Opinión

Todos tenemos «haters»

Hace unas semanas salía publicada una «Carta abierta a los haters católicos» del sacerdote y religioso jesuita José María Rodríguez Olaizola. Un texto donde el religioso argumenta que ya está bien de aguantar ciertas cosas dentro de esta nuestra Iglesia. Me vino a la memoria leyendo el escrito aquellas sabias palabras cargadas de verdad y libertad de la santa dominica Catalina de Siena: «¡Basta de silencios! ¡Gritad con cien mil lenguas porque, por haber callado, el mundo está podrido!». Pero como era de esperar, en estos tiempos en los que odiar de manera abierta y descarada es el modus operandi en casi todos los estamentos sociales, las reacciones a la carta no tardaron en aparecer. «Haters católicos» -por utilizar la expresión de Olaizola- sirviéndose de pseudónimos se abalanzaron sobre él en las redes sociales como si se recreara, virtualmente, el martirio de Esteban (Cfr. Hch 7,51 – 8,1ª). Un martirio que precisamente se escuchó en la liturgia del día siguiente a la publicación de la carta. Y es que comentarios absolutamente ofensivos, al leerlos, daban la impresión de ser verdaderas pedradas lanzadas con toda la intención de herir, fruto de un cinismo exacerbado. Y cómo no, con toda seguridad más de un Saulo habrá consentido (Cfr. Hch 8,1ª) y dado su nihil obstat a dichas expresiones. ¿Por qué será que desde que el mundo es mundo -como diría mi abuela- existen estructuras que permiten el odio?

Comentando lo ocurrido con una buena amiga, ésta me dijo: «tú también tienes tus haters». He de reconocer que, sinceramente, no me sorprendió ni me cogió de nuevas en tanto que algo sabía de oídas. Y es que -citando una vez más a mi abuela- «siempre hay gente que lleva y trae. Y en ámbitos de iglesia, donde más». Lo extraño, si tienes algún carguillo por insignificante que sea, sería no tenerlos. Y si esto ocurriera, es decir, no tener «haters», habría que preocuparse de manera seria. Porque a decir verdad no es positivo ni sano que a todo el mundo le caigas bien. Así las cosas, con respecto a los «haters católicos», llevo ya un tiempo haciendo lo que en Teología Pastoral denominamos realizar un análisis de la realidad. Y en este análisis -donde he intentado observar de manera atenta pero nunca implicándome sino mirando desde fuera- he descubierto que el «hater católico» no tiene reparo alguno en vociferar, ofender, despreciar, criticar e incluso agredir sin freno verbalmente. Ahora bien, eso sí, nunca te lo va a decir a la cara; jamás lo hará mirándote a los ojos. Cuando te ven pronuncian tu nombre en tono cariñoso y hasta en diminutivo. Es más, se atreven a sonreírte. Pero al darse la vuelta se ocultan tras el velo de los cuchicheos y embustes, dado que saben que es el mejor lugar para cultivar y crear adeptos de un odio que no es fruto de un descuido o por una hipotética necesidad. No. Es un odio ideológico. Y es que el placer de odiar y despreciar libre y gratuitamente se ha normalizado y convertido en costumbre también -volviendo a citar a mi abuela- en «la gente de Iglesia». Aunque sabemos perfectamente que la cosa comenzó hace bastante tiempo. Sí, en el Calvario. Así pues, como dice el Eclesiastés, «nada nuevo bajo el sol» (1,9).

Siguiendo con mi análisis de la realidad, éste me llevó al que podría ser el origen de los «haters católicos». No es que esté seguro al cien por cien de lo que digo y no es el único motivo, claro está. Pero cada vez que se ocupa una sede que estaba vacante -y no hablo solo de la de Roma- da comienzo una operación en la que se activan todos los radares para ver por dónde va el sustituto. Y aquí está el meollo de la cuestión. El nuevo ocupante de la sede es visto solo como eso: un sustituto. El sitio que ocupa no es suyo porque sigue siendo, para muchas mentes, del anterior. Ahora bien, si hay continuidad en sus dichos y hechos no surge problema alguno; más bien, al contrario. Todo sigue su curso normal y recibirá por ello abundantes presentes, porque ha cambiado todo… para que todo siga igual. Pero como se le ocurra mostrar mínimamente que pretende enriquecer desde la diferencia o que osa intentar aportar algo distinto, que se prepare. Porque todo un ejército de «haters católicos» -que en realidad son creyentes incrédulos- como si fueran hienas hambrientas harán todo lo posible de manera verbal para que desaparezca. El problema de todo esto, como ocurre siempre en este nuestro mundillo eclesial, es la falta de formación. Y es que nos hemos conformado con una teología happy flowers que lo único que aporta son vagas afirmaciones sobre la bondad y los valores. Y junto a esto, mal entender la expresión estar al servicio. Porque no es cierto que «estar al servicio de» signifique «satisfacer las necesidades de» o «adaptarse a». No. En definitiva, que el vicio de la acedia campa a sus anchas por las supuestas comunidades de fe. Y esto humanamente creo que es muy difícil -aunque no imposible- de erradicar.

José María Rodríguez Olaizola publicó en una de sus redes sociales -después de recibir y aguantar tanto odio y desprecio- lo siguiente: «A veces necesitas poner el piloto automático, porque hay que llegar a destino pero hay que administrar las fuerzas, la atención y hasta las ganas». Y no le falta razón. Porque a los desprecios no se sabe muy bien cómo se les puede hacer frente, por lo indefenso y paralizado que dejan a quien los sufre. Además de que experimentar el odio en primera persona deja sin palabras, trastorna, desorienta y hace que se pierda confianza e incluso puede que hasta la vocación. Por ello, ante ciertas personas y situaciones hay que ponerse en «modo pandemia», por lo letales que son. Me explico un poco mejor. Lo que quiero decir es que ante ciertas personas y situaciones lo sabio sería guardar la tan necesaria distancia de seguridad. ¿Para qué? Pues para algo tan vital como es conservar la salud: tanto la física como la espiritual.

Fr. Ángel Fariña, OP