Opinión

Precisamente por ti

Estas navidades me ha tocado ir todos los días al hospital. Adornos de toda clase y color cuelgan por pasillos y rincones. Estrellas, angelitos y muñecos de nieve al lado de los carteles indicativos de “TAC”, “quirófano”, etc. Los pacientes esperan su turno con los móviles en las manos, como ya es habitual, pero si alguno no lleva cascos, se oyen villancicos y músicas características de este tiempo. Las conversaciones entre las enfermeras aclaran los turnos para estos días señalados y los enfermos deciden el menú y hacen la lista de la compra mientras esperan junto a sus acompañantes a que la pantalla les llame. Observo la escena y detrás de todo esto que puede parecer un poco superficial, veo rostros cansados, preocupados, doloridos, algunos muy enfermos. Hay sonrisas tan pálidas que parecen una despedida, y miradas tan hundidas que hablan de muerte más que de Vida que nace. En mi cabeza escucho la voz de José Luis Perales cantando aquello de: Noches blancas de hospital, dejad el llanto esta noche, que el Niño está por llegar.

Recuerdo unas navidades de niña. Los pajes de Sus Majestades habían avisado que aquel año los Reyes Magos no podrían dejar regalos en nuestra casa, así que no había ni escrito la carta. ¿Para qué soñar? Aquellas fueron las navidades más tristes de mi vida, aunque, por supuesto, nunca lo admití. No era la ausencia de regalos lo que provocaba la tristeza, sino el ambiente desilusionado donde no había lugar para posibilidades, sorpresas, regalos y sueños por cumplir.

Caminante, caminante, deja tu alforja llenar. Caminante, caminante, porque llegó Navidad

Era 25 de diciembre de 2011 y llevaba mi comida de Navidad en un tupperware camino del hospital. Había preparado con detalle las que serían mis últimas navidades antes de ingresar en clausura. Unos días que debían ser familiares por partida doble, cargados de ilusión y nostalgia y que se habían truncado imprevisiblemente. Me disponía a celebrar con mi madre, ingresada, la que sería mi “última Navidad en el mundo”.

Y extasiada ante el Cristo que nace una madre reza por el hijo que, fuera de casa, sentirá tristeza. Y los ojos del hijo esa noche, llorarán con ella.

Viene a mi memoria Rodrigo. Un cliente habitual de nuestras pastas. Lo único que sabía de él era que se trataba de un hombre emprendedor y suficientemente exitoso en su negocio. Siempre había sido muy educado conmigo y daba una agradable conversación que denotaba cultura. Físicamente era tan grande y alto que sobrepasaba la ventanilla por donde despachaba los dulces. Para verle la cara tenía que asomarme al pequeño recuadro. Estábamos en Navidad así que aquel día le di el cambio acompañado de un “¡Feliz Navidad!” que él respondió sin demasiado entusiasmo. Dudó al darse la vuelta para salir y, en lugar de abrir la puerta se hizo el silencio: ¿Sabes? Me dais envidia… En mí había una mezcla de sorpresa y compasión. –continuó–. Me dais envidia… Vosotras, juntas, en comunidad, celebrando estos días, tiene que ser muy bonito. Pasar la Navidad solos es lo más triste que hay. Yo no tengo a nadie. Solo quiero que pasen rápido estos días.

Caminante sin hogar, ven a mi casa esta noche, que mañana Dios dirá.

Tengo la sensación que estas navidades no serán “como deberían”. Disimuladamente se me cuela un pensamiento un tanto resignado: habrá que pasarlas. Como si las circunstancias adversas fueran incompatibles con la celebración de Navidad. Pienso en todos ellos: los enfermos, los que les cuidan, los que viven en la pobreza, y quienes no tienen ilusión; quienes están desesperados o viven en soledad; quienes lloran las ausencias o se hallan en división; familias rotas y niños heridos; corazones sin paz y casas en guerra. ¿Será que este año no es Navidad para nosotros? ¿Será que este año “no nos toca” celebrar? ¿La Navidad es solo para los felices, los satisfechos, los que se sienten queridos y llenos de ilusiones?

Pienso que no. Que precisamente para ellos –para nosotros– vino Dios a nacer en carne mortal. Vino a compartir nuestras miserias, fríos, soledades y enfermedades. Dichosos los que lloran, dichosos los pobres, los que tienen hambre y sed de justicia, los perseguidos, los mansos, los misericordiosos, los limpios de corazón, dichosos los que buscan la paz… Dios vino a nacer en un portal precisamente para ellos, para nosotros, para ti:

«Despiértate: Dios se ha hecho hombre por ti. “Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz”. Por ti precisamente, Dios se ha hecho hombre. Hubieses muerto para siempre, si él no hubiera nacido en el tiempo. Nunca te hubieses visto libre de la carne del pecado, si él no hubiera aceptado la semejanza de la carne de pecado. Una inacabable miseria se hubiera apoderado de ti, si no se hubiera llevado a cabo esta misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si él no hubiera venido al encuentro de tu muerte. Te hubieras derrumbado, si él no te hubiera ayudado. Hubieras perecido, si él no hubiera venido». (San Agustín)

Tú que escuchas mi mensaje, haz en tu casa un altar. Deja el odio y ven conmigo, porque llegó Navidad.

Sor Teresa Cadarso, OP