Cultura

Habitar deshabitado III

El turismo y las migraciones mueven millones de personas cada día por el mundo en busca de refugio,  habitación o simplemente disfrute. Estos movimientos incesantes por tierra, mar y aire, ya sean  huida doliente  y urgente, por necesidad, o  escapadas de placer, curiosidad o aburrimiento, ponen de manifiesto una de las grandes paradojas del habitar deshabitado en nuestra época. Y esto se hace  más patente en el verano,  debido a las condiciones climáticas, por un lado y a las vacaciones por otro.

Viajando,  el turista y el migrante escenifican el goce y el dolor de la existencia. La ensoñación o deseo, en el horizonte de ambos,  de un lugar otro,  de una belleza  distinta,  un espacio de acogida en el que romper la rutina del vivir anodino del día a día, en el que cumplir  con el merecido descanso… O un lugar de libertad,  de humanidad,  al amparo de guerras y persecuciones, dejando atrás la miseria, el hambre, el miedo.

Llegan niños a parques temáticos: insólitas aventuras, diversión asegurada,  llegan niños a fronteras prohibidas: aventuras arriesgadas…, tal vez la muerte, la deportación, o  el asiento transitorio, mas enseguida definitivo, en un campo de refugiados.

El turista, especie endémica, tremendamente abusiva, expulsa al habitante,  con frecuencia anciano, del centro histórico de la hermosa ciudad que le vio nacer, lo expulsa en definitiva de su historia entretejida en ese espacio vital. El uso turístico de los pisos hace de la vivienda un  imposible de asumir para el joven, el arrendamiento antiguo del viejo vuelve obsoleto el tranquilo habitar; ni uno ni otro son lucrativos para el propietario que ha descubierto la gallina de los huevos de oro con los pisos turísticos.

El migrante, por su parte,  llega a la ciudad inhóspita y fría, el que llega,  pues tantos han hallado la paz y el fin de su inquietud en el cementerio marino que es hoy el mar mediterráneo. El migrante descalzo y oscuro no se hace querer ni mimar en la bella ciudad que no lo espera, sin reserva,  sin garantía,  sin proyectos de  diversión o consumo.

El habitante ordinario, como el migrante,  es expulsado de su casa,  de su  barrio, de su espacio afectivo. El habitante anciano y solo no hallará donde morir  serenamente. El migrante joven con su familia no encuentra donde vivir con dignidad. El uno y el otro guardan la memoria cordial de lo que fuera su casa,  conservan el recuerdo de un convivir en vecindad que fuera en otro tiempo morada,  hogar habitable. 

Pero ambos se encuentran hoy en los  márgenes sombríos  de sociedades que han perdido su centro,  y en cuya anomia se mueve como un zombi  el habitante deshabitado, viajero sin alma,  ciudadano sin compasión. El rico epulón desde el asiento de sus propiedades y la rentabilidad de sus finanzas apenas se siente habitante de este mundo de lázaros a la puerta de una suerte inmerecida.

Tristemente nos toca hoy recordar la queja del conocido cante flamenco:

Fui piedra y perdí mi centro
y me arrojaron al mar
y a fuerza de mucho tiempo
mi centro vine a encontrar
fui piedra y perdí mi centro
y me arrojaron al mar…

Sagrario Rollán