El hambre
¿Cómo podemos vivir en un mundo que, pese a su capacidad de alimentar a todos sus habitantes, soporta que más de 800 millones de ellos no coman lo suficiente? ¿Cómo, en un mundo donde el hambre sigue siendo la epidemia más mortal, que sigue matando más personas que la malaria, la tuberculosis y el sida juntos? ¿Cómo, con la conciencia de que podríamos solucionarlo si nos lo propusiéramos pero no lo hacemos?
Así empezaba el libro que me disponía a leer tras la recomendación de un amigo. Un tomo pesado de unas 600 páginas, con la impactante imagen en su portada de una mujer de espaldas junto a un bebe cuya mirada, su desnutrición y lo moribundo que estaba lo decían todo. Y con esto, un breve pero fuerte título: “El Hambre”, de Martín Caparros.
Cuanto más me adentraba en la lectura peor me sentía, más me pesaba y más sentido iba recobrando la dura portada. Las emociones de incomprensión, pena y responsabilidad me iban removiendo. Creo que el autor desde el principio consigue que “el hambre” no sea una palabra más a la que nos hemos habituado, sino el de tomar conciencia que es la peor pandemia y la que más muertes causa en el mundo. “Cada cinco segundos un chico de menos de diez años muere de hambre.” Y ¿nos quedamos tan tranquilos? ¿y si fuera nuestro hijo o hermano?
El autor va haciendo un recorrido por distintos países (entre ellos Níger, India, Bangladesh, Sudán) y va relatando la historia de diferentes personas cuyo punto común son las consecuencias que trae el hambre, entre ellas la muerte. Situaciones que parecen incomprensibles que existan hoy en día. Mientras nuestra sociedad tiende al consumismo y a la insatisfacción continua, existe una mayoría de la población mundial cuya máxima preocupación y motivación es la vida en sí misma, empezando por conseguir llevarse algo a la boca y a la de familia.
Antes era frecuente que las ONGs y organismos internacionales dedicaran sus campañas de captación de socios o de concienciación a través de las imágenes de niños esqueléticos, sin nada que comer, incluso con moscas alrededor de la cara, toda una imagen de degradación y tristeza que removían las entrañas, pero hasta “nos acostumbramos”. Ahora las campañas han cambiado para darle dignidad a esas personas, pero no porque la realidad se haya modificado. Se siguen dedicando (gracias a Dios) proyectos para dotar de alimentos y herramientas a muchas poblaciones, pero son tan puntuales, que la realidad no termina de cambiar. La sequia, la reorganización de los cultivos según intereses, el encarecimiento de los productos, el poder en mano de unos pocos y el mundo consumista están detrás de muchas de estas situaciones.
Parece que en la mayoría de las personas que sufren el hambre no hay un problema de que no se lleven nada a la boca, sino que no hay suficientes alimentos que proporcionen los nutrientes necesarios que garantice la supervivencia.
Cuando una persona no consigue comer sus 22000 calorías por día, pasa hambre: se come. Un cuerpo que se come a sí mismo. Cuando un cuerpo come menos de lo que necesita se come sus reservas de azúcar, después de grasa. Cada vez se mueve menos, se pone letárgico. Pierde peso y pierde defesas: su sistema inmune se debilita. Le atacan virus que le causan diarreas que le van vaciando…parásitos…infecciones…empieza a perder masa muscular…pronto no podrá moverse: duele, se arruga, espera que se acabe.
Así está funcionando el sistema de numerosas personas. La falta de ingesta está provocando la situación anteriormente descrita y el aumento de enfermedades, donde en muchos de esos mismos países el sistema sanitario es muy precario y por tanto hay un mal pronóstico de la enfermedad. Por lo que mueren gran cantidad de personas al año por este motivo, con nombres, familias, historias que en la mayoría de ocasiones ni conocemos ni nos preocupamos.
Dudo que este libro tenga un final feliz, pero lo que sí tiene es un poder para remover y llevar a la acción. Esta siendo un bonito camino para conocer a personas e historias reales que el autor saca a la luz, donde son muchas las madres, los padres, los hermanos los que luchan cada día para que no sea uno de los miembros de su familia los que caigan en esta desgraciada e injusta pandemia que es el hambre. Creo que debería ser una lectura obligatoria para tomar conciencia de la realidad del mundo, hagamos un repaso de lo que es verdaderamente importante y que cada uno en su pequeña “parcela”, pueda cambiar esta situación.
Belén Rodríguez
