Religión

De amaneceres, peces y amores

¡Vaya Pascua estamos viviendo! Todavía llevamos algo de olor a incienso de semana santa en el corazón, y el fallecimiento del papa Francisco nos ha des-ubicado. Mención honrosa al apagón que hace pocos días hemos vivido en España. Y es que, pareciera que la Pascua es un punto de llegada en nuestras vidas. Un punto final. Y, tal vez con más razón este año, sentimos que hablar de resurrección no tiene mucho que ver con nuestras vidas, sus ansiedades y sus sorpresas. El evangelio de este domingo nos recuerda que la Pascua es, desde el sepulcro vacío, no solo un nuevo comienzo, sino también nuestro nuevo contexto, el trasfondo en el que los hilos de la existencia se urden al ritmo de la novedad de la Vida. Juan añade un capítulo entero a su evangelio para balbucear lo que su comunidad ha vivido: amaneceres, peces, comida, amor.

El Resucitado, el Señor (v. 6), irrumpe en una cotidianidad fatigada. En medio de una rutina antigua (v. 3), tras un fracaso y varias preguntas, en una noche hermanada a tantas otras en las que la oscuridad solo les ha dado aguas demasiado amargas. Silenciosamente, a la hora del amanecer, Jesús viene con el sol cotidiano a las orillas de la playa (v.4). Cuando la rutina se ha transformado en punto final, cuando la vida, anegada de ansiedades y tristezas, parece que ya no da de sí, el Señor se ofrece con el sol en nuestras orillas de todos los días. La Resurrección tiene que ver con nuestra vida, justo en el momento más oscuro.

Los modos del Resucitado hablan de acogida, sanación, hospitalidad. Cuida a los suyos en su propio lenguaje, como lo hizo con Tomás, para abrirles en sus propios códigos a una Vida nueva. Calor de brasas, pan y peces (vv. 12-13): Es el dialecto de la cercanía, memoria de otros panes y peces que hablaban de abundancia y esperanza, un modo de hacerse presente y de devolverle luz a una cotidianidad estancada y perdida. La Pascua no es un acontecimiento: es el trasfondo en el que desde que Jesús resucitó se entreteje nuestra vida. Por eso nuestra cotidianidad, la vida más sencilla, gracias al Espíritu, está encendida en la fuerza de la vida y lo más simple nos abre a la eternidad. Preparar comida, ofrecer cobijos, abrir amaneceres. Es el oficio del Resucitado.

Y como si fuera poco, el Resucitado tiene que ver con el amor (vv.15-19). Simón Pedro es reconfigurado a través del diálogo que, como un manantial que busca su salida al exterior, despeja todo el miedo y la culpa que estorban al amor que siempre vivió en él. El Resucitado lo llama por su nombre, como al comienzo de todo, le habla de amor, le pide el ministerio del cuidado y la cercanía. Juan nos muestra la intimidad de quien ha experimentado un amor diferente, que busca correspondencia y sinceridad, y que se traduce en el servicio que no se apoya en razonamientos o en largas conclusiones. Se trata de amor que despierta al amor.

¡Vaya Pascua estamos viviendo! Pareciera que la Resurrección no tiene demasiado que ver con nuestra cotidianidad, pero lo cierto es que la atraviesa, como dice la canción de Eduardo Meana, con un hilo de sentido y amor. Para reconocer al Resucitado es necesario mirar nuestras orillas maltrechas, dejarse acoger por las brasas de la amistad, hablar de amor y prepararse para salir al encuentro de ovejas perdidas e inquietas que necesitan del amor que nos ha cambiado la vida.

Fray Ignacio Castro Ortega, OP