Opinión

Ahora sí, podemos prescindir de la Universidad. Por Alejandro García

Llamémosla centro de aprendizaje para el trabajo, casa de enseñanza para el éxito laboral o lugar donde te enseñan a ser productivo para la Sociedad capitalista. Pero no la llamemos Universidad, por favor. Me molesta bastante que, en el imaginario colectivo, todavía pensemos que la Academia es lo que pretendió ser antaño. Ya no. Lo siento, pero no.

Algunos me diréis que claro que sí, que por supuesto la Universidad hoy en día continúa siendo un lugar donde se aprende un oficio y uno o una se construye como persona adulta y capaz para la vida. Además, podréis añadir que ha alcanzado un punto de democratización sinigual. Y es más, me diréis que se ha especializado y que hay mil grados donde elegir materias que aprender. Pero todos sabemos que, en todas estas afirmaciones, hay algo que falta.

Varias preguntas. En la Universidad, ¿dónde se encuentra la motivación y el placer por el Saber (saborear el conocimiento, la experiencia) ?, ¿un graduado termina sus estudios habiendo adquirido un espíritu crítico?, ¿son las aulas un lugar de encuentro profundo con el?, ¿Dónde están las mujeres y los hombres íntegros y preparados para liderar la vida pública?, ¿Nos encontramos ante un espacio que favorece la colectivización y la acción social?, ¿Se prepara a los estudiantes para construir una sociedad mejor?

Pues eso…

Pero bueno, querría explicarme mejor. No estoy volcando la crítica sobre los estudiantes ni sobre los profesores, ni si quiera sobre los decanatos ni rectorados. Es una queja general sobre la institución a la que llamamos Universidad. No va contra nadie. Aunque, realmente, va contra todos. Por que creo que todos somos algo responsables de este entuerto.

Un lugar donde hay casi más entidades bancarias que asociaciones con convenios, no es trigo limpio. Un lugar donde se valora más la excelencia académica que la calidad humana, deja mucho que desear. Es más, una institución que tiene precarizada a más de media plantilla de sus profesores a través de las adscripciones, no es de fiar.

Y, ¿por qué hemos acabado así? Pues no soy sociólogo ni analista antropológico, pero deduzco, a grandes rasgos, que la hemos liado con el tema de la productividad capitalista. Y no quiero que confundáis este texto con una discusión ideológica sobre qué sistema político hubiera sido mejor. Pero es fácil pensar que, dadas las circunstancias globales en las que el crecimiento desmesurado y sin rumbo son la tónica de todos los rincones, la Universidad debe servir para producir peones especializados en darle continuidad a la rueda.

Pero (tenía que haber un “pero” en esta vomitera de palabras pesimistas y nada constructivas) no todo está perdido. Si dejamos de mirar allá en lo alto (como si la Universidad fuera un sitio superior moralmente hablando) y fijamos la vista en otros lados, con agudeza podremos ver movimientos sociales, pequeñas comunidades (religiosas y no) y diferentes acciones ciudadanas que preservan ese espíritu perdido por la Universidad: el espíritu del Bien Común, de la integridad moral y del civismo.

Y es que creo que la Universidad convierte a muchos y muchas (sobre todo a muchos) en una suerte de fariseos de la ética y la moral. Como si haber estudiado una carrera les hiciera más sociales, más merecedores de la participación política, teniendo que aparentar y fingiendo ser buenos ciudadanos. Pero al profundizar en estos perfiles intuyo que, en un porcentaje considerable, encontraremos auténtico vacío.

Nótese que al nombre Universidad siempre le he mantenido la inicial en mayúscula. Signo claro de que todavía mantengo la esperanza en que esta institución recapacite (o sea que todos y todas recapacitemos) y decida caminar hacia otros lados más dignos, constructivos y transformadores.

Alejandro García Pascual