Opinión

Destino: NaVIDAd

Ayer domingo pasamos la tarde en el aeropuerto. A pesar de ser un sitio de mucho movimiento, con gente de un lugar a otro, de cierto nerviosismo por el pesaje de la maleta, los controles de seguridad, en él se encuentra uno de mis espacios favoritos, la zona de llegadas. Creo que pocos lugares pueden crear ese  clima de emociones tan a flor de piel. Por un lado está quién espera, que con carteles, con disposición de encuentro vive con cierta inquietud, pero con gran ilusión la llegada de un familiar o ser querido. Por otro lado está  el que llega. La llegada, si ha sido un viaje largo, es el resultado de un proceso que va desde que sales del lugar de origen, desplazamiento, pasar los controles, el viaje en sí, esperas, más controles y por fin, la llegada. En la mayoría de casos, y más si el viaje es largo, aparece el cansancio pero no puede con la emoción de alegría y satisfacción que crea el llegar y encontrarte caras conocidas que tantas ganas tenías de ver. Como el bebé y su mamá que corrían con ilusión a recoger al padre, que les respondía al abrazo con lágrimas en los ojos “¡que grandes estás!”; los chicos con sus palos de golf sonrientes al encontrar a su responsable aquí para, quién sabe si un campeonato o para disfrutar; esas hermanas ilusionadas por volver a verse sin saber muy bien cómo expresarlo que no fuera a base de gritos y abrazos; esos padres que recibían a su hijo sin palabras solo con abrazos y lágrimas de emoción; esos equipos de fútbol que aunque vendrían por trabajo, llegaban asombrados y vivirían la experiencia en otro lugar; un grupo numeroso que tras una experiencia juntos, reunían a sus familiares compartiendo lo vivido juntos como una enorme familia; la ilusión de ver a los titos tras semanas fuera viviendo una fantástica experiencia, que aunque compartida por los medios de ahora, teníamos ganas de verlos y abrazarlos.

Toda está vivencia me recordaba al momento de Adviento en el que nos encontramos. Me imaginaba como pasajeros, no exentos de problemas como cuando te pierden una maleta o tu vuelo se cancela o retrasa. Una vida que tiene dificultades, y con la sensación a veces de no tener control sobre ello. Pero esas complicaciones en el camino son parte del proceso y  llenan nuestras maletas de vivencias y aprendizajes. Aunque podamos ir cansados o contrariados por esas situaciones, siempre podemos encontrar luz en el camino como una buena acompañante, un viajero que aparece a nuestro lado,  situaciones nuevas sorprendentes, un regalo inesperado. Nuestra maleta se trasforma, se carga de alegría por todo lo bueno que hemos encontrado en el camino sin pretenderlo y con ganas de llegar con  ilusión. El Señor nos espera con los brazos abiertos y con un cartel de “Bienvenida a casa” con cada uno de nuestros nombres. Solo llenándonos estos días de pequeños momentos de luz y esperanza llegaremos a ese destino: Navidad, VIDA.

Belén Rodríguez