Reescribir la historia
Hace algunos años me regalaron por navidad un nuevo libro que acababa de publicar J.K. Rowling y que era, en realidad, una obra de teatro. Harry Potter y el legado maldito completaba de algún modo la famosa saga con una octava entrega protagonizada, esta vez, por los hijos de los famosos Harry, Ron y Hermione. “Para que recuerdes siempre tu mágica infancia” ponía la dedicatoria.
Confieso que después de tantos años alejada de ese mundo, el regalo me hizo ilusión, pero durante meses durmió en mi estantería pensando qué sentido tenía leer una cosa así en mis nuevas circunstancias y perder tiempo en literatura fantástica. Un día de nostalgia lo abrí y me sumergí de nuevo entre sus páginas. Y tenían razón: cada referencia a los anteriores libros me hacía volver en el tiempo. Recordaba cuándo había leído esas historias, cuál era mi situación entonces y hasta la música que sonaba de fondo mientras lo leía. ¡Menudo viaje al pasado!
Y viajar al pasado era lo que quería el protagonista de esta nueva entrega que había caído en mis manos: Albus, hijo adolescente de Harry Potter, cree que retrocediendo en la historia y modificando un mínimo detalle, el presente –su presente, que no le gusta– podría ser mejor. Por supuesto las cosas no son tan simples y, aunque el muchacho tiene buena intención, le sale el tiro por la culata, y queda atrapado en el pasado.
Por suerte cuenta con su padre, el mago más famoso de la literatura juvenil, que retrocede en el tiempo para rescatar a su hijo. Y en el momento álgido de la obra, al Harry adulto y convertido en padre le toca presenciar el capítulo más duro de su vida, el que desencadenó todo: el asesinato de sus padres. Y lo más duro de todo: no mover un dedo por evitarlo. “Voldemort va a matar a mis padres y no puedo hacer nada para impedirlo” confiesa. “Sí que podrías hacer algo. Pero no lo harás”, le dice Albus, que ha aprendido la lección. Que cambiar una sola coma de la historia tiene consecuencias imprevisibles para el futuro que será un día nuestro presente.
A estas alturas del post, la gente seria ya me habrá dejado de leer. Y los frikis del Niño que sobrevivió además de tolerarme el spolier, tendrán ahora que permitirme una interpretación un poco libre de este asunto…
Nos acercamos a fin de año y –me pasa casi todos los años- procuro no mirar ni pensar en la larga lista de proyectos e ideas que tenía cuando comenzó, y que a estas alturas –que no he cumplido ni un tercio- siento que me avergüenza o me acusa. Es posible que, en comparación con lo que habíamos proyectado o deseado, nos parezca que lo sucedido en este año no es tan bueno como debiera. Supongo que no soy la única a la que le pase. Cuando toca cerrar una etapa (un año, en este caso), lo que ya forma parte del pasado puede obsesionarnos, desilusionarnos, hacernos sentir frustrados porque nos parece que podía haber sido mejor. El malo de la peli puede incluso tentarnos con la idea absurda de creer que, si solo hubiera dependido de nosotros, lo hubiéramos hecho cien mil veces mejor. La culpa la tienen las circunstancias, los demás, o incluso nosotros mismos… pero, en cualquier caso, da la impresión que la clave está siempre en el pasado. Que si pudiéramos cambiar tan solo una cosa…
Toca despedir el 2022 y vuelve a aparecer la tentación de quedarnos encerrados, paralizados, renegando de lo que pudo haber sido y no fue y desperdiciando lo que es y lo que somos en este instante.
Cada 31 de diciembre las monjas pasamos el día de retiro. Es una jornada de oración y silencio. Es nuestra forma de despedir el año y prepararnos a dar la bienvenida al nuevo con el Te Deum que cantaremos justo mientras suenan las 12 campanadas y España se atraganta con las uvas. En mi opinión, tiene todo el sentido del mundo. Supone parar un momento, un día, y mirar de nuevo los acontecimientos, la vorágine de los últimos doces meses con una perspectiva un poco más amplia que simplemente la de destripar los hechos y analizarlos. Porque al mismo tiempo que se repasa lo vivido, la Palabra de Dios y el sentido de la fe nos va revelando una razón nueva de la historia; nos manifiesta y nos hace experimentar el amor de Dios que conduce y guía nuestras vidas con todo lo que en ellas acontece. Ya no es solo mirar el pasado, sino captar en él las huellas discretas y a veces confusas y dolorosas donde Dios va haciéndose presente en nuestra historia concreta.
No creo que fuera la idea que tuviera en la cabeza la exitosa escritora cuando publicó esta octava entrega de Harry Potter. Pero, quizá, hacer un retiro el 31 de diciembre sea para nosotras como ese volver a las escenas que nos han configurado este año, que nos han marcado, las buenas y las malas. Volver a ellas con la perspectiva nueva del amor de Dios, que es más grande que nuestros errores y miserias, y decir como Harry: incluso aunque pudiera cambiarlo, no lo haría. Porque ahora sé que hay razones más poderosas que mi sola razón. Y dejar a Dios ser Dios.
Por eso tengo una manía o ritual que me gusta cumplir fielmente cada fin de año. Después de tachar con una x el último día en un pequeño calendario que me acompaña durante estos meses… lo meto entre las páginas de mi Biblia dando gracias a Dios. Porque ahora ya sé que esa Historia de Salvación –con mayúsculas- que narra la Sagrada Escritura, continúa de alguna forma y se hace concreta para mí en esta historia –con minúscula- que es mi día a día, mi biografía. Celebrar que Dios se ha hecho hombre es confesar que ha entrado en la Historia, y que nuestras historias son el lugar donde quiere seguir encarnándose –hacerse presente-, si le dejamos.
Con esta certeza uno puede descansar, agradecer y confiar sin quedar atrapado en su pasado. Descansar los capítulos más dolorosos en la confianza de que todo contribuye al bien de los que aman a Dios. Agradecer los momentos más felices de este año al ritmo de aquel: el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Y abrazar el futuro en el que no nos dejará pues hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis; valéis más que muchos pajarillos.
¡Bienaventurado 2022, con todo lo que Dios ha permitido!
¡Bienvenido 2023, con lo que sea que nos vaya a acontecer…!
Sor Teresa Cadarso, OP
