Encontrar cobijo
En estos días tan oscuros y lluviosos de invierno, era fácil acabar empapada. Mientras algunos disfrutaban de este tiempo por su frescor, otros deseábamos ver un rayito de sol.
Eso sí, todos intentábamos ir bien equipados: paraguas, abrigo, zapatos cerrados… Y, aun así, lo que mejor se sentía era llegar a un lugar donde resguardarte, donde encontrar cobijo.
Algo parecido ocurre en algunos momentos de nuestra vida. Hay días difíciles que son como pequeñas gotas, apenas se notan. Pero otras veces la lluvia es intensa, nos moja, nos cala hondo y hasta nos duele. Y, sin embargo, ¡qué bonito es cuando alguien se acerca y te ofrece un paraguas! Qué alivio encontrar ese espacio cálido donde poder sacudirse, respirar y volver a empezar.
El Señor pone a nuestra disposición su silencio y su escucha. Nos regala paz y consuelo por medio de la oración. También nos ofrece hermanos y hermanas en el camino: personas disponibles con las que poder contar, que se acercan, cuidan, acompañan; que, con delicadeza, nos ayudan a secarnos y nos permiten escurrir el agua acumulada.
Del mismo modo, nosotros también podemos ser ese cobijo. Con nuestra entrega, con nuestra disponibilidad, con la atención sencilla al otro, especialmente al que no quiere seguir mojándose. Podemos ofrecer nuestro tiempo, una palabra oportuna, un gesto de cercanía, una escucha paciente. A veces no hará falta solucionar nada, bastará con permanecer, sostener y caminar al lado.
Que seamos instrumento de su amor, cobijo para quienes lo necesiten, y que sepamos encontrarnos con Él en los días oscuros, hasta descubrir que, incluso entonces, siempre hay una luz y una lluvia que, aunque moje, siempre hace crecer.
Belén Rodríguez Román
