Y era muy bueno
La mañana del 31 de octubre las letras de mi breviario, mientras recitaba los salmos en el coro, parecía que se iban hundiendo en un fango espeso y mortal que las absorbía al ritmo con que las pronunciaba. Las imágenes del día anterior, mostrando la desolación y la violencia con que el agua se había llevado por delante numerosas vidas en Valencia y alrededores, se habían quedado grabadas en mi retina, inundando mi oración, mis pensamientos, e incluso mis horas de sueño.
Quizá por eso me impresionó aún más la noticia de algunas personas que, aprovechándose de la tragedia y la desprotección de las víctimas, habían asaltado y robado en negocios y viviendas en la noche inmediata a la riada. ¿Cómo era posible –me preguntaba− que mientras España entera y parte del extranjero contemplábamos y llorábamos a tantos de los nuestros caídos en desgracia, algún cerebro humano hubiera tenido la ocurrencia de llevar el agua a su molino y usurpar a los indefensos de lo poco que podía quedarles?
No era la avaricia lo que me espantaba, sino la frialdad del ingenio humano, capaz de discurrir el modo de lucrarse mientras el otro se ahoga, sufre y muere. La inteligencia para el mal. Corruptio optimi pessima: Si la memoria, la inteligencia y la voluntad son las potencias que distinguen al hombre del animal, lo pésimo no es solo la corrupción de los mejores sino la corrupción de lo mejor del ser humano. De ahí el escándalo ante la utilización para el mal y el beneficio propio de los dones que Dios ha depositado en cada uno de nosotros con la capacidad de elevar nuestra dignidad a la categoría de hijos de Dios.
Recuerdo con bastante nitidez cómo me impresionó visitar el campo de Concentración de Auschwitz-Birkenau y enfrentarme a este interrogante. Si era terrible caminar por tierras que, según decían, conservaban varios centímetros de polvo de restos humanos, cuánto más me cuestionó escuchar a la guía el desarrollo de la “solución final”, hasta que consiguieron el mayor número de muertes al menor precio posible; contemplar el grado de corrupción al que pudo llegar la inteligencia humana que discurrió, incluso, la manera de sacar partido del pelo, de los dientes y de los cuerpos de aquellos inocentes. La frialdad de la mente de un ser humano que llegó a calcular cómo valerse y aprovecharse de absolutamente todo.
Puede que el ejemplo sea exagerado para nosotros. Que ese grado de maldad o corrupción no anide, por lo general, en nuestros corazones, ni inspire nuestras inteligencias. Pero nadie está libre de la tentación de hacer leña del árbol caído. No somos ajenos a la secreta satisfacción por el fracaso de aquel al que vemos como nuestro rival; ni a la seductora posibilidad de ocupar el puesto del caído o aprovechar la debilidad del otro para compensar el complejo que guardamos en nuestro interior; de alcanzar la satisfacción de nuestra necesidad a costa del expolio del que no tiene fuerzas ni medios para reclamar. Quizá no quitemos la vida al hermano, ni planeemos su destrucción, pero con fría lucidez, en el momento de su desgracia, se nos enciende la luz de la venganza o del oportunismo. Y eso es lo que impresiona y más daño hace, no solo a aquel que es despojado hasta de lo más elemental en medio de la calamidad y experimenta la soledad de la traición; sino a todos aquellos pequeños que todavía creen –queremos creer− en la bondad del ser humano, de su corazón, y también de su inteligencia.
Estos días leíamos en el oficio de lecturas: «Dice el Señor: Todo el día, sin cesar, ultrajan mi nombre en medio de las naciones; y también en otro lugar: ¡Ay de aquel por cuya causa ultrajan mi nombre! ¿Por qué razón ultrajan el nombre de Dios? Porque nuestra conducta no concuerda con lo que nuestros labios proclaman. Los paganos, en efecto, cuando escuchan de nuestros labios la palabra de Dios, quedan admirados de su belleza y sublimidad; pero luego, al contemplar nuestras obras y ver que no concuerdan con nuestras palabras, empiezan a blasfemar, diciendo que todo es fábula y mentira». (De la Homilía de un autor del siglo segundo). El principal mal no es la pérdida de las joyas que hayan podido robar; ni siquiera la desaparición del bien material que el seguro puede o no cubrir; tampoco está en el puesto que hayamos suplantado o en la fama que hayamos arrebatado aprovechando la desgracia ajena. El mayor perjuicio lo sufre la bondad del hombre que queda manifiestamente desmentida con nuestro egoísmo oportunista. La corrupción de nuestra inteligencia, al servicio de nuestra ambición, ¿no es un modo de ultrajar la Palabra de Dios que, al crear al hombre, afirmó: Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno (Gn 1, 31)?
Se cuenta de santo Tomás de Aquino –ejemplo preclaro de lo que la inteligencia humana puede servir al bien− que, en una ocasión en la que religioso de su misma Orden le dijo en broma: ¡Eh, hermano Tomás, venga a ver volar un buey! Santo Tomás fue a mirar por la ventana y, ante la risa del bromista, replicó: Prefiero creer que puede volar un buey, a que un religioso pueda mentir.
Ante el escándalo de la corrupción de lo mejor que hay en el hombre; ante el misterio de la posibilidad que conservamos de emplear y especular con la inteligencia para el beneficio propio, a costa del otro; el ser humano sigue siendo libre y capaz de lo mejor. Ante la noticia de la desfachatez, podemos claudicar en nuestra confianza en la bondad del hombre. O podemos, como santo Tomás de Aquino, como todos esos jóvenes que salieron voluntariamente de la comodidad de sus casas para ir a limpiar fango y echar una mano a quienes habían perdido todo, demostrar con nuestras obras y nuestra ingenuidad –si se quiere llamar así− que no todo está perdido, que no todos estamos perdidos, que hay una grieta en el hombre por la que el amor continúa traspasando nuestras miserias y ambiciones. Que hay corazones en los que se conserva la generosidad. Que hay mentes lúcidas y brillantes que se emplean para el bien. Que hay ingenio que busca soluciones para el otro, por encima de su codicia. Que hay inteligencias que conciben creativas ideas para mejorar el presente del de al lado. Que todavía hay quien imagina y trabaja por algo mejor para todos.
Gracias a María, Cris, Felipe, Isa, José, Álex, Carlota y tantos jóvenes anónimos que habéis puesto y ponéis vuestras vidas, vuestro tiempo, vuestra salud, vuestra fortaleza, vuestra agilidad, vuestros bienes, vuestra inteligencia, vuestra técnica, vuestras profesiones, vuestro material, vuestras iniciativas, vuestros conocimientos, vuestra ilusión, vuestra disponibilidad y todo lo mejor que poseéis al servicio de los afectados por la gota fría de este trágico 2024. Habéis socorrido vidas. Habéis rescatado la esperanza de un pueblo. Pero, sobre todo, habéis salvado la posibilidad de confiar en la bondad del ser humano. Viéndoos, España y el mundo entero podemos seguir creyendo: vio Dios todo lo que había hecho y era muy bueno.
Sor Teresa Cadarso, OP
