Cultura

Atreverse a llorar y a soñar (I)

Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto (Juan 20, 13)
Llora María Magdalena, lloran sus hermanas por el mundo, sus hijas, sus vecinas. Lloran en tierras de nadie, en paraísos esquilmados, en selvas contaminadas, en fortalezas asediadas. Lloran con un llanto incontenible, intempestivo, a veces silencioso, a veces abrupto, tantas mujeres que se atrevieron a soñar en pos de la vida, que dieron a luz hijos sin padres, que sostuvieron la noche del hambre y la miseria, que amamantaron la pobreza. Llora también Raquel cumpliendo el oráculo de Jeremías: Se oye un grito en Ramá, llanto y gran lamentación. Es Raquel que llora por sus hijos y no quiere ser consolada. ¡Sus hijos ya no viven! (Jeremías 31, 15).

Llora María Magdalena, el rostro ajado, con un llanto que surca las edades inconsolables y los siglos de sueños rotos, llora con un llanto que lava sus manos sedientas, a pesar de todo, de esperanzas nuevas. Tras los pies dulcísimos de su Señor que un día perfumara, pies llagados que se ausentaron sin dejar huella, llora hoy con todo el cuerpo, como lluvia de tormenta tropical, después de la sequía: Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto…

Por detrás de la piedra removida, de la ciudad arrasada, en pasillos de hospitales y escuelas bombardeados, en campos de refugiados, a la orilla de la playa de pateras hundidas, llora con llanto impetuoso y fecundo. María Magdalena y Raquel lloran obedeciendo, porque el Maestro dijo no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos (Lucas 23, 28).

En la noche del mundo, en la soledad del destierro, en el olvido de África, llora María negra y se lamenta Raquel mestiza, porque María blanca ya no sabe llorar ni implorar. María blanca se ha quedado traspuesta, desvitalizada, cubierta por un velo azul aséptico, con la nostalgia de la fe perdida, en la complacencia lánguida de un sueño infantil, entre sus manos la estampa volátil de primera comunión, testigo envejecido de una devoción invertebrada que nunca llegó a madurar del todo. Bienaventuradas las que lloran porque  serán consoladas…

Aunque es de noche (Juan de la Cruz, La Fonte)
Bienaventuradas las que lloran, y también las que cantan… Aunque es de noche. Aunque es de noche una mujer joven se atrevió a cantar LUX, la luz que se opaca o se esconde en sociedades hechizadas por luces de neon y fuegos de artificio. Sociedades opulentas, más que líquidas, encharcadas de espejismos mortíferos, más que del cansancio, del hastío… Subyugadas por discursos nihilistas y apocalípticos que promueven una estética decadente. Hace un año  que estallaba el fenómeno Rosalía de tal manera que me llegaba hasta África, donde estaba en misión… África no necesita la explosión musical de Rosalía para despertar del marasmo espiritual, porque África canta y llora a golpe de tam-tam desde hace mucho tiempo, desde que la esclavitud colonial, así como las ideologías religiosas cómplices robaran y suplantaran la identidad de sus hijos. Hoy es otro su marasmo: desnutrición real, falta de servicios sociales básicos, como la sanidad o la educación, explotación de recursos, enfrentamientos tribales azuzados por las grandes potencias para sacar beneficio. Y así, sin luz y a oscuras viviendo, como canta Juan de la Cruz, desde África,  tan lejos y tan cerca del continente inmenso que se desangra sobre las marejadas del mar Mediterráneo, intentando alcanzar el Norte blanco, donde vamos perdiendo la fe, el aliento, el compromiso con la Vida, volviendo a África quiero volver a soñar, ahora que Rosalía recibe el Premio Nacional de las Músicas Actuales.

    Cada vez, cada generación, cada época desencantada sufre sus fiebres, sus éxtasis y agonías, sus espasmos milenaristas. Algo de esto refleja el disco de Rosalía, pero resalta, sobre todo, en el eco que está teniendo más allá del ámbito musical y artístico, dentro y fuera de la Iglesia, entre descreídos y creyentes, entre periodistas y obispos, entre artistas y religiosas. Todo el mundo quiso saber qué estaba soñando esta joven mientras componía y revolvía en los textos de la Biblia, del Corán o de los Vedas, y entresacaba haikus y citas sentenciosas de santas católicas, cantadas cual letanías profanas.

    El mensaje que se desprende de este disco tiene algo de incursión en el misterio de la relación que los artistas establecen con lo sagrado, más allá de las fórmulas convencionales y al margen de las iglesias. Me  hace pensar en el estilo intempestivo y provocador de Thomas Merton cuando publicaba Incursiones en lo indecible en la segunda mitad del siglo pasado, las vísperas del famoso mayo del 68, cuando los jóvenes de París levantaban los adoquines de la burguesía bienpensante. En el final de aquel decenio, que fuera también el de las independencias de varios países del África Occidental, Merton denunciaba que no había lugar en la posada, siendo el tiempo del fin y el tiempo de la Gran Alegría, y señalaba que a esta posada enloquecida que es nuestro mundo, estaba llegando Cristo sin ser invitado. Evocaba el momento maravilloso en que el cielo y la tierra se desposaron en el cuerpo indefenso de un niño nacido en el pesebre de Belén. 

    Más de 50 años después de Merton, en estos tiempos de vacío existencial y empacho digital, cuando la secularización nos ha adormecido, ya no nos atrevemos a soñar con la Gran Alegría, aunque tengamos un conocimiento científico cada vez más preciso acerca de los ciclos de sueño y de las conexiones sinápticas que operan en nuestro cerebro. La fe en Jesucristo se resquebraja como un santo de antaño enmohecido en una hornacina polvorienta. El bienestar espiritual se oferta, por lo demás, en elegantes vitrinas perfumadas y abundan, incluso en los monasterios, retiros a la medida de nuestros narcisismos. Los centros de yoga se llenan, las iglesias se vacían. Los volunturismos están de moda para los influencers. El compromiso continuado en parroquias o misiones, en residencias de mayores o en hospitales, al margen de las redes, es menos frecuente. La justicia se escamotea y a veces se disfraza de caridad piadosa. A medida que se amplían los espacios digitales, parece que las moradas interiores se estrechan y nos asfixia. La aldea global se vuelve inhóspita por falta de vecindad y empatía. La conectividad aumenta, la comunión escasea. En consecuencia los ámbitos de escucha y acogida se clausuran en soledades paradójicamente más y más ruidosas. Agitación y ajetreo sacuden las naciones del mundo, continua Merton, mientras el mensaje escatológico entre la multitud turbulenta sólo se puede oír con dificultad. Era necesario que no hubiera sitio en la posada, podemos repetir y denunciar con Merton que hoy, tiempos de desahucios y migraciones, tampoco hay sitio en la posada y alegrarnos con él de que así sea. Porque el tiempo del fin es el tiempo mismo de la Gran Alegría.

    Sagrario Rollán