El Camino a casa. Por Diego Recio
Hay lugares que terminan formando parte de quienes somos. No tanto por lo que tienen de extraordinario, sino porque en ellos hemos aprendido a mirar, a descansar, a querer o simplemente a vivir. Con esta serie de columnas, los autores de La Llama comparten algunos de esos lugares que, por distintos motivos, ocupan un lugar privilegiado en su memoria y en su biografía. No son guías de viaje ni recomendaciones turísticas. Son invitaciones a descubrir cómo el verano también deja su huella en nosotros, cómo determinados paisajes terminan educando nuestra mirada y cómo, a veces, no somos solo nosotros quienes pasamos por los lugares, sino los lugares los que pasan por nuestra vida y nos transforman silenciosamente.

Caminas. Llevas haciéndolo horas. De hecho, hace ya varios días que comenzaste a caminar. Te has hecho a ello. Hace un rato te dolían los pies. ¿O eso era ayer? No lo recuerdas bien. Solo sabes que, aquí y ahora, caminas, como si estuvieras en un extraño trance. La calle se estrecha y cada vez hay más gente a tu alrededor. Giras una esquina y dejas a tu izquierda unas tiendas, cobijadas bajo un bonito soportal. A tu derecha, te acompañan las paredes lisas de unas casas, salpicadas por ventanas y terrazas de algún bar. Y ¿frente a ti? Más casas. Más calles. Hace casi una hora que vislumbraste tu destino. ¡Estaba ahí mismo! ¡Tan cerca que casi parecía que podías tocarlo! Y, sin embargo, parece alejarse de ti a cada paso. Llegas por fin a una placita, con un sobrio palacio a mano derecha. Sigue habiendo muchísima gente. Solo ves delante de ti, al final de una calle que baja en desnivel, un arco de piedra. Das un paso. Otro. Llegas al arco. Lo atraviesas. Te giras a la izquierda y…
Da igual la de veces que se haga el Camino de Santiago. La última hora, con las ganas de llegar y ver la fachada principal de la Catedral, sumadas al cansancio acumulado de días o semanas sin parar, es un Camino en sí misma. Pero luego llegas a la Plaza del Obradoiro y ¡se te pasan todos los males de golpe! Yo he tenido la suerte de poder hacer el Camino varias veces y siempre que he llegado a los pies de la Catedral, me he emocionado. Sientes una mezcla de alegría, superación, logro, ilusión… Los compañeros peregrinos sabrán a lo que me refiero. Es una sensación especial. Y, aun así, me atrevería a decir que no es lo más especial.
Existe una frase, de firma anónima, que habla sobre el Camino de Santiago y dice así: «Lo que importa no es llegar a Santiago, sino quién eres cuando llegas».
Si yo pienso en el verano, hay algo que me viene a la cabeza casi al instante: mi cumpleaños. Desde pequeños, a todos nos hace ilusión que llegue para comer tarta, soplar velas, recibir regalos, celebrarlo con la familia… Aunque cumplamos años y algunas de esas alegrías se diluyan, el recuerdo de la ilusión permanece. Yo tuve a bien nacer un soleado 24 de julio. «Llegas a nacer un día más tarde, y hoy te llamarías Santiago», bromea mi padre a veces. Es debido a esa cercanía fortuita a la fiesta de Santiago Apóstol, que siempre he tenido una especial devoción hacia el santo, algo que ha marcado de una forma especial mi crecimiento en la fe. Es muy probable que por esto Dios haya querido valerse de las veces que he acudido a la tumba del mayor de los Boanerges para salir mi encuentro.
Recuerdo con especial cariño mi más reciente andadura a Compostela. En un caluroso mes de agosto pude hacer el Camino con mis padres y mi hermano, algo que llevábamos muchos años queriendo hacer juntos. Reconozco que no pasé demasiado tiempo con ellos porque, al ir con un grupo de parroquia bastante grande, nos mezclábamos mucho. Sin embargo, todos los días pasábamos un rato juntos.
Uno de esos días, en el pueblo de Padrón, conocido por sus pimientos, vimos que en lo alto de una cuesta había una iglesia muy grande y decidimos acercarnos para verla. En el albergue de peregrinos contiguo nos dijeron que esperásemos, porque pronto vendría un sacerdote para abrirla y celebrar la misa de peregrinos. Nos pareció una buena idea, y allí nos quedamos. Media hora después comenzó a abrirse una portezuela enmarcada dentro del portón y fuimos directos hacia ella. Recuerdo que le dije a mi padre nada más entrar: «Uy, cómo me suena esto, ¿no?» Su respuesta fue igual de curiosa: «Y a mí me suena ese». Señalaba una imagen de santo Domingo que se erguía en el retablo mayor.
Mientras esperábamos el comienzo de la misa, vimos en las hornacinas laterales varios santos dominicos coronados por escudos de la Orden. Poco después salió de la sacristía un fraile mayor, revestido con hábito blanco y una estola verde del tiempo litúrgico. Era dominico. Al acabar la misa, nos pusimos a hablar con él y descubrimos que estábamos en el Convento del Carmen, uno de los mayores exponentes del neoclásico gallego, cuyo interior se construyó a imagen de la Basílica del Monasterio de El Escorial; por eso me sonaba tanto la iglesia. El fraile nos contó que, en origen, fue dado a una comunidad de carmelitas descalzos, pero que, tras la Desamortización de Mendizábal, pasó a manos de los dominicos, lo que terminaba de explicar el puzle.
Fue una bonita sorpresa encontrarnos, justo a un día de llegar a Santiago, con aquel enclave dominico en el que nos sentíamos tan en casa, cada uno por unas razones u otras. Por ese entonces, era el año 2024, mis padres ya tenían una estrecha relación con la Orden, pero yo aún no. A mí me pasaba un poco de refilón, casi por accidente.
Al día siguiente, llegamos a Santiago y aquella sensación que describía al comienzo me cayó encima como un jarro de agua fría. Había sido un Camino exigente por el calor y situaciones varias que arrastraba desde hacía algún tiempo, y entré en una crisis de fe enorme. Tuve la suerte (y el regalo) de tener a mis padres a mi lado, que me acompañaron y ayudaron a superar el bache a los pocos días. Pero yo ya no era el mismo de antes, aunque todavía tardaría un poco en comprenderlo.
Varias líneas más arriba, comentaba la frase de la importancia de quién se es cuando se llega a. Por lo general, cuando llegas no sueles pensar ni sentir que has cambiado. De eso te das cuenta con el tiempo. Y eso es lo que me pasó. Varios meses después se me ofreció, de manera también «fortuita» (nótense las comillas), la oportunidad de asistir al encuentro de Pastoral Juvenil Vocacional de noviembre, y me lancé a la piscina sin saber qué iba a encontrar. Y lo que encontré fue esa misma sensación de «esto me suena» que sentí en el convento de Padrón, pero acompañada de algo más: un sentimiento que me nacía de dentro y me pedía que lo contara.
Hoy, echando la vista atrás, entiendo que lo que brotó de aquel Camino y de aquel encuentro es, ni más ni menos, el carisma dominico. Por eso, cuando pienso en el verano, pienso en el Camino de Santiago, y en cómo Dios se ha servido de él para salirme al encuentro, y llevarme siempre a casa.
Diego Recio
