Insólita belleza de los relatos de Pascua
Tal vez estamos tan acostumbrados a escuchar cada día o cada domingo los evangelios, cada año los relatos pascuales con spoiler, las cosas que van sucediendo entre el tiempo y lo eterno… Tal vez estamos tan alterados por puentes y apagones, por sabotajes, cables robados y trenes detenidos en mitad de un túnel o en medio de la nada (metáforas de la vida). Tal vez esta primavera intempestiva, la desolación y el miedo. Tal vez la inquietud dentro de la Iglesia y, fuera, la expectación por el cónclave.
Tal vez… Entonces la resurrección del Señor, los distintos encuentros con sus amigos, con las soledades y anhelos de cada uno, nos pasan inadvertidos.
Primera sorpresa y golpe de realidad muda ante la piedra removida, lamento y llanto inconsolable a los pies del hortelano, María pidiendo al Señor que le devuelvan a su Señor.
Tomás desconfiado y atrevido. Los de la pesca agotadora en la noche con las redes vacías. La pequeña hoguera, el pescado asado, la intimidad del cenáculo recuperada a la luz del rostro tan amado.
Los de Emaús en su ruta de desencanto, y el corazón ardiendo de esperanza contenida hasta sentarse a la mesa y partir el pan.
Tal vez estamos acostumbrados ciertamente, como la casa, el vestido, la comida, la familia, todo lo que ahora disfrutamos pero no apreciamos demasiado, sino cuando nos falta y se abre la brecha de la soledad o el dolor.
Este año pasé la Semana Santa haciendo un recorrido por la India, no meramente de turismo. Un recorrido cultural profundo y esforzado por creencias, costumbres, historia de este subcontinente, este mundo tan distinto al nuestro. Así el Lunes Santo comenzamos el día con una asistencia devocional a un templo de Krishna, se cantó y se bailó, el Viernes de Dolores habíamos estado en un templo Sij. Recorrimos palacios, mausoleos y mezquitas. Nos descalzamos muchas veces, nos cubrimos con velos. Lavamos los pies en distintas acequias. El Viernes Santo estábamos a orillas del Ganges, navegando la media luna de la ciudad de Benarés entre ofrendas florales y la humareda de las piras al amanecer, esperando o no la reencarnación…
Al regreso, llena de asombro y de preguntas me volví a poner de rodillas al amparo de mi fe primera, ante la cruz del altar de mi parroquia. Volver y estar en el templo Cristiano, rezar abrazando y agradeciendo lo vivido. Celebrando cada día y siempre la octava de Pascua. Y entonces se desvelaba otra vez para mí el sentido de la Redención. Entonces me di cuenta, como una revelación infantil de la insólita belleza de los relatos pascuales. Sorpresa de lo antiguo y siempre nuevo, “he aquí que yo hago nuevas todas las cosas “, Apocalipsis 21. El resplandor de la Pasión y la Resurrección.
Sagrario Rollán
Créditos de la Imagen: Sagrario Rollán
