Religión

VIA CRUCIS LA LLAMA. Sexta Estación.

La Verónica limpia el rostro de Jesús

Imagen: Vero-Ikonos. Sexta estación del Via Crucis. Fray Félix Hernández, OP. www.felixhernandez.com

“¡Tu rostro buscaré Señor, no me escondas tu rostro!” Salmo 27, 8-9

Y ahora esa mujer anónima que se cruza en el camino del Calvario, que tal vez está a punto de tropezar con la cruz entre las multitudes histéricas, que se abre paso entre el griterío y las lágrimas, entre caída y caída. Ella despejando un espacio de luz, una mirada de amor -el amor a ti debido-, ante el rostro del Señor. Pero ¿qué señor?, es un condenado, no hay hermosura que atraiga las miradas, ni belleza que agrade. Despreciado, desecho de los hombres, varón de dolores, conocedor de todos los quebrantos, ante quien se vuelve el rostro, menospreciado, estimado en nada.

Descompuesto, abofeteado, condenado, el rostro rayado de improperios y vergüenza:  No oculté el rostro a insultos y salivazos, pero entonces ella se detiene, ella ha escuchado en el corazón la invitación del salmista: tu rostro buscaré, no me escondas tu rostro. Ella, que la tradición recuerda y venera como Verónica, y que representa el culto al verdadero icono, aunque ella fuera entonces una de tantas, de tantas mujeres que acompañaban llorando y sufriendo en sus entrañas de madres jóvenes o ancianas el sufrimiento del hijo despreciado, encarcelado, derrotado en las calles, devorado por el mar. El hijo ¿de Dios?, ¿del mundo? ¿del hombre? Porque el hijo del hombre había de sufrir, pero no pensemos que esas mujeres que seguían a Jesús en el camino andaban leyendo las Escrituras y haciendo teología, bastante ocupadas estarían en sus hijos y en sus familias, lazos y abrazos de ternura y amor materno, de sufriente éxtasis enamorado. Así se rinde esta mujer y se arrodilla ante Jesús y le enjuga el rostro con un paño.

Y en ese paño, en su sangre impresa, en el abrazo en medio de tanta amargura, ha quedado desde entonces para nosotros la memoria y la devoción por el Rostro Santo… El mismo rostro ocultado hoy, marginado y borrado de las calles y las plazas públicas, de los noticiarios, de las campañas políticas. De nuevo el acercamiento al rostro tendría que pasar por la atención callada al salmo, por superar la repugnancia  al dolor y vencer prejuicios, para ver en los invisibles e innombrables los ojos del Cristo  iluminados por la compasión de Verónica, por el éxtasis de Juan de la Cruz ante la fuente,  ¡los ojos deseados que tengo en mis entrañas dibujados!,   por la profunda devoción de Teresa de Jesús al Cristo humanado: Puede representarse delante de Cristo y acostumbrarse e enamorarse mucho de su sagrada Humanidad y traerle siempre consigo y hablar con él … Entonces escuchamos: lo que hicisteis a uno de estos, a mi me lo hicisteis.

Sagrario Rollán