Los domingos o los miércoles
Los días de quimio solían dejarme sola en un box. No sabía muy bien por qué se me concedía aquel privilegio, pero lo agradecía. Sin embargo, aquel miércoles el hospital de día estaba desbordado y no se me ocurrió protestar cuando la encargada me preguntó si me importaba mucho sentarme en una de las butacas de los espacios compartidos.
A mi alrededor había otras tres mujeres enganchadas a su correspondiente gotero. El velo tapaba mi calva –ni un pelo quedaba ya para mi sexta quimio−, pero las desaparecidas cejas y pestañas me hacían parecer aún más joven de aquellos 30 años que acababa de cumplir. Llevaba puesto el hábito y, como cada sesión, me serenaba cerrando los ojos y pasando las cuentas del rosario que me había regalado el recordado P. Basilio. A veces me encontraba tan mal que no podía rezar, pero me aliviaba y me hacía más corto el tiempo. También me acompañaba un libro de Francesc Torralba, por si pudiera concentrarme un poco más: Y, a pesar de todo, creer.
Aquel día, al poco de cerrar los ojos y comenzar mi rutina, escuché que la mujer que tenía enfrente se dirigía a mí en tono incrédulo.
— ¿Y todavía le rezas? — Abrí los ojos, un poco sorprendida de la intimidación, pero no contesté.
— ¿Cuántos años tienes? — aprovechó a seguir preguntando, mientras nos mirábamos la una a la otra.
— Treinta — respondí, pretendiendo que con aquello se acallara, pero sospechando que no había hecho más que empezar.
— ¿Y qué haces así vestida? ¿Cuánto tiempo llevas en el convento?
Si hubiera estado en cualquier otra situación, me hubiera marchado de allí sin ninguna explicación, pero me esperaban unas cuantas horas por delante con aquella desconocida, así que intenté ser educada.
— Once años — contesté.
— ¿Con cuántos entraste? ¿Pero estás loca? ¿No te das cuenta que te vas a morir? Sal de ahí, aprovecha, vive, diviértete. ¡Y dirás que Dios te quiere! ¿Cómo puede quererte y hacerte esto? Estás desperdiciando la poca vida que te queda.
El otro día estuvimos viendo en comunidad la película Los domingos. Gracias a Dios, cuando en mi casa comenté la inquietud vocacional que experimentaba, no tuve que enfrentarme a ninguna tía Maite. En ese sentido, Dios me allanó mucho el camino, me lo puso fácil.
Pero la película me recordó aquel encuentro, un poco más cercano en el tiempo, con una desconocida en el hospital de día mientras me trataba del cáncer. Me despertó tristeza su incapacidad de creer, pero sus incómodas preguntas resultaron cruciales para mí. En el fondo, una Teresa casi atea o, por lo menos, igual de desconfiada que la tía Maite, había intentado durante años hacerme ver el absurdo de esta vocación; me había preguntado, con igual deseo de desenmascarar un engaño, ¿de qué estás huyendo? ¿No será que tienes miedo a la vida real? O ante la misma pregunta que se hace la protagonista: ¿y si esa vida no me llena? Había intentado convencerme de no aspirar a más: Pero es que la vida también es eso. Nadie está feliz todo el rato.
Aquel día, ante aquella desconocida mujer, no dudé. Para mi sorpresa, no me estremecieron sus preguntas, no me convenció su incredulidad: Mírate, ¿cómo puede seguir pensando que Dios te ama y te llama?
No sé por qué. No razoné. Solo sé que una serena certeza se apoderó de mí desde entonces. Un agradecimiento a Dios por haberme llamado tan joven a consagrarme para él. Un incontenible sentimiento de gratitud por haberme permitido entregar lo mejor que tenía en ese momento y haberlo podido invertir en el bien, y recibir el ciento por uno: la salud para alabarle, la inexperiencia para empaparme como una esponja, la fuerza para trabajar en la comunidad, la inteligencia para aprender tantas cosas nuevas; la ingenuidad para, a pesar de todo –porque claro que hay desilusión−, seguir creyendo.
Si no hubiera entrado tan joven –me gustaría haberle contestado a esta señora− posiblemente estaría igualmente enfrentando la posibilidad de la muerte, pero con la sensación de haberme reservado absurdamente lo mejor. Estaría conectada a un gotero, preguntándome qué sentido tenía mi vida. Estaría calva, sintiéndome fea y ojerosa, sin tener la certeza de un Amor que me quiere incluso fea, agotada y enferma. Porque todos somos susceptibles de enfermar, pero no es lo mismo afrontar el final de tus días desde tu lugar existencial que desde la desorientación o el sinsentido. Cuando crees tener toda la vida por delante, piensas que puedes permitirte el lujo de dilatar tus decisiones. Cuando tomas conciencia de tu ser mortal, temporal y pasajero, cada instante se revaloriza y solo quieres ya emplearlo en lo auténtico.
Hace una semana acompañé a una hermana en su muerte. La paz con que acogió sus últimos días ha dejado huella en muchos corazones, incluido el mío. Ella había entrado joven en el convento. A los ojos de este mundo, no había vivido casi nada: apenas habría hecho algún viaje, ningún novio ni existían las “cajas regalo de experiencia”.
A su lado, tantas horas de hospital, pensé también en mi propia muerte. Y rogué a Dios que, cuando llegara, fuera al menos una cuarta parte de lo bella y esperanzadora que estaba siendo la suya. Me di cuenta que, en el momento decisivo, en nada queda todo aquello que este mundo considera tan esencial. No necesitas haber probado el amor de veinte hombres antes de conocer y entregarte al Único Verdadero. Y, en tus últimos instantes, de nada te sirve haber conocido y saboreado todos los placeres del mundo, si no has llegado a saciar tu auténtica sed.
Sor Teresa Cadarso, OP

Pingback: Los domingos o los miércoles: testimonio de fe y vocación