Cuando Dios se va (II): Hacer memoria
“Mi padre era un arameo errante y bajó a Egipto…”
Dt 26, 5
“¿Por qué está noche es distinta de las anteriores?
Porque éramos esclavos, y ya no lo somos más”
Hagadá de Pascua
Llevo muchos años fuera de mi país. Cada vez que voy tengo el regalo de poder encontrarme con amigas y amigos que siguen esperándome, a pesar de distancias y años. Cada una/o es un don para mí. Solemos mantener contacto, pero cuando nos encontramos, siempre hay una parte de nuestro reencuentro que tiene que ver con el pasado. Como en una especie de ritual siempre traemos al presente la historia y la vida que nos ha hermanado. Es como si, volviendo al pasado, le abriéramos las puertas a algo que ya no tiene que ver ni con presentes ni futuros. Creo que se trata de un amor que, gracias al ritual de la memoria, se despliega en el hoy. Por eso, me parece que cuando Dios se va, podemos seguirle la pista con la memoria.
Ahora mismo la memoria está un poco desprestigiada. En muchos ambientes educativos memorizar se consideró la única manera de lograr un aprendizaje y, aunque ya no se piensa así, eso nos ha llevado a no darle el valor que tiene. O más importante aún, el lugar que ocupa en la integralidad de lo humano. No por nada para los medievales se trata de una de las principales potencias del alma, junto con la voluntad y el entendimiento.
En la biblia, la memoria es central. La fidelidad del pueblo de Israel a Dios se juega en “recordar”. Pero no se trata de desempolvar efemérides o hacer una cronología. La memoria para Israel consiste en el acto humilde de volver a lo que es y al Dios que le ha redimido, sacándolo de Egipto y llevándolo a la tierra prometida. Es la experiencia de unpresente eterno de amor y liberación. En su acción paradigmática hay una comunión que trasciende lo temporal ofreciéndose constantemente. Por eso las y los hijos de las generaciones que celebraron la Alianza en el Sinaí son tan responsables como sus padres de cuidar esta relación. La memoria se vuelve un camino para reconocer a Dios porque su Alianza trasciende el tiempo y el espacio.
De ahí que cuando el pueblo hace memoria, no está revolviendo recuerdos. La historia, su historia, es actualidad de un camino, hecho de desiertos y promesas de salvación, en los que la pequeñez y la fragilidad se dejan acoger en el presente constante del amor. El Dios de Israel, el de Abraham, Isaac y Jacob, es el Dios del hoy en el cual confluyen lo que es, fue y lo que será. Por eso cuando Israel pierde la memoria, uno de sus grandes problemas, se pierde a sí mismo y a su Dios. Siempre es necesario recordar.
Y es que el ejercicio de la memoria no es tan fácil. Nos devuelve a los valles y llanuras de nuestra interioridad. Es necesario surcar los paisajes que nos han hecho ser quienes somos, las hogueras en las que hemos encontrado el calor que nos faltaba, volver a mirar los abismos y quebradas. Hacer memoria nos regala intuiciones, despierta los deseos auténticos, nos sugiere aquello por dónde podemos ser lo que somos y dónde no lo hemos sido.
Esta experiencia es más fácil con hermanas y hermanos, amigas y amigos, que nos ayuden a hacer el “senderismo” interior de la memoria. Cuando somos capaces de narrar, confiar, poner palabras, a la historia de nuestras cadenas y de nuestros primeros vuelos, la experiencia se cristaliza y pasa a formar parte de nuestra geografía espiritual. La memoria en cristiano se hace con otras y otros. Necesitamos la ayuda de la escucha y del amigo/a, que nos recuerde por dónde es que Dios y su gloria ha brillado en nuestras heridas.
Cuando Dios se va, podemos hacer memoria. Cuando nos asomamos a eso que nos cambió la vida, que atraviesa presentes y dificultades, como cuando nos encontramos con una amiga/o entrañable luego de mucho tiempo y silencio, podemos tocar lo que no tiene tiempo. Con confianza, abrir la vida como el entramado de recuerdos y amores que han tejido lo fundante, lo esencial, y desde ahí mirar las cadenas que nos ataron y volver a sentir la brisa de nuestros primeros aleteos. Tal vez ahí, cuando la memoria le comienza a abrir paso al calor de aquello que no tiene tiempo, al Amor, podremos vislumbrar a Aquel que sigue con nosotros, cuando parece que se ha ido.
fr. Ignacio Castro Ortega op
