Feliz Pascua. Por Diego Recio
«Yo pasaré esta noche por la tierra de Egipto y heriré a todos los primogénitos de la tierra de Egipto, desde los hombres hasta los ganados, y me tomaré justicia de todos los dioses de Egipto. Yo, el Señor. La sangre será vuestra señal en las casas donde habitáis. Cuando yo vea la sangre, pasaré de largo ante vosotros, y no habrá entre vosotros plaga exterminadora, cuando yo hiera a la tierra de Egipto. Este será un día memorable para vosotros; en él celebraréis fiesta en honor del Señor. De generación en generación, como ley perpetua lo festejaréis».
(Ex. 12, 12-14)
Pésaj. Así denominan los judíos a esa fiesta de la que habla Dios en el relato. La Pascua.
En estas fechas, es muy habitual oír eso de “felices pascuas”, sin embargo, esa felicitación no se refiere a la Resurrección, es más bien el equivalente de decir en Navidad “felices fiestas”. Nosotros no celebramos (ni felicitamos) las “pascuas”. Sino la Pascua.
A nosotros, la palabra Pascua nos llega bastante fiel a la original a través del griego primero y del latín después desde el arameo pásja. Pero ¿qué significa? Al tratarse de una palabra semítica, puede tener diversas grafías y significados (como pasa también en el árabe, por ejemplo), sin embargo, una traducción bastante cercana sería “paso del Señor por encima”.
¿Por encima de qué? A primera vista, desde el relato, pudiera entenderse como “por encima de los enemigos de Dios”, en este caso, los egipcios. Sin embargo, si intentamos extraer la interpretación veterotestamentaria del castigo divino, podemos entender que, lo que hace Dios es pasar por la vida de egipcios e israelitas. A los primeros, que no creen en él y le rechazan, el relato habla de que son castigados por Dios, a diferencia de los creyentes israelitas que no sufren daño alguno. Realmente, se habla de la salvación.
La historia que se nos narra en la Biblia es la historia de la salvación de la humanidad, del amor de Dios. El relato del Éxodo no es una excepción. De una forma, similar a las parábolas que utiliza Jesús en los Evangelios, el autor de este libro del Pentateuco, no quiere decir que, aquellos que creen en Dios, son salvados por él. Es verdad que la narración habla de castigos divinos cuando no se cumple la voluntad de Dios, pero, no debemos perder de vista que la tradición judía se fundamente precisamente en esa dicotomía del castigo-recompensa según el pueblo de Israel se alejaba o acercaba a Dios.
De esta forma, la definición de Pascua nos quedaría algo como: “paso del Señor por tu vida”. Esto implica que, cuando le felicitamos la Pascua a otra persona, lo que estamos haciendo realmente es decirles “feliz paso del Señor por tu vida”. Estamos reconociendo que Dios está en su vida y le estamos deseando que se deje transformar, que se deje salvar por él, de la misma forma que los judíos pintaron las jambas y el dintel de sus puertas de sangre en Egipto. Esto mismo es la Resurrección. El triunfo del Amor sobre la muerte. Al resucitar Jesús, se ve culminada esa historia de salvación, la Buena Nueva. Por eso, al felicitar y celebrar la Pascua, estamos reconociendo que, para cada uno de nosotros, nuestra vida es nueva, ha sido transformada por ese “pasar de Dios por nosotros”.
Ahora bien, si nos remitimos al Evangelio que se leyó en la vigilia pascual, el evangelista nos cuenta que Jesús decidió comunicar en primer lugar esa Buena Noticia de la salvación no a Pedro quien designó cabeza de la Iglesia, ni tampoco a alguno de los apóstoles, sino a las mujeres que fueron al sepulcro. Mateo nos habla de dos Marías, Magdalena y “la otra”. Juan, en cambio, solo nos habla de María Magdalena. Pero da igual que fuera una que dos o tres. Lo importante es que Dios eligió a una mujer para ser la primera mensajera y conocedora de la salvación. Porque realmente, si nos paramos a verlo, el motor de la salvación que nos regala Dios es la mujer.
Siempre, junto a los grandes nombres de la Historia y de la Biblia, hay una mujer. En el Antiguo Testamento se puede ver muy bien. La promesa de Dios a Abraham, de ser el padre de tantos hijos como estrellas, se ve reflejado en el hijo que tiene con su mujer Sara, pese a la vejez de esta. En el Libro de Rut, se cuenta la historia de cómo la lealtad de Rut hacia su nuera Noemí lleva a esta a casarse con Booz, siendo así la abuela del rey David. Mientras, en el Libro de Judit, se narra cómo la viuda Judit salva la ciudad de Betulia de un asedio, salvando así también la ciudad de Jerusalén. Hay muchos otros ejemplos, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento: Ana, Ester, Raquel, Betsabé, María Magdalena, la Virgen… La mujer nunca ha sido “la segunda parte”, sino la primera. «Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó.» (Gn 1, 27) La salvación siempre ha sido un regalo de Dios para la humanidad, hombres y mujeres en tándem. Ninguno por encima del otro.
Por esto mismo, festejar y felicitar la Pascua es recordar y celebrar, un año tras otro, que Dios nos ha regalado la salvación. Nos la ha regalado a todos como un uno. Que debemos dejarnos transformar por él, por su “paso por nuestra vida”.
Feliz Pascua. Feliz paso del Señor por tu vida.
