castro Ortega op
