Providencia y profecía
Me dispongo a comenzar un nuevo artículo para el blog de “La llama” y me encuentro con que, con este, serán 40 los escritos publicados. Cuando empecé a colaborar dudaba de tener ideas para compartir quincenalmente una reflexión y hoy, que comienzo este número, me nace la admiración. Y no por mí –por haber llegado hasta aquí−, sino por mis lectores, que permanecen fieles tantas publicaciones después.
Escribir es exponerse. O al menos yo no sé hacerlo de otro modo. Supongo que por eso vacilé tanto a la hora de publicar. Si escribir es una necesidad, publicar es un desafío. Pero debo reconocer que, en general, está siendo una buena experiencia. Incluso en las críticas o comentarios que me llegan encuentro una interesante fuente de conocimiento y profundización personal. De cada uno de estos artículos podría escribir muchos más con el fruto del diálogo –debate o discusión en algunos casos− que cada uno de ellos ha suscitado. Y es precisamente entonces cuando descubro que tiene sentido publicar. Ya no soy yo quien impone un pensamiento o se refugia en una idea que trata de defender. Es una experiencia que al sacar a la superficie ¡se hace más profunda! Al ser discutida, se afianza o se descarta con mayor argumento. ¡Cuántos aspectos discretos y desconocidos de mis propios pensamientos he descubierto en este tiempo gracias a mis lectores y críticos –en el mejor sentido de la palabra!
Entre ellos hay un comentario en el que coinciden varias personas. Y que se refiere a uno de mis temas favoritos y recurrentes. Es posible que, si buscara las veces que he usado la palabra “Providencia” y sus derivados en mis escritos, fuera la más utilizada en proporción. Así que no me sorprende que algunos de mis lectores me hayan cuestionado esa omnipotencia u omnipresencia de la Providencia. ¡Eres un poco providencialista!, me han dicho.
Y no me defiendo ante la acusación. Lo soy, si eso quiere decir que considero que “Todo es Providencia”. No lo soy si lo que están pretendiendo decir es que creo que estamos determinados y, en consecuencia, que no somos libres. Tampoco lo soy si eso quiere decir que mi imagen de Dios es la de un titiritero cruel y despiadado al que culpo de todos los males que me sobrevienen. Pero ¿cómo explicaros de qué modo creo, entiendo y vivo aquello de que “todo es Providencia”? Supongo que exponiéndome una vez más al debate y compartiendo una posibilidad que, sin duda, es susceptible de ser profundizada y pulida.
De nuevo tendréis que disculparme por recurrir a un ejemplo profano, y más concretamente, por mencionar aquí la famosa saga de Harry Potter de la que ya reconocí en su día que fui −¿soy?− fan. Destripando el núcleo del argumento, diré que la historia se desencadena con una profecía que escucha el malo de la peli –Voldemort− y según la cual, acababa de nacer el único mago capaz de vencerle. Al oírla, el Señor Tenebroso se dispone a terminar, cuanto antes, con la vida de aquel que él considera que es al que se refiere dicha profecía –que no da el nombre−. En la noche del 31 de octubre mata a los padres de Harry e intenta acabar con el indefenso bebé que considera su rival, pero el hechizo le rebota. Él no lo sabe, pero la oblación de Lily, la madre –que muere haciendo de escudo por su hijo−, se convierte en la magia más poderosa. Queriendo ahorrarse un problema, dota al indefenso bebé con la única arma que podrá vencer al malvado Voldemort: el amor.
Cuando Dumbledore, el anciano director de su colegio, le descubre a Harry la profecía secreta se entabla una interesante conversación entre ambos que necesito transcribiros:
—Si Voldemort no hubiera oído hablar de la profecía, ¿se habría cumplido ésta? ¿Habría significado algo? ¡Claro que no! ¿Acaso crees que todas las profecías de la Sala de las Profecías se han cumplido?
—Pero… —persistió Harry, desconcertado— pero el año pasado usted dijo que uno de nosotros tendría que matar al otro…
—¡Harry, Harry! ¡Te lo dije porque Voldemort cometió un grave error y dio por buenas las palabras de la profesora Trelawney! Si él no hubiera matado a tu padre, ¿habría hecho surgir un furioso deseo de venganza? ¡Claro que no! Y si no hubiera obligado a tu madre a morir por ti, ¿te habría conferido una protección mágica que él no podría vencer? ¡Pues claro que no! ¿Acaso no lo entiendes? ¡El propio Voldemort creó a su peor enemigo, como hacen los tiranos! Él ya estaba alerta por si aparecía alguien capaz de desafinarlo. ¡Oyó la profecía y decidió actuar, y como consecuencia de ello no sólo escogió a la persona con más posibilidades para acabar con él, sino que le entregó unas armas excepcionalmente mortíferas!
—Pero…
—¡Es fundamental que entiendas esto! —insistió Dumbledore, y se levantó para pasearse por la habitación haciendo ondear su relumbrante túnica. Harry nunca lo había visto tan alterado—. ¡Al intentar matarte, el propio Voldemort señaló a la extraordinaria persona que está ante mí y le proporcionó las herramientas necesarias para realizar el trabajo!
Para el joven mago, la profecía supone el peso enorme de la responsabilidad que debe cumplir. La entiende en la perspectiva del futuro y, por tanto, cree que determina su camino. En consecuencia, siente que no tiene alternativa. Pero el anciano profesor le da la vuelta a las cosas. La profecía se cumple porque alguien le da credibilidad. Y creyéndola ¡hace que se cumpla! La profecía, más que sentenciar a nadie a un inevitable destino, hace posible la alternativa. Más que condenar, empodera para la victoria.
¿No podría suceder algo así con la Providencia? No es que Dios tenga un guion programado y una vida determinada para mí. No es que esta persona que me hace daño, o esta enfermedad, o esta circunstancia cualquiera formen parte de los actores secundarios que Dios me envía para mi santificación y que debo creer que son “Providencia”: ¿cómo puede ser voluntad de Dios la muerte o la corrupción? Cada acontecimiento y situación en que me encuentro no forman parte de una larga lista en la que Dios va haciendo un tick de “cumplido”. Mi perspectiva de la Providencia es otra: al dar credibilidad al Amor de Dios y confiar en que estoy en Sus manos, se abre para mí una alternativa. Al acogerme al Amor de Dios, mi sufrimiento puede tener un sentido y mi historia se puede hacer providencial –y no solo tolerable−. En la medida en que me creo que nada se le escapa y acojo los acontecimientos en la perspectiva de la confianza de su Amor, que no puede permitir que nada contribuya a mi perdición, entonces dejo que todo sea Providencia. Al creer y vivir todo en la perspectiva de la Providencia, la muerte –que es el sinsentido− queda vencida.
En fin, esto es algo que creo y vivo mucho antes de ser una idea que pueda argumentar. Y me he dado cuenta que en esa distinción –o aclaración− podría estar la clave. Porque la Providencia se realiza en la medida en que se cree y se vive. No se impone. Sino que se revela en todo su sentido en la medida en que nosotros dejamos de querer controlar y dirigirlo todo. Antes de ser algo que se refiera al futuro, es algo que acontece en el presente. No cumplimos la Providencia –no la realizamos nosotros−, sino que la acogemos libremente. De la misma forma que los profetas no son aquellos que adivinan el futuro, sino que saben leer el presente en profundidad, en la perspectiva de Dios.
Sor Teresa Cadarso, OP
