Opinión

La ciencia del morir del trigo

Si fueses

capaz de hallar un sitio donde echarte

boca abajo, y cerrar

los ojos,

Y mirar, despacio, dentro de tu

vida,

quizá

te resultase fácil averiguar

algo, saber

a qué lugares quieres

ir, de dónde vienes,

para qué estás aquí,

cuál es tu nombre.

Ángel González

No deja de sorprenderme como una fiesta como la de Halloween, extraña a nuestras tradiciones y cultura, ha cobrado en relativamente tan poco tiempo tanto arraigo entre nosotros. Indudablemente hay poderosas razones comerciales y algo (¿mucho?) de colonialismo cultural y papanatismo. Sea como fuere, lo que sí me parece evidente es que la concepción de la muerte y de los muertos que deja traslucir Halloween con su infinidad de películas, disfraces, etc. (tétrica y macabra, teñida de sangre y de espanto), poco o nada tiene que ver con la visión cristiana acerca de la muerte y los muertos.

Los primeros cristianos celebraban a los santos en su “dies natalis” que, paradójicamente, era el día de su muerte. Recordar a nuestros difuntos es rendirles agradecido homenaje, porque somos conscientes de cuánto les debemos y, también, porque sabemos que nos sigue uniendo a ellos un vínculo poderoso, una comunión de los santos.

Decía (¿Pedro Casaldáliga quizás?, no recuerdo) que para un cristiano la alternativa es ésta: estar vivo o estar resucitado. Claro que debemos ser conscientes de nuestra finitud, pues la muerte viene incorporada al don de la vida, pero el horizonte último es la resurrección. Vivir es “ir desviviéndose” (siempre me gustó esa expresión: “era alguien que se desvivía por los demás”), es decir, es ir dejando girones de vida en otros. Pero como nos sostiene la fe, la esperanza y el amor, sabemos que la muerte no tiene la última palabra, pues el amor es más fuerte que la muerte. El amor que Jesucristo (que es el amor de Dios encarnado) tiene por cada uno de nosotros, nos invita a fijar nuestra mirada más allá del horizonte de la muerte, pero con los pies solidaria y comprometidamente arraigados en el aquí. Por eso, y aunque suene paradójico, sabemos que para vivir hay que morir. Es la ciencia del morir del trigo: “Os lo aseguro, si el grano de trigo cae en tierra y no muere, queda infecundo; en cambio si muere, a fruto abundante” (Jn 12, 24).

La cuestión clave es esta: ¿en qué quiero gastar mi vida? y, ¿cómo quiero ir desviviéndome?

Vivir el aquí y el hoy siendo conscientes de que ya no volverá a ser nunca, de que el tiempo vivido es insustituible y que nada regresa nunca como fue antes; de que lo que más duele de la muerte es lo no vivido o lo vivido sin sentido o lo vivido a medias. Recordar a los que ya no están aquí (¡pero siguen estando!), nos invita a plantearnos qué estamos haciendo con nuestro tiempo. ¿Crear, repetir, dormirlo, pensarlo, esperarlo…?  ¿Existimos o vivimos? El recuerdo de los que nos precedieron, la memoria de lo vivido, su intensidad, nos abre el espacio interior a la generosidad con la vida, ya no sólo con la propia, sino con todas y cada una: somos una fragilísima gota de agua que, sin embargo, es capaz de contener lo que fueron nuestros ojos, nuestras manos, nuestra inteligencia y… una chispa de Dios.

Ricardo Aguadé, OP