Hacerse pan o cómo ser hermano predicador
Acción de gracias leída en el día de mi profesión solemne. Domingo 18 de Agosto de 2024. Jn 6, 51-58
Hola a todas y todos. Muchas gracias por estar aquí hoy, desde las redes y sobre todo presencialmente.
Acabo de hacer mi profesión solemne. Y si bien se trata de una experiencia personal, está absolutamente mediada por otras y otros que han caminado conmigo de diferentes maneras. Y quiero agradecer.
El evangelio de hoy, que comenzó hace 3 domingos atrás, ha sido el marco desde el cual Dios y yo hemos ido preparando este momento. Hace poco escuchaba a un exégeta, un estudioso de la biblia, decir que este pasaje que hemos leído hoy podemos leerlo como si fuese una carta de amor. Jesús nos dice que quiere unirse a nosotros, como la comida se une al cuerpo, como el pan se deshace en la boca de quien tiene hambre. Así quiere Dios unirse a nosotros. Él quiere ser la vida que nos sostiene, como Pan de vida.
Hacer la profesión solemne hoy tiene que ver con esta carta de amor, con este Pan de Vida. Este sí para toda la vida está hecho sobre todo de otros “sies”, de otras personas que, con su vida y su modo de vivir, me han mostrado que es posible vivir de este Dios, que alimenta un amor que es más fuerte que cualquier muerte.
Quiero agradecer a todas y todos quienes han sido harina y fermento de este Pan de Vida en mi historia y en este camino, sobre todo a mis hermanos del vicariato Antón Montesino en Uruguay y Paraguay: por creer en mí, este chileno venido del otro lado de la cordillera, por confiar en mí, sobre todo cuando yo no creía tanto. Esta confianza ha sido para mí signo de la confianza de Dios y el alimento que él es. Realmente Dios quiere ser alimento en mi vida, en lo concreto y real de lo que soy, para que él pueda seguir siendo alimento para otras y otros… aunque a veces me cueste creerlo.
Es real que Dios quiere estar en nuestra boca como alimento, en nuestra sangre, como vida que nada destruye, en nuestro cuerpo, en nuestro corazón. Gracias a tantas y a tantos que a lo largo de estos años me han ayudado a vivir en esta convicción: Mis hermanas dominicas de la presentación, la comunidad misionera presentación, a todas las personas de nuestras parroquias en el Bañado Tacumbú, las y los jóvenes del movimiento juvenil cristiano, en San Roque Gonzalez, en la capilla del Sagrado Corazón en Loma-Simbrón y la Crucita; las y los catequistas y a los jóvenes dominicos.
Quiero agradecer a quienes me han demostrado con su vida y sus opciones que Jesús es el Pan de Vida, en quienes puedo ver que es real que el Evangelio alimenta y que Él vive en quienes permanecen en Él. Quiero agradecer especialmente a mi comunidad parroquial Santísima Trinidad, a cada una, cada uno de sus miembros. Con ustedes he aprendido que la vida no es fácil, pero con todo, Dios sigue siendo alimento de esperanza, y que el amor que es más fuerte que cualquier dificultad, que cualquier muerte. Especialmente a mi comunidad Nuestra Señora de América, por enseñarme la sabiduría de la solidaridad, de la presencia, de la sencillez.
¡Gracias a todas y todos quienes han hecho esta celebración posible! Los frailes, las hermanas de la Anunciata, el coro magnífico, a quienes adornaron el salón hasta tarde y se han esmerado en la comida que compartiremos. Muchas gracias.
Esta Alianza es fruto de una experiencia forjada con los años, las búsquedas y el afán de Dios. Quiero agradecer a quienes han amasado el Pan de Vida y me lo han ofrecido, haciendo hogar y camino conmigo: A Sandra, Licarayén, Brian, Yamil, Óscar, Rafael, Rubén, Susana.
Todos sabemos que la vida se acabará. Pero, ¿Qué ofrece Jesús para que salgamos de la muerte y de sus redes? Él mismo. Él mismo se ofrece, escogiendo el signo cotidiano y diario del alimento. Ese es el primer deseo de Dios: que vivamos. La vida de Dios entra en la nuestra, se nos une, como el Pan al cuerpo… Gracias a todas y a todos quienes han cuidado a Dios en mí, en la escucha, el abrazo y la cercanía.
Quiero agradecer profundamente a mi familia. Ha sido en casa, entre Concón y Valparaíso, en nuestras idas y vueltas, que el Pan siempre es hogar, y que en nuestra mesa todas las personas tienen un lugar y un hogar, sobre todo las que están solas, tristes y buscando un lugar.
Gracias a quienes me han enseñado a vivir la vida dominicana, el modo específico en que Dios quiere caminar conmigo. Gracias a quienes me ayudan a ser Pan para otros, como el de Jesús: desmigado, fresco y para todos. Quiero agradecer especialmente a mi comunidad de frailes de Montevideo por este tiempo que hemos compartido y por todo todo lo que han permitido que acontezca en mi vida hoy. Por la sencillez, la transparencia, el diálogo, y sobre todo, por mostrarme la predicación como un modo de vivir y servir, llevando y compartiendo el Pan de la Vida con todas y todos. A los hermanos que me han acompañado en la formación durante estos años: A fray Ramón Figueras, que celebra con nosotros desde el Cielo, a fray Óscar Jesús y a fray Edgar Amado.
De manera especial agradezco la cercanía y la comunión de mis hermanas dominicas de la Anunciata y de toda la familia dominicana, que me devuelve a lo mejor de este pan: el encuentro, la comunión, la misión compartida y el gozo profundo de caminar juntos. Sin esta experiencia no podría entender nuestra vocación dominicana y la vida religiosa ¡Gracias por caminar juntas y juntos!
El pan, la carne, la sangre, expresan una existencia que se resumen en el breve pero hondo verbo: DAR. El cuerpo de Jesús, capaz de amor, hecho para el abrazo, para perdonar, para sanar y liberar. Comer y beberlo es comer y beber su vida, sus opciones, sus búsquedas, sus sueños. Quisiera que mi vida pueda reflejar algo de esto. Creo profundamente que la predicación, el anunció del Evangelio es mi camino para ser Pan.
Les pido perdón por las veces en que el Pan de mi vida se ha hecho añejo, duro, por mis acomodos y quejas. Por las veces en que en mis idas y vueltas no han permitido que el amor circule. Les pido que me ayuden, cuando vean que el Pan de mi vida pueda estar perdiendo su sabor.
Y para terminar quiero agradecer a mi Dios, con quien hoy hago esta alianza.
En esta carta de amor, Jesús dice que alimentarse de él es entrar en relación: Una circularidad de vida y amor, aprendiendo a permanecer. Se trata de un modo de vivir, un habitar. Es un vínculo, una intimidad. Es el misterio de Dios en nosotros, y de nosotros en Dios.
Este misterio es mi hogar, en dónde todo tiene su lugar y su espacio. Gracias Señor por abrirme la vida y el corazón, por buscarme, y caminar conmigo. Yo también quiero estar en tu corazón, y como diría Esteban Gumucio, llevar en mi vida, en mi cuerpo y en mi alma, como hermano predicador, tu vida en primavera.
Gracias
fr. Ignacio Castro Ortega op
