Contra la pobreza, no contra los pobres
Se cumple, el año próximo, el 500 aniversario de la Escuela de Salamanca, tomando como referencia el año de 1526 en el que el dominico Francisco de Vitoria, cabeza más señera de la Escuela por ser su iniciador y su pensador más reconocido, accedió a la Catedra de Prima de la Universidad de Salamanca. Allí comenzó a dictar sus lecciones y a desarrollar todo su corpus filosófico-teológico que abordaría las más importante cuestiones sociales, económicas y políticas de su tiempo.
De lo más concreto y práctico decantaría toda una enseñanza fundamental para el pensamiento cristiano en lo que andando el tiempo se llamaría Doctrina Social de la Iglesia. Fue la Escuela de Salamanca un antecedente de lo que sería después el desarrollo de los derechos humanos y del derecho internacional. Desde un pensamiento hispánico y cristiano, abordó claves como la guerra justa, las transacciones económicas legítimas, el derecho de conquista, la evangelización de américa, la ciudadanía, los límites del poder, la comunidad política y un larguísimo etcétera, que debería estudiarse y contarse más.
Los nombres más señeros de la escuela fueron junto al de Vitoria, el de Domingo de Soto y el de Melchor Cano, los tres frailes dominicos, pero también Báñez, Tomás de Mercado y ya en sus epígonos Suárez o Luis de Molina.
Domingo de Soto, el principal continuador de la obra de Vitoria, fue una figura multidisciplinar que hasta hizo experimentos de física en un antecedente de los del propio Galileo. En medio de su ingente obra en teología, filosofía, derecho, economía y política, para mí siempre será el autor de un pequeñín opúsculo llamado la Causa de los Pobres, del año 1545.
Y en ella pensaba estos días a cuenta de la situación que se ha dado en el Aeropuerto de Barajas de Madrid y la acumulación de personas sin hogar que buscan refugio allí, y que ha supuesto una crisis que se ha tomado otra vez como campo de batalla político entre instituciones.
Soto defendía que se dejara a los pobres en paz, que no se les persiguiera ni expulsara, en medio de un contexto social casi de persecución de quienes se veían marginados de la sociedad. Sostenía que en todo caso si realmente se quería abordar la cuestión de los pobres, se fuese a la raíz de la injusticia para que no aumentasen los pobres, pero que perseguirles y expulsarles no era cristiano, ni obviamente, humano.
También a la cabeza con las noticias, opiniones y discusiones sobre lo de Barajas se me venía el libro que hace unos años Adela Cortina sacó que hablaba de la “aporofobia” el miedo a los pobres.
Y es que algo de todo eso hay en todo esto de Barajas. No nos importan los pobres, nos molesta que se vean. Nos dan miedo. No queremos olerlos, no queremos que nos molesten, no queremos que estropeen nuestras calles, nuestros viajes, nuestros trabajos. Queremos que desaparezcan… pero solamente de nuestra mirada. No hacemos nada realmente porque no nos importan los pobres. Todo se ha movido al final en cómo confinarlos, cómo evitar que entren en el aeropuerto, cómo sacarlos de allí… pero no realmente cómo abordar sus situaciones concretas.
Con Soto y con Vitoria nos toca desde la Iglesia recordar que no es cristiano, no es humano, perseguirlos, expulsarlos, penarlos y cargarle aún más sufrimiento. Nos toca recordar que hay que ir a la raíz y luchar contra la pobreza, no contra los pobres.
Fray Vicente Niño Orti, OP
