Religión

Preparación… ¿o camino interior detox?

Hace días comenzamos el camino de Cuaresma. Hemos hablado de ceniza, tentaciones y conversión. Hoy nos adentrarnos en eso de la preparación. Quizá comenzamos muy fuerte la cuaresma y luego pisamos muy de puntillas un término que debería ser el hilo conductor de nuestra vivencia cuaresmal.

Lo primero que me pregunto es ¿a qué tipo de preparación nos referimos? Estamos muy acostumbrados a prepararnos para una prueba, a prepararnos físicamente, o a prepararnos para una entrevista. Nos preparamos para tantas situaciones cotidianas que me da la sensación de que vamos despojando el término de sentido profundo. En cuaresma no nos sirve ningún tipo de preparación “por encima”. En este momento estamos llamados a mojarnos, a hacer una preparación profunda, un verdadero camino espiritual hacia nuestro interior y hacia nuestro entorno. Es toda una exhortación para trabajar nuestro musculito interior y ponerlo a tono. 

Si le damos una oportunidad –seria– a intentar entender de qué va esto de la preparación, podremos vislumbrar que es una oportunidad para analizar, seriamente, cómo estamos, cómo está nuestra relación con Dios, y qué lugar –real– ocupa Él en nuestra vida. Un buen termómetro puede ser valorar nuestra relación con Dios a través de la que tenemos con cada persona. Esto es oportunidad y bofetón de realidad a la vez, porque, siendo serios, habrá con quienes nuestra relación sea maravillosa y con otros se nos complica la cosa y lo que nos apetece es huir del tema. Es aquí cuando nos damos cuenta de lo difícil que es ver el rostro de Dios en cada persona, y el esfuerzo que requiere intentar entrever qué es lo que Él busca decirnos a través de cada una de ellas.

Muchas veces pienso que la preparación en clave cuaresmal es un verdadero camino con experiencia detox: liberador de tantas toxinas que acumulamos en nuestro interior. Me lo imagino como un proceso interior de ablandamiento, un tiempo para ponernos a remojo. Esto no va de sensiblerías, sino de hacer un agujerito en nuestros muros interiores, esos que cada uno nos construimos cual fortaleza alrededor del corazón, y solemos resistirnos a romper. 

Y, ¿cómo me preparo? Durante este tiempo se nos habla repetidamente de oración, ayuno, limosna…. Y creo que lo central está en cuestionarnos si actualizamos de manera realista lo que estos términos significan en nuestra vida y si nos comprometemos a aterrizarlos en nuestro día a día. Estoy convencida de que la vida nos la jugamos en lo pequeño, en lo cotidiano, y parte de este camino de preparación es volver a tomar conciencia de que la medida que merece la pena es la de Dios –infinita y rebosante– y no la mía –limitada y parcial–. Pero cuesta, máxime cuando queremos tenerlo todo controlado, pautado, agendado…

Este camino de preparación nos ofrece adentrarnos en nuestro desierto personal, lugar de silencio, de confrontación, de poner las cosas en perspectiva, pero sabiendo (¡spoiler alert!) que el destino no es el desierto, sino que es un medio, un camino que nos lleva a avanzar hacia la vida, a la Vida en abundancia. 

Claro que en este camino nos pondremos cara a cara con muchas cruces de nuestra vida. Gestionarlas se suele hacer cuesta arriba. Unas pesan más que otras y la tentación es dejarlas de lado y hacer camino por otra ruta. Quién de nosotros no ha experimentado el dolor de no estar bien con las personas a las que más queremos, o el dolor por malentendidos que han roto relaciones, o incluso silencios dolorosos “por no empeorar las cosas”. Pueden ser tantos los ejemplos… Pero Dios nos invita a ser más valientes, a afrontar las cruces, gestionarlas, resolverlas –la parte que esté en nuestra mano–, sabiendo que no estamos solos. 

Es en estos momentos de cuando tomamos conciencia de que este camino de preparación solo es coherente cuando lo transitamos junto con otros. Cuando nuestro camino de interioridad, de cuestionamiento y de sanación nos lleva a poder hacer camino hacia fuera, hacia los demás y con los demás. 

Difícil, ¿verdad? Pero no imposible. No perdamos de vista que Dios hace camino con nosotros, a nuestro paso. Preparémonos para abrir nuestro espacio interior y para cambiar nuestro corazón de piedra y por uno de carne, uno muy humano que humaniza, que sabe dar vida. (cf. Ez 11:19-20) No perdamos de vista que estamos llamados a prepararnos para mostrar, con nuestra vida, la misericordia de Dios en nuestro mundo allá en donde estemos. 

Prepararnos es hacer camino, es tomar tiempo de calidad para mirar en nuestro interior, para deshacernos de todo lo que nos aleja de la Vida y del Encuentro. Y, como dice la canción de Eduardo Meana “El barro que amo” tengamos paciencia a nuestro barro y confianza a Sus tiempos

Y, si tenemos dudas sobre la utilidad de prepararnos transitando el desierto, quizá este texto de San Agustín nos pueda servir:

El acto de fe más bello es el que brota de los labios en plena oscuridad, de los sacrificios y sufrimientos, en el supremo esfuerzo de una voluntad firme de hacer el bien. Ese acto de fe rasga las tinieblas del alma, en medio de los relámpagos de la tormenta te levanta y te conduce a Dios. (San Agustín)

Mónica Marco, CSD