El toque de Jesús
En el segundo domingo de Cuaresma, la liturgia nos conduce cada año al pasaje de la Transfiguración. Después del desierto del primer domingo, nos trasladamos al monte alto a contemplar la gloria de Nuestro Señor. No es un paréntesis triunfalista, sino un anticipo pascual para fortalecer el corazón del discípulo en el camino hacia Jerusalén. La Cuaresma no es solo combate; es también promesa.
En este contexto, el temor y la postración de los discípulos adquieren un sentido particular. Ellos caen rostro en tierra ante la voz del Padre. La experiencia de Dios no es ligera ni superficial: desinstala, sobrecoge, rompe seguridades. En Cuaresma también nosotros somos invitados a reconocer, con humildad, quién es Dios y quiénes somos nosotros. Postrarse es aceptar que necesitamos conversión.
Pero el Evangelio no se detiene en el temor. Jesús se acerca y los toca. Este gesto, tan sencillo, es profundamente revelador. No se acerca para hacer un milagro espectacular; no toca para hacer una curación visible. Se acerca y toca porque su gloria no le impide establecer el contacto cercano del Hijo que comparte nuestra condición y nos levanta desde el suelo del miedo o del sobrecogimiento. La gloria no se impone desde lejos; se inclina y roza nuestra fragilidad.
En la pedagogía cuaresmal, este detalle es esencial. Caminamos hacia la cruz, y el anuncio de la pasión puede generar desconcierto, incluso temor. La Transfiguración, proclamada este domingo, nos asegura que el camino del sufrimiento no es absurdo. La misma voz que resuena en el monte —«Este es mi Hijo amado, escuchadlo»— nos invita a confiar también cuando el horizonte se oscurece o se ilumina en demasía.
La Cuaresma es tiempo de escucha. «Escuchadlo» significa acoger su palabra, aunque nos lleve por sendas exigentes. El toque de Jesús nos recuerda que no estamos solos en el proceso de purificación. Él no elimina automáticamente nuestras pruebas, pero sí nos sostiene en ellas.
Así, el segundo domingo de Cuaresma se convierte en un puente: del temor a la confianza, de la postración al levantarse, del monte luminoso al valle donde continúa la misión. Cristo nos toca para que, aun en medio del ayuno, la penitencia y la lucha interior, caminemos con esperanza hacia la Pascua.
Fray Diego Rojas, O.P.
