Dios no está (I)
“Todo el día me repiten:
¿Dónde está tu Dios?”
Salmo 42, 4
Comenzaré desde el final. Dios siempre está. Y con esto tal vez podríamos terminar y ya seguir escroleando. Pero entre el inicio y el final de esta conclusión hay mucho trecho. Las personas creyentes vivimos la cotidianidad y las tramas de la vida como cualquier persona. La fe ha sido un regalo que nos cambiado la manera de existir. Sin embargo, esa fe que agradecemos no nos libra de preguntas, situaciones complejas, dolor, contradicciones, en fin: de vivir la vida. Justamente, hay momentos en que la fe que ha sido fuerza y motor, se transforma en un adorno, un accesorio existencial. Dios queda a merced de nuestras idas y vueltas, y lo que inició como un incendio acaba como una pequeña candela.
En el peor de los casos sentimos que Dios ya no está. En momentos de crisis, o después, la hondura de la fe se nos pierde. Lo de Dios pierde fuerza y nos aferramos de los salvavidas, opciones, situaciones, más a mano. Lo de que Dios es misericordia y ternura infinita lo creemos, pero suponemos pronto que debe tratarse de una experiencia demasiado elevada que todavía no alcanzamos, no es tan cercana como creíamos, y que algún día llegará. La fe sigue ahí, pero pierde lugar, carne, consistencia. O, simple y llanamente, la vida se pone tan dura y confusa que Dios se hace imposible.
Si miramos hacia afuera, Dios tampoco es tan necesario, como plantean los metafísicos. En medio de un abanico casi infinito de posibilidades, sensaciones, contrastes, ideas y modos de ser y hacer, lo de Dios es una entre varias opciones. Una a la que le puede ir bastante mal, ya que está lejos de someterse del todo a los criterios sagrados de lo instantáneo y lo inmediato. Es obvio que Dios nunca estuvo. Sostener la fe, o la fe de Jesús de Nazaret, requiere tiempo, silencio, y sobre todo, asimilar que el Misterio que se nos revela tiene que ver profundamente con quienes somos. Si nos perdemos a nosotros mismos, será mucho más fácil perder al Dios de la libertad, de la brisa suave (1 Reyes 19, 12) que viene luego del terremoto y la tormenta.
Pero, con todo (y retomo el final-inicio) es cierto que Dios no se va, aunque puede que no tengamos ninguna buena razón para experimentarlo. En cristiano, Dios no es una idea o una amalgama de energías superiores que manejan los hilos del universo. Si Dios se hizo humanidad en Jesús, viene a nosotros como un amigo, buscando vínculo y cercanía. Vivir con Él la vida requerirá, como en toda relación, transitar diferentes etapas: crecer en el cariño, cuidar modos, miradas, respetar libertades. Por eso, que Dios no esté, luego de tanto camino recorrido y tantas preguntas, no es el final.
Entonces, ¿Qué podemos hacer cuando Dios no está? ¿Cómo arrancarles a las circunstancias todo lo bueno que Dios ha significado en mi vida? ¿Cómo atravesar la pregunta y la duda de lo que alguna vez fue verdad y vida para mí? No tengo muchas certezas realmente, pero quisiera compartirte lo que algunas personas me han mostrado en su propio camino, y cómo es que han re-descubierto a Dios en su vida, cuando todo parecía sin Él. Puede ser que alguna de estas experiencias pueda ayudarte a peregrinar por dentro, descubrir nuevos ritmos, senderos y modos de caminar cuando parece que estamos en la noche y el vacío.
Y es que, si nos atrevemos un poco, tal vez descubramos al final que, cuando experimentamos que Dios se va, en el fondo, está viniendo.
¡Nos seguimos leyendo!
fr. Nacho op
