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Especial Semana Santa: Sábado Santo. La Cruz. (Sin) Sentido del Sufrimiento. III

“Y nosotros no veíamos que todo gravitaba alrededor del Cristo,

Oh noche de todas las noches del alma”

Patrice de la Tour du Pin

La Cruz era el sentido del sufrimiento, volviendo a la primera entrega (La pregunta), que publicamos aquí hace dos meses. La ciencia de la cruz se aprende en la escuela de la vida, una vida probada como la de Edith Stein, que en la cruz veía el resplandor de la gracia. El sentido del sufrimiento se nos oculta estos días entre el despuntar de la primavera, el disfrute de las vacaciones y la algarabía fácil de las procesiones. A pesar de todo la cruz se alza como árbol fecundo de fulgurante ardor, árbol de luz que proyecta su sombra sutil sobre la vida encarnada. Encarnación continuada desde el árbol de Adán, cuya soberbia y extravío expatriaron al género humano del paraíso.  El misterio del pecado, de la muerte y de la salvación se nos revela así en toda su fuerza en esta paradójica explosión de gracia. Reluce el turismo de exposiciones, visitas a catedrales, escenas con figuras que se tallaron quizá con gran devoción y procesionan hoy entre gentes que buscan un momento de asueto, de belleza tal vez…, mas enseguida caen en el olvido, o se desdibujan entre los likes de las redes cuando alguien muestra sobre la pantalla del móvil otro cristo en un alarde de fervor popular más vistoso que el nuestro.

Entretanto la verdadera procesión va por dentro, como vacío, desengaño, falta de fe, tal vez inercia, o dolorosa queja por esta cruz que a cada uno personalmente le tocara cargar: un duelo, una enfermedad, un accidente fatal, despido del trabajo, abandono de la pareja o de la familia, la escuela de la vida; pareciera que, en efecto, la letra con sangre entra.

Y el hermoso crucificado es trasladado de aquí para allá, sacado de la humedad sombría de los claustros al sol de los tilos y ciruelos en flor, al misterioso titilar de los faroles nocturnos. Victoria tú reinarás, ¡Oh Cruz tú nos salvarás!, se canta, se musita y se recuerda cada vez en la liturgia del Viernes Santo.  Un canto que resuena más adentro que la superficial emoción de desfiles y aplausos al son de tambores. Porque la cruz es seguramente otra cosa, hay otro sentido más hondo y difícil, esa otra cruz, la que nos duele a cada uno.  La cruz que todos llevamos, la de la procesión va por dentro o hay que ver qué calvario.

La cruz que ofende la mirada contra la pulcritud de lo correcto: un hombre desnudo, colgado y abierto en canal, que abraza, sin embargo, el mundo. La cruz, el leño que nos pesa, a cada uno en la intimidad de su pobre vida espiritual, desnutrida e indiferente quizá desde la primera comunión. Tú y yo, Cirineo o crucificado, mujer que se lamenta al paso de ese pobre infeliz, mujer piadosa; puede ser también la cruz del camino, ¡oh Verónica,  velo de transparencia insólita! suave como la sangre que late, en ese rostro abofeteado, o  acristalado e hiriente como las lágrimas de la madre, también callada. Reguero de llagas y de espinas cual espléndido rosal en esa joven espalda azotada, y no abría la boca, como cordero llevado al matadero.

La cruz puede ser la derrota del templo derribado, nunca más reconstruido, ideologías rotas, el fin de modos de vida y de rituales obsoletos que ardieron como jaimas en el desierto de la increencia, mientras unos y otros se rasgaban las vestiduras.

La cruz del criminal visitado, en el sentido más santo y estricto de visitación sagrada, acogido en el dolor compartido, perdón y misericordia en la víspera de compartir el paraíso de los últimos, el criminal despreciado por el que no depone su soberbia,  redimido antes de exhalar el último suspiro. 

En todo caso la cruz, en la tiniebla de la solitaria noche, o en el ardor insultante del camino de pasión (Via crucis) es el punto de fuga de la Encarnación. Pues ha de ser la Encarnación continuada el flujo doliente de la Palabra hecha carne de cañón, carne invisible sobre las sucias aceras de las ciudades soberbias y engreídas, carne de despojo, carne silenciosa o más bien muda,  angustiada, recogida en sí misma  en la orilla oscura de las piedras valladas para que procesione el  santo cristo,  o resuene el Stabat Mater. Paradoja o mala fe, miramos para otro lado y negamos, como Pedro:  pero si esto no va conmigo. La Encarnación continuada, aquí y allá, flujo doliente de la palabra en carne viva, hecha llaga…

Por eso los cristianos adoramos el árbol en que estuvo clavada la salvación del mundo. Canto del siervo de Yahvé, pobre ángel despojado de alas y plumas, no la vanidad sino la humildad extrema (Filipenses 2) No el alzar triunfante de estandartes de oro, marchas militares o bendiciones catedralicias, sacerdotes o autoridades soberbiamente posando para los medios. Adoramos y deseamos encarnar algo mucho más sutil y más real. Se trata, como señalara Benedicto XVI, de la fisión nuclear llevada a lo más íntimo del ser, la victoria del amor sobre el odio, la victoria del amor sobre la muerte…, que puede suscitar después la cadena de transformaciones que cambiará el mundo,  lo que el mundo en el fondo anhela. La cruz con el sí del amor roto y entregado es la expresión paradójica de la violencia que habita nuestro entorno vuelta en ofrenda, en don obediente, es decir, de escucha atenta. La cruz es así la única manera de desvelar el sufrimiento, de entrar en su sentido profundo, desde la increencia (como Tomás) a la osadía de meter el dedo en el costado abierto, para mojarse y sumergirse en la enjundia que lo habita. Más allá de la cáscara estética de artificiales brillos, más allá de la superficie confusa que rechazamos y marginamos, de la superficie resquebrajada y amarga del dolor que ponemos a un lado y que a toda costa queremos sacarnos de encima. En la cruz se desvela el infinito amor del Padre.

La cruz, precedida del pan roto en la noche de la Pascua, puede tener sabor dulce a la boca a veces como devoción insulsa, pero es amarga en la transformación interior que acontece, en la conversión que adviene (Apocalipsis 10). En la cruz se bebe el vino y el vinagre, y la sangre redimida y se brinda por el fruto de la tierra lentísimamente germinado en frutos de salvación. Pero es necesario apurar el cáliz hasta las heces, a pesar de la repugnancia inicial, para que “la fisión” tenga lugar, para que la explosión de vida en la alborada del primer día de la semana rompa las piedras maceradas en llanto e irrumpa en el júbilo de la resurrección. Amén

Sagrario Rollán