Ser voluntario
Ayer fue el día Internacional de los Voluntarios. Realmente me alegro de que exista, que se visibilice su trabajo y que ayude a sensibilizar. Pero, a la vez, me cuestiono en qué medida contagiamos y transmitimos correctamente qué es eso de ser voluntario.
El voluntariado no es nada nuevo, pero ahora está tan de moda que me atrevo a decir que muchos tienen el concepto envuelto en una espesa nebulosa. Hay quienes consideran que el voluntariado es ir a “ayudar al pobre”, a “enseñar al que no sabe”, a “evangelizar al que no conoce”; otros piensan que son unas “vacaciones útiles” u otra forma de hacer turismo. El voluntariado de verdad no es nada de esto.
Entre las motivaciones también las hay muy diversas. Estoy segura de que la gran mayoría lo hace de corazón, realmente por intentar ayudar; pero sé que también hay quien lo hace porque queda bien que el currículum tenga un toque de buenismo.
Con esto no quiero dar la sensación de hacer una crítica a cuchillo, sino aprovechar la oportunidad para poner en valor, más si cabe, la gran labor que realizan todos los voluntarios, sea en su propio barrio, sea en la otra punta del mundo.
El Papa nos decía ayer en su mensaje que “el mundo necesita voluntarios y organizaciones comprometidos con el bien común”. Esto me parece clave: comprometidos con el bien común. Es una opción que cada persona hace de manera muy libre. Es un compromiso serio y no un hobby para los ratos libres, que sin duda va a dar fruto, aunque sean otros quienes los recojan.
El voluntariado es un trabajo “de justicia” que efectivamente tiene un impacto a corto plazo sobre un grupo determinado de personas que, en un ámbito determinado, son vulnerables y a las que efectivamente ayudas. En ningún caso debe de convertirse en una relación vertical en la que uno enseña y el otro aprende. Esto sería pensar el voluntariado con una línea recta, o más bien como una flecha que apunta en un único sentido. Y el voluntariado no se trata de esto.
Si lo tuviera que dibujar, lo plantearía como una tela de araña, artesana, de las que no hay dos iguales, aunque todas se basan en los mismos principios. El voluntariado es una interrelación de relaciones, en donde tú puedes ayudar en algunos aspectos, pero sin duda eres ayudado en otros. Ayudas a crecer, y creces mucho más de lo que esperabas. Esto lo hemos experimentado – y lo experimentamos – quienes alguna vez hemos sido voluntarios en algún proyecto: todos coincidimos que siempre, siempre, recibes más de lo que das, aprendes más de lo que enseñas, y te llevas más lecciones de fe y vida que las que pudiste compartir.
“Ser voluntario es trabajar CON la gente a la que uno sirve, no solo PARA la gente, sino CON la gente”. Ser voluntario es eso, colaborar, compartir, vivir, estar, escuchar, esperar… aunque también sea hacer, planificar, trabajar, y volver a casa con historias y fotos que compartir. Ser voluntario es estar dispuesto a recibir bofetones de realidad, y aun así remangarte y seguir luchando, y creer que hay muchos motivos para seguir ahí CON la gente: sea la de tu barrio o sea en un país lejano al tuyo. Lo importante es la motivación y la actitud, no el lugar.
A esto es a lo que el Papa se refiere como “ser artesano de misericordia con todos los sentidos”, porque el voluntario tiene todos sus sentidos puestos en La Misión (con mayúscula), y un voluntario de corazón, termina integrando la misión en su vida, y haciendo de su vida misión.
Mónica Marco
