Microperezas
Lo peor de la corrupción es que nace del bien. Por ese motivo, siempre encuentra alguna excusa para justificar su comportamiento… injustificable. La puerta se abre, generalmente, en la infancia, con el instinto tan humano de devolverla cuando te la dan, y decir que es en defensa propia. En esto hay una cruel inocencia, pues es cierto que suele funcionar aquello de imponer costes duros al agresor para que no vuelva a repetirlo. En este caso, el único incentivo para no repetir la conducta es el miedo al posible castigo y, claro, de vez en cuando llega uno de esos inconscientes sin miedo o, sencillamente, alguien más fuerte que cualquiera.
Por suerte, a un niño se le puede educar en que la ley del más fuerte termina por no funcionar y por imponer un orden tiránico en el mejor de los casos, y un caos violento en el peor. En cambio, educar a un adulto que vaya con esa misma idea es más difícil, porque antes hay que deseducar, para lo que es necesario una disposición interior tan infrecuente como los números primos: mayor, cuanto más arriba contamos.
La corrupción implica, en el fondo, utilizar justificaciones que enarbolan el bien para incurrir en el mal. Y hoy me quiero fijar en una que, a mi juicio, es de las más silenciosas y de las que más daño nos hacen.
Me refiero a la pereza. El no hacer. La inacción o, en su versión más light, seguir haciendo siempre lo mismo para no cambiar. No solo eso, cuando alguien decide dar un paso al frente, es castigado por aquellos que, como Bartleby, preferirían no hacerlo. Y así tenemos, por ejemplo, a denunciantes de la corrupción que, en el mejor de los casos, han sido relegados a un aislamiento. En el peor de los casos, han perdido mucho de su dinero y trabajo. Que ser valiente no salga tan caro, pide la canción. Para qué complicarse la vida y denunciar, que aquí el miedo se suma a la ecuación y quién va a arriesgar sus lentejas por hacer lo correcto. Eso podría ser entendible, siempre y cuando queramos un país que vaya como un tren de maneras nunca antes imaginadas.
Hasta ahora, por temor a la propia vida o al propio sustento, la vagancia puede incluso llegar a tener un pase y un perdón. Pero hay una pereza cotidiana de baja intensidad, microperezas lo llamaremos, que nos detiene ante la más mínima opción de salir de nuestra rutina. “Eso no es mi función”… aunque pueda realizarlo sin apenas coste de tiempo, esté autorizado, y le haga un bien a otra persona ¿Pero cómo voy a saltármelo?. “No es esta ventanilla”, aunque pudiera serlo o al menos le pudiera decir dónde llamar. “Es que ha llamado dos minutos más tarde del horario”. “Tiene que enviarme un correo por triplicado lunes, miércoles o viernes alternos y ya le responderé, es el protocolo y me encantaría decirle que se lo hago pero son las normas”. Paradójicamente, mantener algunas de estas microperezas es, en realidad, un ejercicio de esforzada creatividad maquiavélica. Pero en el pecado está la penitencia.
Asier Solana
