Recalculando ruta
Cuando era niña y viajábamos en coche me costaba mucho entender que recorriéramos cientos de kilómetros de una autopista con una dirección que, en sentido estricto, no era la nuestra.
— ¿Vamos a Burgos? — preguntaba cuando aparecían los carteles azules de la A1.
— No — me contestaban, sin cambiar de rumbo.
— ¿Entonces por qué vamos por aquí?
— Porque es por aquí hasta que lleguemos al desvío.
— ¿Y por qué no vamos directamente? ¿Te has equivocado y no quieres rectificar?
— No, este es el camino hasta el kilómetro X y, de ahí, continuaremos por…
La explicación –hoy me doy cuenta– era exacta y clara, pero mi cabeza era incapaz de entender el razonamiento. Para mí, si la carretera que utilizábamos tenía una dirección que no coincidía exactamente con la nuestra, entonces es que nos habíamos equivocado de camino.
Últimamente pienso que esa lógica continúa de algún modo presente en mi vida. Me doy cuenta que a lo largo del camino es preciso tomar decisiones en una dirección que no tiene por qué ser la definitiva en sentido estricto y que, sin embargo, son definitivas. No en cuanto a “conclusivas, absolutas, concluyentes” pero sí en cuanto a “decisivas” –marcan la diferencia−. Interpretamos la temporalidad o eventualidad como sinónimo de error, accidente, o circunstancia secundaria que se podría evitar. Y quizá sea precisamente este aspecto el que nos paralice a incorporarnos en un itinerario. Queremos cosas definitivas. Rutas que podamos controlar y prever. Sin embargo, lo circunstancial forma parte irrenunciable del camino hacia nuestro destino definitivo. De tal forma que si solo optamos por lo que nos parece absoluto, permanente y seguro puede que nunca lleguemos a nuestra meta. Y, en otro sentido, al parar en momentos puntuales de nuestra andadura, llegaremos a darnos cuenta de lo decisivo que resultó aquel camino que tomamos sin total convicción o posibilidad de prever. Algunas cosas que emprendimos y que finalmente no resultaron, o duraron poco, pero nos hicieron vislumbrar el desvío que desde la casilla de salida nunca hubiéramos encontrado.
Hablo de direcciones vitales en sentido existencial: actitudes frente a la vida, convicciones personales sobre nuestra misión, maneras de ver las cosas, estilos de proceder, incluso el orden de nuestras prioridades. También me refiero, −al menos a mí me pasa− a interpretaciones sobre lo que creemos que un pasaje de la Palabra de Dios nos está inspirando en una circunstancia concreta. ¿Soy la única a la que un mismo versículo le ha movido en una dirección y, pasado el tiempo, el mismo versículo, en otra? A veces vemos que hay que dar un giro radical, ¿derecha, izquierda?; otras veces es algo más natural y solo debemos tomar una carretera que discurre paralela a la autovía por la que discurríamos. Pero tener que abandonar la vía con la que nos habíamos identificado nos cuestiona internamente, como si nos desdijéramos a nosotros mismos. Nos juzgamos incoherentes, desencaminados o incluso perdidos. Recordamos la nitidez y claridad con que tomamos esa dirección creyendo que era la correcta, y que ahora tenemos que dejar a un lado: ¿significa eso que nos equivocamos? ¿que nunca debimos haber cogido ese rumbo? En un momento dado, con las luces que teníamos y el estado concreto en que nos hallábamos, opinamos o juzgamos la realidad de una manera determinada, ¿significa eso que hasta el final de nuestra existencia debemos de conservar esa dirección? ¿no hacerlo significaría que lo anterior fue erróneo?
Por supuesto, no nos lo planteamos con esa nitidez. La tentación es más sutil y por eso tan eficaz. La indecisión puede hacer que nos pasemos la salida. Y la soberbia, que nos mantengamos en nuestros trece, ¡porque no estábamos equivocados! Y puede que, de hecho, no lo estuviéramos. Pero se nos olvida que la vida no es lineal en ninguno de los casos y el camino espiritual no es una autopista recta y ascendente por la que viajamos. Eso no significa necesariamente que nos hayamos perdido o confundido de ruta. Quizá es más sencillo. Quizá, sencillamente, “era necesario” pasar por ahí. Porque la meta no es lo esencial, sino el trabajo de configuración interno y discreto que todo camino va haciendo en uno mismo, si no nos resistimos.
Pensar que hubiéramos podido llegar hasta donde estamos habiéndonos ahorrado un tramo del recorrido es un engaño absoluto. Es el camino el que nos configura y nos cambia, con la acción del Espíritu. No estamos seguros de poder encontrar ese mismo desvío por otra carretera con otra dirección; de llegar a este mismo hoy a través de otras circunstancias. Pero incluso aunque eso fuera posible, lo que es seguro es que nosotros ya no seríamos los mismos: Puede que encontráramos la misma salida y no nos pareciera la nuestra, puede que no nos interpelara como hoy lo hace o puede que no nos apeteciera cogerla. Nos parece que lo fundamental es la dirección. Pero nos olvidamos que el cómo, el por dónde y el cuándo puede, también, modificar el destino definitivamente.
Sor Teresa Cadarso, OP
