Solo por hoy
Uno de los primeros rasgos que aprendí del carisma dominicano fue aquello del sistema de gobierno democrático. Crecí en una familia donde se aprendía discutiendo alrededor de una enorme mesa en la cocina en la que participaban personas de todo clase y condición. Así que me entusiasmó la idea de formar parte de una familia carismática donde se pudiera seguir aprendiendo y discerniendo con el noble y delicado arte de la discusión en el que me había criado. Era joven, entusiasta e ingenua, y, aunque no era demasiado amiga de las reuniones, creía que merecía la pena el esfuerzo. Con el tiempo me di cuenta que la palabra discusión se entendía, la mayor parte de las veces, con connotaciones negativas: más como sinónimo de enfado que como ejercicio de intercambio de ideas. Y, en ese sentido, había que evitar la discusión. A ello se fue sumando la constatación de ausencia de progresos concretos como resultado de dichos intercambios que ni siquiera quedaban en “papel mojado”. Por lo que, para no sufrir la decepción por la falta de acuerdo entre lo que se había hablado y lo que sucedía, terminé amparándome en aquello de “ojos que no ven, corazón que no siente”. Y preferí que me lo dieran todo hecho sin preguntar mi opinión.
Este fin de semana fuimos convocadas en Madrid las monjas dominicas menores de 65 años de las cuatro Federaciones que actualmente tienen presencia en el territorio español. Era el primer encuentro de estas características después de muchos años, con una pandemia de por medio. El carácter de la convocatoria era fraterno. Entorno a la reflexión sobre la virtud de la Esperanza no había más pretensión que conocernos, convivir brevemente y poder dialogar sobre la realidad que cada una vivía en sus respectivas comunidades. Sin ánimo ni intención ni posibilidad de decidir nada. Y eso fue, en mi experiencia, lo que hizo de este encuentro algo fructífero y eficaz en sí mismo.
«El futuro de la vida religiosa no son los jóvenes, sino Jesucristo» le había leído a un monje hacía ya tiempo. Y esta frase resonaba en mi interior mientras el tren se aproximaba a la estación de Chamartín. No sería la juventud de las participantes lo que diera esperanza a las monjas dominicas en España, sino nuestra unión con Jesucristo y la profundidad y solidez de nuestra espiritualidad. La vida me lo había demostrado de forma muy intensa en los meses pasados en los que mi futuro se había puesto en cuestión y había aprendido a relativizar mi juventud. Así, en la enfermedad había comprobado la certeza de esa afirmación. Pues sólo en la medida en que mi vida estuviera cimentada en Cristo podía tener Esperanza. De la noche a la mañana había desaparecido la proyección de un futuro mejor que pudiera llenar de sentido el presente. Por lo que aprendí a intercambiar el orden de los factores. La vida consistía en llenar el presente de sentido para que el futuro –el que fuera- estuviera cargado de Esperanza. La existencia había dejado de consistir en una carrera, conquista o aspiración hacia algo venidero para convertirse en un paseo acompañada por una Presencia. Donde el fin no es llegar a una meta concreta o lograr unos frutos, sino disfrutar de cada paso, del paisaje y la compañía.
Y creo que esa clave lo cambia todo. Incluso el diálogo o las reuniones aparentemente infructuosas. Me doy cuenta que medía el intercambio en función de los resultados, como si el fin justificara los medios. Cuando en realidad es un engaño perderse el presente por un futuro que nunca sabemos si llegará. Reunirse, hablar, discutir y fracasar tiene sentido en sí mismo. Es una mentira pensar que mi vivencia personal de la democracia dominicana –la sinodalidad, o como se quiera llamar– tiene como fin el lograr influir sobre el grupo. ¡Es exactamente al contrario! La comunidad, los hermanos, y el ejercicio mismo del diálogo con el otro nos configuran a nosotros, nos afectan, nos enseñan, nos influyen, nos abren la mente, nos rompen prejuicios, y nos hacen tocar tierra. Da igual si aquello que dijiste un día nunca se puso en práctica. No importa si nadie se acuerda de lo que sugeriste o incluso si te etiquetaron por mostrarte a favor o en contra de algo impopular. El diálogo no es solo un medio. Y participar en él no es algo que tenga sentido solo en función del futuro. No son los frutos los que dan sentido a las raíces. La raíz tiene que seguir absorbiendo los nutrientes y dando vida al árbol, independientemente de la posibilidad de una granizada, por ejemplo, que tira al suelo las flores y frustra la posibilidad de los frutos.
«Lo más importante entre todo esto es considerar como no esencial que alguien note nuestra presencia. Existe asimismo una fecundidad espiritual, es cierto, pero la finalidad de nuestra opción es experimentar y cargar con un “vacío” ofrecido a la vida como espacio de posibilidad, que no se identifica con nuestra planificación y nuestros proyectos. Estamos llamados a vivir la entrega hasta el fondo aun cuando no tengamos ninguna perspectiva de fecundidad ni de futuro. No somos nosotros los que decidimos el tipo de fruto que podemos dar. Hay estaciones en que se da el ciento, otras el sesenta, otras el treinta, a veces incluso nada. Lo que importa, en realidad, no es el fruto que se da, sino la disponibilidad extrema a ser semilla que muere en el terreno» (Michael Davide, No perfectos pero sí felices).
Sor Teresa Cadarso, OP
