Opinión

El último provincial de Bética

Ha fallecido el padre Uña. Sí, ha muerto fray Manuel Uña. Otro fraile que, de tan presente y firme, nos parecía inmortal. En el título de este texto escribo que es el «último Provincial de Bética». Pero para quienes no conozcan la historia, hace falta una pequeña aclaración. Si miramos estrictamente las fechas, el último en ocupar ese cargo en la antigua Provincia de Bética fue en realidad fray Miguel de Burgos Núñez. Sin embargo, Miguel nos dejó en mayo de 2019. Lo que ocurre ahora es que, con la partida del padre Uña, ya no queda vivo ningún otro fraile que haya ejercido ese servicio. Por eso, con su muerte, se cierra definitivamente, a mi juicio, una época. Porque él es, en el plano de los hechos y del cariño, nuestro último Provincial.

Cuando nos dejan nuestros frailes mayores, sentimos que nos vamos quedando, poco a poco, huérfanos. Y este sentimiento es muy real porque nos toca despedir a los hombres que nos recibieron en la Orden tal como éramos en aquellos momentos, es decir, con nuestras miserias y pecados, pero también con nuestras virtudes y esperanzas. Ellos fueron quienes nos abrieron las puertas, quienes nos miraron con una paciencia infinita y los que supieron ver el paso de Dios en nuestras vidas mucho antes de que nosotros mismos lográramos comprenderlo del todo. Por eso, con la muerte del padre Uña, se nos va una parte esencial de esa mirada que dio origen a nuestra realidad como frailes.

Esta sensación de desamparo nace por perder a un hermano y también por la pérdida de un verdadero referente. Sí, porque el padre Uña perteneció a esa generación de frailes que entendió la autoridad como un servicio cercano y humilde. Conoció de primera mano las debilidades y flaquezas de su Provincia, pero siempre prefirió apostar por lo bueno y evangélico que residía en cada uno de sus frailes. Además, fue un dominico de tal altura, que su vocación jamás supo de fronteras. Por eso, tras terminar su etapa como Provincial, hizo las maletas y se entregó en cuerpo y alma a la Iglesia en Cuba. Allí demostró con su vida que un buen predicador debe estar siempre listo para ir a donde la necesidad sea mayor.

Hoy, con su pérdida, sentimos de nuevo el frío de la orfandad. Pero esta tristeza y añoranza se mezcla con el deber de dar las gracias a quienes, como el padre Uña, nos quisieron de verdad y apostaron por nosotros a pesar de nuestras limitaciones. Por eso, ahora nos toca a los que nos quedamos intentar heredar esa anchura de corazón que él y tantos otros mayores nos regalaron. Sí, nos toca mantener –en sus palabras- «la misma entrega a una vocación, la misma pasión por la vida, la misma seriedad para preparar y acoger lo que se impone. Lo esencial, todo lo esencial, permanece intacto».

Fr. Ángel Fariña, OP