Cuestión de principios
Entre mis lecturas de tipo más espiritual me gusta intercalar de vez en cuando alguna obra de literatura “profana”. Este año quería leer algo de Orwell y cayó en mis manos Que no muera la aspidistra. A medida que fui entrando en la personalidad del protagonista que con tanta riqueza y profundidad describe el autor, me fui enfadando más con él. Le iba cogiendo cierta simpatía, al ritmo que iba conociendo los motivos de su forma de actuar, pero en la misma proporción en que veía cómo destrozaba su vida, iba en aumento mi indignación con él.
El protagonista es un hombre que decide vivir, con todas sus consecuencias y hasta el extremo, la coherencia con sus principios (político-económicos, en este caso anticapitalistas). En el momento álgido de la trama su amante explota con impotencia y protesta con su mejor amigo:
«—¡Es tan doloroso verle así! Se está destruyendo cuando, con solo pedirlo, podría conseguir un buen trabajo, un trabajo de verdad. No es que no pueda acceder a un trabajo, es que no quiere.
—Sí, de hecho, ya lo sabía. Hablamos de ello cuando abandonó la empresa.
—Pero no creerá que hizo bien, ¿verdad?
—Bueno, admito que no fue una decisión inteligente. Pero tengo que reconocer que la postura de Gordon no carece de fundamento. Él considera que el capitalismo corrompe y que debemos mantenernos alejados de sus garras, lo cual hasta cierto punto es verdad, aunque no sea viable.
—Desde luego, como teoría es perfecta. Pero cuando se carece de trabajo y se puede conseguir uno con tan solo solicitarlo, ¿no le parece un error rechazarlo?
—Por supuesto, es un error si nos atenemos al sentido común. Pero si nos atenemos a nuestros principios, no me parece tan descabellado.
—¡Claro, los principios! La gente como nosotros no puede permitirse el lujo de tener principios, y eso es algo que Gordon no logra entender».
Quisiera ser alguien que caminara en la vida según unos principios y aspiro a vivir con algo de coherencia entre lo que valoro y lo que vivo. Pero también debo reconocer que en algunos momentos me ha pesado tener principios y he tenido la tentación de renunciar a ellos por ahorrarme algo de sufrimiento. Por ejemplo, ser fiel al “no mentirás”, con todas sus consecuencias, cuando te tienes que defender, o cuando debes proteger la confianza e intimidad de alguien querido (sin revelar datos privados que te darían la razón), puede suponer un verdadero dilema. Y discutir con alguien que no comparte esa misma base contigo –que miente sin demasiado escrúpulo y no busca la verdad sino defender su propio interés– te sitúa en clara desventaja. Según el día, por conseguir el cariño y la aceptación de alguien que no me entiende, me gustaría poder decir con Groucho Marx aquello de «estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros».
«Los principios están muy bien, siempre que no haya que ponerlos en práctica», se puede leer en la contraportada del libro y todavía me pregunto si el problema del tal Gordon –y quizá el mío– era tener principios o tenerlos mal ajustados a la realidad. Y, por tanto, si es mejor no tener ningún principio que tener uno malo. Peor aún, me hace cuestionarme si el hecho de que nuestros principios sean irrealizables signifique que sean erróneos. Es decir, ¿es incompatible ser realista y hombre de principios? ¿los principios no son –por definición– inalcanzables en su plenitud?
Más que intentar responder o conciliar cuestiones que superan mi capacidad, he pensado a lo largo de estas semanas que lo complicado de este asunto está en aceptar convivir con nuestra propia mediocridad. Aceptar la contradicción entre nuestra aspiración a grandes ideales y nuestra incapacidad por alcanzarlos.
La tentación es dejar de soñar. Renunciar a nuestros principios alegando un poco de madurez. Porque es frustrante no llegar a la meta. Quizá vale más no intentarlo, no pasar de la casilla de salida. Nos atrae pintarnos un paisaje bonito pero artificial en el que nuestras aspiraciones coincidan con nuestra capacidad de lograrlas. Y a todo eso aplicaremos el calificativo de “realista”. Para todo lo que exceda esa línea roja de lo “real” emplearemos dos fórmulas: culpar a los demás por impedirnos alcanzar lo anhelado. O, por el contrario, renunciar a nuestros anhelos y engañarnos creyendo que no necesitamos ni deseamos más de lo que hay y somos. Lo que se resume en vivir amargados o resignados.
Sin embargo, sospecho que la clave –y lo difícil– está en convivir con ese punto de decepción sin abandonar nuestros principios. Sería más acertado –y más doloroso para nuestra soberbia, que prefiere engañarse– reconocer las limitaciones –de las circunstancias y de uno mismo– antes que bajar el listón de aquello a lo que aspiramos. Aceptar que no llegamos antes que ajustar el mundo o la fe a nuestra medida. Seguir tratando de vivir la radicalidad del Evangelio sabiendo que nuestra condición es sumamente limitada. Reconocer que los creyentes somos pecadores sin mundanizar nuestras comunidades ni nuestra fe para disimular nuestro fracaso.
Es verdad, puede que esté soñando. «Pero –como dijo el genial C.S. Lewis– saber que uno está soñando es no estar ya completamente dormido».
Sor Teresa Cadarso, OP
