No te deleites en los deseos
Creo que de todos es conocida la película de Disney «Aladdín» (Guy Ritchie, 2019). En dicha película un genio al que han hecho salir de una lámpara mágica concede tres deseos a un joven muchacho que se dedica a robar o engañar a la gente para poder sobrevivir, soñando con ser algún día alguien importante. No es mi intención hacer spoiler o destripar la trama para aquellos que no la hayan visto, lejos de mí tal intención. Pero en la película se cumple un deseo, el mayor quizá, y no es por medio del genio: el joven muchacho consigue, por sus propias fuerzas, conquistar y enamorar a la bella princesa.
En cuestión de deseos, o dicho de otra forma, cuando hacemos referencia al desear puede que lo asociemos con la angustia, la insatisfacción o incluso con la frustración. Y esto puede ser porque nada nos colma nunca de forma plena, ningún logro es suficiente y nuestros éxitos no son bastantes. ¿Será que somos insatisfechos por naturaleza? ¿Será que la vida es un constante deseo de desear? ¿O será, más bien, que los deseos no se sacian sino que se intensifican? Sea como fuere, ese «mundo ideal» que soñamos todos y cada uno de nosotros, cual joven Aladdín, se esfuma, se escapa y nos hace presa de algo que podríamos denominar «hambre infinita». Y es que puede que no nos demos cuenta pero por muchos besos que demos a lo largo de nuestra existencia, por muchos abrazos que sintamos en nuestro vivir, ninguno, jamás, va a conseguir agotar el deseo de besar ni el de sentir ser abrazados. Ahora bien, no pretendo presentar una visión pesimista y negativa del desear que nos pueda llevar a la depresión o a un estado de ansiedad. Porque el deseo es ese «lugar» en el que adquirimos la fuerza necesaria que nos estimula para poder ejercitar nuestro ser. Y aunque no todo lo deseado puede que nos convenga -esto daría para otro texto- la realidad que hay detrás de los deseos es que tienen el poder de llevar a la praxis ese «nosotros mismos» y no el que los otros quieren que seamos. Ese que echa por tierra, frustra, destruye y elimina ese mundo ideal en el que podríamos haber sido plenos cuasi en su totalidad. Porque si de algo hablan los deseos, si algo posee el hecho de desear es la libertad necesaria para poder construirnos como personas.
Cuando deseamos nos estamos auto-invitando a salir de nosotros mismos, a ponernos en contacto con lo otro y, así, experimentar no solo nuestros límites sino también todas nuestras posibilidades de ser. Porque el deseo nos lanza al mundo. Ahora bien, es cierto que puede dejarnos a la intemperie expuestos a la angustia y a no pocos sinsabores pero, de igual manera, también a la ilusión de un futuro -no necesariamente lejano- preñado de esperanza. Y es que la lógica de los deseos es así, extraña; pero dentro de su extrañeza, se trata de una lógica abierta a la posible construcción de un mundo más bueno. O dicho con el título de la película citada, «un mundo ideal». Porque el deseo abre nuestra mente y nuestro corazón para que podamos hacer fecundas nuestras desolaciones. Por ello, mientras hay deseo hay movimiento, esfuerzo y creatividad. Es más, se produce una tensión hacia todo aquello que vemos como oportunidad de crecimiento, como ocasión idónea para acariciar la felicidad. Tensión que tarde o temprano se ve recompensada en tanto que no se agota en una espera pasiva, sino, más bien, urge al compromiso con los posibles destellos que puedan surgir de las no pocas incertidumbres que invaden nuestra existencia. Porque si vemos una luz al final de un camino oscuro, no quedamos quietos esperando a que nos alcance. Al contrario, se reacciona y se echa a correr para intentar lograr alcanzar la deseada claridad.
Así las cosas, si pensamos la cuestión del desear de manera detenida y con la debida seriad, se podría decir que el deseo mira de forma atenta al futuro porque lo encuentra abierto a toda posibilidad. No significa esto la negación del aquí y ahora haciendo del presente un prólogo de lo que está por venir, o la conclusión de lo ocurrido hasta ese momento. No. Se trata, más bien, de ver oportunidades donde solo se ven necesidades y ser capaces de reconocer que nada está perdido de manera total. Porque -sin querer dar la impresión de ser iluso o «romántico»- no estaría mal desear que lo que habita en las profundidades de nuestros deseos, puede llegar a ser posible. Y es que cuando surge en cada uno de nosotros el desear y ese deseo posee la suficiente fuerza como para asumir todos los riesgos de nuestro propio ser, ello significa que estamos preparados para ennoblecer la vida de la que somos portadores. Sí, porque lo que ocurre en esa situación es que nos interrogamos y reflexionamos; nos llenamos de dudas y elaboramos en nuestro interior una experiencia que pretende correr el riesgo de superar esquemas y circuitos repetidos de forma cansina. ¿Qué nos está impidiendo alzar las manos y desear alcanzar la gloria? ¿Qué nos está impidiendo desear y soñar juntos un futuro mejor? ¿Quién se atreve a decir que nuestros deseos de hoy no anticipan la plenitud que tendremos mañana?
Sin deseos el futuro está muerto. Por ello me resisto a pensar que «nuestro mundo ideal» -ese en el que cada uno sueña y anhela poder decidir cómo vivir sin que nadie lo impida- es mera ilusión irrealizable o no puede llegar a ser. Aladdín experimentó que sí es posible ese mundo, pero que no reside en los deseos ni en genios ni en lámparas mágicas. Porque el secreto de un mundo ideal quizá se asienta en aquello que nos dijera en su día Tomás de Aquino: «Para que uno se deleite, no se requiere que consiga todo lo que desea, sino que se deleite en cada una de las cosas que consigue» (ST, I-II, q. 30, a.4).
Fr. Ángel Fariña, OP
